La leve e inestable recuperación en nuestra economía se encuentra lastrada por el elevado endeudamiento privado y público, la insuficiencia del crédito, la atonía de la demanda...

El fin de año se suele aprovechar por analistas y medios de comunicación para hacer un balance del año que finaliza y realizar predicciones sobre lo que puede suceder en el que comienza. No es mi intención hacer ni una cosa ni la otra, pero sí hacer unas reflexiones sobre las tendencias que se puedan dar a partir del presente. El balance del estado de situación lo he venido realizando a lo largo de los artículos que he publicado en este tiempo. La conclusión que se puede extraer, de lo escrito, es que el panorama que ofrece la economía española, resultado de la crisis y de los remedios aplicados, es bastante desolador, lo que contrasta con el optimismo reinante que manifiesta el gobierno y los directivos de las grandes corporaciones.

No se trata de negar la realidad y es que de momento la economía española ha salido de la recesión. Sin embargo, los datos existentes, tanto en la Unión Europea como en la propia economía española, así como en el comportamiento de las economías emergentes, señalan que hay que ser cautos de cara a realizar previsiones sobre el futuro. Tal como están las cosas no se puede descartar otra recesión, sin que esto quiera decir que se vaya a dar necesariamente. La incertidumbre e inestabilidad en la economía mundial es muy elevada para que se puedan aventurar previsiones correctas de lo que vaya a suceder.

De hecho, la leve e inestable recuperación en nuestra economía se encuentra lastrada por el elevado endeudamiento privado y público, la insuficiencia del crédito, la atonía de la demanda y la falta de una economía productiva potente y competitiva a escala global. La economía española se está beneficiando del incremento del turismo, fruto no tanto de los méritos de una política de promoción, sino de la crisis política y social de los países del norte de África y Ucrania, tradicionales competidores de nuestro país. La bajada del precio del petróleo también contribuye decisivamente al abaratamiento de los costes empresariales y precios de los productos de consumo que, aunque aún no se han hecho notar significativamente, sí es importante señalar el descenso del déficit comercial de lo que esto supone.

A pesar, no obstante, del buen comportamiento de estos factores, así como de las exportaciones con los matices que se quieran plantear sobre esta evolución, la recuperación sigue siendo extremadamente débil. El hecho de que se crezca más que bastantes países de la eurozona no resulta tan relevante, como se quiere hacer creer, pues aquí la recesión ha sido más larga y dura que en otras economías. La salida del pozo parece más rápida que la que tiene lugar en los países más avanzados, pero aún seguimos más abajo que los otros más desarrollados.

Lo más negativo es el daño que se ha infligido a los más vulnerables y a las clases medias. La recuperación pequeña que se ha conseguido se está haciendo reforzando aún más el poder del capital frente al trabajo. En suma, el crecimiento se está llevando a cabo sobre las espaldas de los asalariados, autónomos y pequeños y medios empresarios. Se pisotea a la gente para preservar los beneficios. Es una recuperación desigual y que beneficia a una minoría de la población frente a la mayoría. El futuro que aguarda tras el ataque que se ha realizado a los derechos de los trabajadores y la pérdida del bienestar es lo que me conduce a plantear que lo que viene se presenta bastante más negro de lo que señalan los responsables políticos y económicos.

El que se haya superado la recesión pasada no supone el fin de la crisis ni mucho menos. Tal vez convenga recordar que cuando la crisis ya estaba encima el gobierno socialista la negaba basándose en que la economía española no había entrado en recesión, esto es la caída del Producto Interior Bruto durante dos trimestres sucesivos. Escribí por aquel entonces un artículo en Sistema digital en el que planteaba que ya se estaba en crisis, aunque no se hubiera entrado en recesión. Si esto fue así a la entrada de la crisis, lo mismo sucede en la salida. La crisis no ha acabado por mucho que se diga. El alto desempleo, la creación de empleos con bajos sueldos, temporales y a tiempo parcial, la pérdida de poder adquisitivo para la mayoría de la población, los desahucios que siguen creciendo, la malnutrición infantil, el aumento de la pobreza, la desigualdad creciente, el desamparo que tantas gentes sufren de los poderes públicos ante estas realidades, lo que se agrava en las que tienen que afrontar la dependencia de algunos de sus miembros de la familia, son hechos suficientemente relevantes para afirmar que estamos ante un modelo de desarrollo en crisis y caduco.

Un sistema económico que cuenta con un nivel de desarrollo alto, según los indicadores internacionales, que no es capaz de asegurar una vida digna a sus ciudadanos no sirve y hay que transformarlo en profundidad. Hay que tener en cuenta que si la crisis no ha tenido más costes de los que se han dado en España es por el colchón familiar. Pero este colchón se está acabando y lo que es más grave no va a existir en el futuro. El paro afecta mucho a los jóvenes, al igual que la precariedad.

De seguir así las cosas, esto es más de lo mismo, en el futuro no habrá suficientes cotizantes para hacer viable las pensiones y el Estado del bienestar, si no se es capaz de aumentar el empleo estable y con mejores salarios. A su vez estos jóvenes que tienen más de treinta años y aún no han conseguido un trabajo estable no tendrán pensiones como las de ahora. No podrán ser un soporte ni para ellos y mucho menos, por tanto, para sus hijos y nietos. Si se piensa más allá que en la coyuntura inmediata el futuro que nos aguarda es un tanto negro. El problema no es solamente crecer, sino qué tipo de crecimiento se da, cómo se consigue y, sobre todo, cómo se distribuyen sus frutos. No quiero ser agorero, sino simplemente realista.