Durante su discurso en New Hampshire y en apenas 20 minutos, Michelle Obama destrozó, quizás de forma irreversible, la imagen pública de Donald Trump. El discurso de la primera dama americana se considera ya el acto de mayor calado en esta campaña contra las aspiraciones del republicano por alcanzar la Casa Blanca. Y puede que no sólo eso. Su proyección pública le abre el camino hacia un espacio muy exclusivo, el que habitan las grandes dinastías políticas.

Desde el primer mandato de Reagan en 1981, los apellidos Clinton y Bush se repiten en los tickets presidenciales en una sucesión sólo interrumpida por los mandatos de Barack Obama. Y su presencia en la primera línea de la política habría sido incluso más evidente de no ser por la derrota de Jeb Bush en la carrera por la nominación republicana. En un país supuestamente regido por el culto a la meritocracia, la pertenencia a determinado clan sigue siendo condición, no suficiente pero se diría que necesaria, para llegar al poder.

Hay numerosos antecedentes de la querencia estadounidense por esa especie de monarquía democrática en la que los genes hilvanan la Historia, y que les acerca, quizás más de lo que estarían dispuestos a admitir, a las sagas familiares que, por turnos, han ido heredando las más altas instituciones del estado en otros países del continente. Adams, Roosevelt o Romney son sólo ejemplos de familias presentes en la vida política generación tras generación y que sólo palidecen ante la omnipresencia del clan Kennedy en la segunda mitad del siglo XX. Un club de sangre cuya puerta se franquea (sin dudar de sus aptitudes) con el apoyo de esa Corporate Class, el famoso 1%,  capaz de bombear millones de dólares en sus campañas.

Determinados apellidos cuentas con un valor de marca que les permite ser reconocidos por los votantes, además de acceder a fondos y apoyos en sus respectivos partidos. La continuidad en el traspaso de poderes entre miembros de una élite no suena muy democrático pero, a cambio, nos permite a todos seguir sus evoluciones y ponerles en relación con otros personajes que conocemos. Sus triunfos y miserias resultan mucho más cercanos que los de cualquier otra familia y, como en la series de televisión, cada temporada nos ofrece novedades, escándalos y hasta nuevos personajes. George P. Bush o Chelsea Clinton, por ejemplo, podrían sumarse al guión en el futuro sin demasiados problemas,  provocando seguramente la misma fascinación irracional que nos procura la retransmisión en tiempo real de la vida de las Kardashian o cualquier otro reality show.

A ese grupo de ricos parientes lejanos, familias de las que sabemos todo como si formaremos parte de su intimidad, es muy difícil acceder, salvo que se cuente con los padrinos necesarios para ello y se acierte con las teclas emocionales a pulsar. Michelle Obama está ahora más cerca de acceder a esa reducida lista. Tras el discurso anti-Trump, un reportaje sobre el legado de sus ocho años en la Casa Blanca es la noticia más vista del magazine de The New York Times esta semana. Suena Michelle para el banquillo.