"Se acabó la vieja política, amigo"

Pedro Sánchez en el programa 'El Hormiguero'. (Foto: Flickr 'El Hormiguero')
Pedro Sánchez en el programa 'El Hormiguero'. (Foto: Flickr 'El Hormiguero')

Hablamos convencionalmente de democracia mediática, pero debemos empezar a pensar si no caminamos hacia una “dictablanda mediática” de la que todos somos responsables.

Exultante por la audiencia alcanzada por el Secretario General del PSOE en su participación -2,750.000 espectadores- en un programa de entretenimiento nocturno, y el revuelo en las redes sociales y los medios digitales por su llamada en directo a un espacio del “corazón”, un responsable partidario me envía este mensaje: “Es la comunicación, estúpido”. Feliz con su hallazgo expresivo, ante mi silencio frente al supuesto insulto, remacha con la frase que tomo como titular: “Se acabó la vieja política, amigo”. A todo esto, lo más llamativo es que yo no me hubiera pronunciado en ningún sentido -favorable o critico- ante ese calendario de presencias mediáticas, y que me hubiera limitado a lamentar el silencio o la marginalidad con la que los medios de comunicación habían reaccionado ante los debates en la Sesión de Control al Gobierno. 

Hoy, me reafirmo en la preocupación porque el discurso político, las intervenciones estructuradas, los folios preparados con datos, el cara a cara entre representantes de la soberanía popular, en su sede natural, sean una nota a pie de página en la crónica diaria. Lamentable, porque algunas intervenciones vigorosas, como la de la diputada socialista Patricia Hernández, poniendo a la luz la debilidad del argumentario de la ministra de Trabajo, hubieran merecido una mayor atención por parte de los cronistas parlamentarios. Comprendo, pues, lejos de criticarlo, que en los gabinetes de comunicación del PSOE se tome nota de esa realidad y se busquen vías, por heterodoxas que parezcan, para romper la barrera del silencio y centrar la atención en las formas expresivas de un nuevo liderazgo.

Hablamos convencionalmente de democracia mediática, pero debemos empezar a pensar si no caminamos hacia una “dictablanda mediática”

Hablamos convencionalmente de democracia mediática, pero debemos empezar a pensar si no caminamos hacia una “dictablanda mediática” de la que todos somos responsables. Cuando el debate político se traslada a un plató y la necesidad de competir por la audiencia excluye la presencia de ideas -porque no contribuyen al espectáculo- y se apuesta por el grito o la descalificación del contrario, en tanto que se considera que habrá al otro lado de pantalla espectadores enardecidos que se retroalimentan en sus previas convicciones, o se entra en el juego o no se existe.

Cuando los partidos políticos cuentan en miles el número de sus afiliados, mientras que se evalúan en cientos de miles los seguidores en twitter, no debe sorprender que una bolsa de millones de ciudadanos adictos a la televisión de entretenimiento en una proporción netamente superior a los que siguen una entrevista en profundidad a un dirigente político, se convierta en el nada oscuro objeto del deseo de cualquier equipo electoral. Cuando hemos dado por cierto que el éxito coyuntural de Podemos se debe a la proyección de su líder en cualquier espacio televisivo que se le ofrezca como plataforma, no puede escandalizarnos que exista la tentación de no conceder la exclusividad en ese nuevo mundo, hasta ahora insuficientemente explorado. Tal vez porque no era el referente propio de la generación que hasta hoy ha-hemos-teorizado sobre la comunicación política. O más, radicalmente, sobre la política.

Hubiera preferido, por ejemplo, que ayer se divulgara y se debatiera en el marco de la sociedad el proyecto político de la presidenta de la Junta de Andalucía, que busco con lupa fuera de su marco territorial. Líneas concretas de actuación, con posibilidad real de transformar las condiciones de vida de millones de personas, pero ocultas por un mar de comentarios más o menos ingeniosos en torno a una fugaz llamada telefónica.

No creo que Pedro Sánchez se equivocara ayer. Si no conoces la realidad, es imposible cambiarla. Lo que espero es que tenga la voluntad de hacerlo, porque quiero pensar que a él también le hubiera gustado más que se conociera mejor su alegato frente a Rajoy que su guiño simpático a un presentador de televisión.