Metros cuadrados

spinelaEs habitual que la política se nutra de ciudadanos bien situados social y económicamente. Se me ocurren muchos motivos para que esto sea así y que van más allá del sincero interés por los asuntos públicos, el bien común y el desarrollo de nuestras sociedades. Claro que también se dan, en ocasiones, casos en los que estas personas encarnan todos estos valores, este loable impulso de trabajar para los demás con el mayor desinterés. No parecen mayoría. No obstante, alguien tiene que dar la cara, ofrecerse voluntario para tomar las riendas y luchar por cuestiones fundamentales para el desarrollo y la dignidad de las personas, como, por ejemplo, traer luz nacional donde antes solo había oscuridad regional. Algo, por otra parte, muy similar, en su sentido práctico, a sembrar el país de aeropuertos inútiles, megalíticas ciudades culturales y rotondas. Hacer obras siempre está bien visto. Si un alcalde no levanta las aceras de su ciudad catorce veces, parece que se la haya estado rascando en su ilustrísima poltrona durante todo su mandato. Resulta curioso observar cómo en la dorada época de la burbuja que nadie era capaz de ver, el tamaño de los pisos se reducía mientras crecía locamente el de las obras públicas. Fuera de casa, los españoles nos encontrábamos anchurosos e impresionados por la grandeza monumental de esos espacios que visitábamos con espíritu turístico. Era como Disneylandia pero con dinero público. En casa, sin embargo, nos las ingeniábamos para meternos en infrapisos de treinta metros cuadrados. Pisos sin alma, porque esta ya se la habíamos vendido al banco que graciosamente nos permitía contratar una hipoteca. Utilizo mal los tiempos verbales, las cosas no han cambiado, sencillamente, nos hemos resignado. Y es que, seamos honestos, el ciudadano medio español no tiene tiempo para dedicarse a la política. El ciudadano medio español ya está suficientemente ocupado en tareas de supervivencia, como la de tratar de encontrar los empleos y sueldos necesarios para pagar el puñado de metros cuadrados de su minúsculo piso.

Se trata, pues, de una cuestión de metros cuadrados. Si estás apretado, te quedas sin perspectiva, no puedes tener una visión global, tan respetada en política. El mejor ejemplo de esto son los 500 m2 de la nueva mansión de Puigdemont en Waterloo. Un hombre con espacio puede imaginar vastas naciones. Desde nuestros pequeños pisos, la ropa tendida nos impide ver más allá del barrio.