Ha sido saltar el caso de la muerte de Rita Barberá y aparecer en escena el ministro Catalá, nuestro teniente Grisham de secano. Más molón todavía que el de CSI, no ha tenido ni que quitarse las gafas, fijando la mirada en algún punto del horizonte mientras arruga el ceño, para descubrir al criminal por ciencia infusa o forense: ha sido Twitter. O la televisión. O la opinión pública. O cualquier otro comodín al que echarle la culpa, como quien carga todos los feminicidios en Londres al Destripador o endilga la inseguridad ciudadana en Gotham al Joker. Que también es un comodín.

Además de repartir admoniciones por aspersión, el argumento justifica una buena Ley Mordaza e incluso ese extravagante modo de defender las libertades individuales que consiste en prohibir memes. Y nos introduce de paso en las bondades del silencio. Le gustarían más al ministro unas redes, un mundo o una prensa rollo musa de Neruda, callados y como ausentes, y no este guirigay donde opina todo bicho viviente, como si cualquiera pudiera no sólo tener una visión del mundo, sino que encima se desligue del silencio oficial.

Hay más ventajas en los silencios, sobre todo si son respetuosos con el orden natural de las cosas. Y, paradojas de la acústica, pueden ser fotografiados y retransmitidos. Así ocurrió con el convocado en el Congreso de los Diputados, aunque ni viniera a cuento ni tenga antecedentes. Un honor que se rindió a esta señora y no a señorías del pasado, como Labordeta. Quizás temiendo que, en el vacío sonoro del homenaje, se manifestara el aragonés (que era muy de manifestarse) y con su vozarrón de ultratumba les mandara a todos a la mierda.

Sólo hicieron mutis por el foro los de Unidos Podemos, dejando lo de asaltar los cielos para después del duelo y evitando una foto en la que quien calla, otorga. Ese grito mudo pretendía quebrar, sin escándalo, un silencio que simbólicamente difumina las manchas y da un aura de gravedad institucional, incluso de absolución histórica, a todo homenajeado.

Gustan del silencio y lo exigen ahora quienes, hasta hace nada, rajaban de lo lindo sobre ex militantes, posibles excesos o turbios pasados por regenerar. Y es que, como las manoseadas cerezas de la cesta, un silencio engarza con otros. Uno enmudece las voces de los indignados. Otro disculpará peinetas y burlas. Un estruendoso silencio sepultará miles de folios en tribunales y hemerotecas.