Quizá la RAE acabe incluyendo términos como malismo y tontismo en los que poder volcar excelsas y académicas definiciones

La RAE acaba de incluir nuevas palabras en nuestro diccionario. O, tal y como suele escucharse o leerse, las ha aceptado. Algunas llaman la atención más que otras, y de la extravagante “posverdad”, que no me acabo de creer, me suena falsa, he pasado de puntillas por “postureo”, ya que, ahora mismo, es el deporte nacional. Sin embargo, al llegar a “aporofobia” he tenido que dejar de mirar para otro lado. Ni idea, me dije, esta se la han sacado de la manga… Busco y me encuentro: “fobia a las personas pobres o desfavorecidas”. ¿No había ya una palabra para definir eso? ¿Gilipollas, quizá? No sé, uno nunca sabe por dónde pueden salirte ciertas palabras, qué extrañas circunstancias han ido sedimentando sus significados. Desde luego, no dice nada bueno de nosotros que a estas alturas evolutivas nos veamos obligados a aceptar un término tan cavernícola. Su propia morfología resulta arcaica. Su significado, como mínimo, inquietante.

Y qué decir de “buenismo”, a la vista más moderna, una palabra de esas que tanto gustan ahora y de la que uno sí estaba al corriente. La había escuchado en la radio, en tertulias políticas, sobre todo. Al parecer, el buenismo tenía algo que ver con cierta candidez bobalicona y se le achacaba siempre, a mi parecer, a personas bien educadas, contenidas y de apariencia mucho más inteligente que la de los convulsos contertulios que las criticaban. Ahora leo la definición que le otorga la RAE y tengo la impresión de que ha sido uno de esos tertulianos con verborrea el encargado de redactarla: “Actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia”. Para ser un término que se utiliza siempre con intención despectiva, creo que nos encontramos ante un hallazgo sospechoso de nuestra cultura y nuestra forma de ver el mundo. “Tolerancia excesiva”, sin duda merecería una entrada aparte en el diccionario, una explicación académica, tal vez filosófica. Yo creía que uno podía ser o no ser tolerante, pero pasarse de tolerante me parece inconcebible, ¿acaso es eso posible? Por lo demás, ojalá que el buenismo estuviese más extendido por el mundo, no solo entre políticos y tertulianos. Así podríamos reírnos y despreciar con sarcasmo a los muy malos y a los muy tontos y quizá la RAE acabase incluyendo términos como malismo y tontismo en los que poder volcar excelsas y académicas definiciones.