Sucede a menudo, cualquier mañana azul y fría. Paseas por la ciudad con el renovado espíritu de este recién estrenado 2018, disfrutando quizá de un día festivo, uno de esos tan escasos días en los que puedes dedicarte extrañamente a ti mismo, a pensarte, quizá, o a pensar en los demás, o más allá todavía, en el misterio de la existencia que parece temblar a lo lejos, en la difusa línea del horizonte marino… Ay, las ciudades con mar tienen eso, la idea de inmensidad siempre presente al otro lado de la barandilla del paseo marítimo. Pues, como decía, ahí estás tú, observando con delectación la luz de la mañana, saboreando pensamientos de una intimidad universal, tirando del poeta y del filósofo que por motivos de eficiencia práctica, laboral y doméstica, has ido recluyendo año tras año en algún recóndito lugar de tu interior, cuando, repentina, tu bota se hunde en una sustancia de una blandura sospechosa y desagradable. Mierda, piensas y mierda dices en un sutil ejercicio de declamación poética mientras una nube nihilista ensombrece la belleza del océano y tu inocente fe en la humanidad.

En busca de un pedacito de césped donde frotar estúpidamente la suela de la accidentada bota, la mierda de perro (o al menos en eso confío) se me convierte en una asquerosa metáfora de la vida, y pienso en el dinero que nos gastamos, por ejemplo, en calzado para que tarde o temprano acabe enterrado en una apestosa deyección callejera, y empiezo a divagar, digamos, con el contraste absurdo y casi irrisorio que se da entre el mundo tecnológico y elegante que nos vende la publicidad de las cosas y las calles reales de mi cuidad salpicadas aquí y allá de oscuros chorretones de orina y excrementos pisoteados y esparcidos por la acera. Saben a lo que me refiero, el peso de lo real, la aspereza de la vida tal y como es y no como deseamos o tratan de vendernos, esa vida idealizada de los anuncios de productos bancarios, de automóviles o de partidos políticos. Maldigo y clamo al cielo por la falta de civismo de quienes dejan que sus perros se alivien en cualquier parte, es cierto, pero también agradezco de vez en cuando, tan abrupto contacto con la realidad. Tanto que, en cierta ocasión, la experiencia me valió para escribir un cuento muy querido, y ahora esta columna, que sin dejar de ser un (agradable) paseo por los primeros días de enero, me sirve a su vez de desahogo. La bota ya está limpia, por cierto.