En medio del ajetreo y del sinfín de tareas y obligaciones que a diario requieren nuestra atención y nuestro tiempo, al margen de esa vida ordinaria que nos mantiene atados a labores más o menos ingratas durante ocho o diez o más horas al día, después de otra larga jornada de realidad, de rozamiento con la vida, hay quienes, al caer la tarde, se encaminan con renovado espíritu hacia el taller. Afuera llueve, porque noviembre, tarde o temprano, siempre acaba poniéndose adusto. Vienen con sus libretas, con sus folios impresos, con el libro de Jhumpa Lahiri que hemos estado leyendo por el mero placer de disfrutar de sus maravillosos cuentos, también como aprendizaje, pero sobre todo como metáfora, la idea de que escribir es leer, que una cosa no puede darse sin la otra, que escribir es haber leído cientos, miles de libros. No hay teoría que sirva para la literatura, no existen fórmulas ni definiciones. La literatura es una interpretación personal del mundo. Podemos aprender de la experiencia de otro, confrontarla con la nuestra, poco más.

Al final del día, diez personas se reúnen en torno a una mesa y comparten sus escritos. El médico y la jueza, la profesora y la informática, la banquera y el policía. Y durante unas horas todos son únicamente lectores y escritores, absortos en sus ficciones, en sus labores imaginarias. Los veo llegar ilusionados, felices de poder dedicar dos horas a charlar sobre libros, a debatir sobre la necesidad de transformación del personaje a través de la obra, de la conveniencia o no de trazar un mapa que les guíe a lo largo de su relato o novela en ciernes. Hay quienes se sorprenden cuando les digo que no se lo piensen tanto, que escriban, que se lancen al camino y brujuleen en busca de su voz, de su historia, de sí mismos, porque ese es el verdadero secreto de la literatura: estar en lo que escribes. Y no lo digo yo; escribió Canetti: “Habla de las cosas personales, sin vergüenza, es lo único que importa. Las cosas generales ya están en los periódicos”.

En el taller no aprendemos a escribir, esa es una tarea personal e interminable, porque nunca deja uno de aprender a medida que lee y escribe.

En el taller, la ficción nos vuelve más reales, despojados de los disfraces del día.

En el taller nos acompañamos en nuestro desconcierto, porque escribir es esa Tierra desacostumbrada a la que uno se enfrenta siempre en cada folio en blanco.