Y detrás de los Reyes Magos iban lo gansos, y más atrás la hojarasca temblaba de tibieza. Al fondo las nubes y enfrente los primeros rayos rojizos de un sol tenue. Algo había en aquella estampa que nos hacía recordar la infancia, más aún la inocencia de los primeros años de vida. De la de los demás, tal vez; de la nuestra, un vaso de hielo sobre la mesa escarchada y la luz cegadora de la sierra blanca bajo un cielo de cristal azulenco. La tarde anterior el viento había azotado las ramas desnudas de las moreras y los relámpagos iluminaban el horizonte por encima de las azoteas de la ciudad. Todo aquello, la estampa de un momento especial, el humo de las chimeneas dispersado por el vendaval, las nubes negras y compactas, y nosotros subidos en las ramas de los árboles viendo acercarse el espectáculo de la naturaleza, aquel que nos anunciaba la estrella, la silueta de los camellos, las coronas sobre los aceitosos cabellos de los Reyes Magos, tenía vida y sabíamos que se enredaría a los recuerdos de enero para no abandonarnos nunca en las esquinas de las décadas y de los siglos.

Ahora sabemos que la muerte es eterna, que los recuerdos se adhieren a las ramas secas de los sueños, de los ideales frustrados y que los tópicos se reproducen por cien, por mil.... por un millón, y la gente enloquece y te envía videos, e imágenes y palabras huecas, sin carne entre sus consonantes. Pero queda aquel viento frío, los relámpagos iluminando la silueta del gato en la azotea, las ramas quebradas de las moreras y por encima de la luz negra de la noche, una estrella que guía a una tierra terrible habitada por la opresión.

Hay gente que afirma defender la cándida y esperanzada mirada de los niños, gente que blasfema y habla de tradición, de aquellos tiempos en blanco y negro, del humo gris, del fuego frío de la chimenea, de los silencios más atroces y terribles, de los diablos proyectando la sombra de su cola sobre la pared húmeda de la habitación, del miedo a hablar y del miedo a callar. Pero a nosotros nos queda el viento que llegó aquel atardecer de principios de enero, el cielo iluminado por la tormenta, la primera lluvia fría, la carrera hasta casa, la nieve y el amanecer blanco. El patio blanco, los geranios blancos, las techumbres blancas y el cielo azul, transparente, el reflejo de nuestros sueños y el preludio de nuevas tempestades.

Hemos muerto muchas veces. Hay personas que disfrutan con la muerte, que esperan al invierno para regocijarse con el suelo de hojarasca, con la tierra fría y yerma, con el letargo de las plantas, con el cadáver que yace bajo la nieve. En realidad cuando ellos vuelvan seremos cadáveres. Mientras, viviremos creyendo que bajo el betún y las barbas blancas de pega nos habla la sabiduría. Y tal vez sea cierto.

Quizá ahora sepa por qué hablo en lugar de guardar un incrédulo silencio, por qué las palabras forman frases y las frases párrafos que en esencia hablan de los gansos que acompañan la comitiva de los Reyes Magos. Porque detrás viene el viento, y detrás la tormenta de nieve que oculta los caminos, los del pasado pero también los del futuro. Y más atrás aún, el espíritu común que fue asado en la parrilla del progreso. Traicioneros somos, aves que vuelan sobre nuestras cabezas y solo ven desolación, y tres coronas de oro engarzadas en los conos de los volcanes. Es lo que toca. El fuego y la ilusión que nace y muere casi al instante.