La crisis económica ha supuesto el fin de un ciclo económico que se ha caracterizado por un modelo de desarrollo sustentado en el agravamiento de las desigualdades, el fundamentalismo de mercado, la desregulación, la globalización neoliberal y la primacía de las finanzas.

La crisis económica ha supuesto el fin de un ciclo económico que se ha caracterizado por un modelo de desarrollo sustentado en el agravamiento de las desigualdades, el fundamentalismo de mercado, la desregulación, la globalización neoliberal y la primacía de las finanzas. Los últimos años, antes del estallido de la crisis, han sido testigos de la existencia de una gran euforia y elevados procesos especulativos bursátiles, inmobiliarios y financieros.  Esta crisis de carácter global adquiere una especificidad propia dentro de cada país.

La crisis, sin embargo, supera el ámbito económico y es a su vez una crisis de valores, ética, y política. Se asiste a una crisis estructural cuya salida no es fácil porque requiere cambios en profundidad y a esto no se encuentran dispuestas las oligarquías financieras y económicas que han aumentado su poder en estos últimos años. Mientras tanto, los políticos supeditados a esos grandes intereses y cómplices de ellos, en muchos casos,  no son capaces de dar las repuestas adecuadas, lo que genera desconfianza de los ciudadanos y una creciente desafección de la vida política.

La inoperancia de la política se produce a escala global en donde a la ineficacia de los organismos internacionales, Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial, Organización Mundial de Comercio (OMC), hay que añadir la inutilidad de las diferentes cumbres mundiales que se celebran, así como las del G-20.  No se es capaz desde todas estas instancias internacionales y las cumbres que se celebran, no sólo ya de dar respuestas a la Gran Recesión, sino a los graves problemas del hambre, pobreza, y tantas carencias y privaciones que se siguen padeciendo en bastantes países.

La Unión Europea (UE) ha mostrado la incapacidad de afrontar con un grado de éxito la crisis que amenaza a la existencia del euro y  que afecta profundamente a varias economías que son miembros de pleno derecho de esta unión. No se hacen políticas de cooperación y solidaridad con los países miembros, sino de imposición de los países con mayor poder económico a los que están siendo más vulnerables frente a la crisis. Las políticas de ajuste están haciendo aún más profunda la crisis y las economías sujetas a estas recetas se encuentran sometidas a un círculo vicioso del que no se puede salir, sino se cambian las políticas económicas. La actuación tan desafortunada que se está llevando a cabo, si bien es el resultado de los intereses de las grandes naciones y de los grupos financieros y económico, antes o después se vuelven contra ellos, como ya está sucediendo de alguna forma.

 El sentimiento europeísta de los ciudadanos desciende a gran velocidad, todo lo cual es lógico porque lo que está sucediendo genera una gran desazón y desesperanza. El tejido de la integración europea que tanto ha costado elaborar se está viniendo abajo en pocos años.  Las respuestas dadas por la UE conduce necesariamente a hacerse varias preguntas ¿Si la UE no sirve para arreglar los problemas que se padecen por parte de los ciudadanos para que se quiere la integración económica?.¿Dónde han quedado aquellas promesas que se hacían de la prosperidad que esperaba a los países europeos dentro de un gran mercado?.  Es más, en muchos casos, se considera, por parte de la ciudadanía, que la UE no es solamente una organización que no está siendo capaz de resolver los problemas, sino, lo que  es peor, que incluso se estima que es un impedimento.

En España, la situación es bastante grave. La crisis económica ha puesto de manifiesto todas las miserias de nuestro sistema económico y político. La Transición supuso un cambio político de gran trascendencia, pero no modificó las estructuras oligárquicas que presidían nuestra economía.  En estos años, aunque se han producido procesos de modernización empresarial, no han sido suficientes para modificar un aparato productivo que sea capaz de competir en el mercado mundial. Se sigue padeciendo un gran déficit comercial resultado de la debilidad productiva y de la dependencia energética. Se ha optado por las ganancias rápidas y fáciles en mayor medida que por la Investigación, Desarrollo e innovación. Se han hecho escasos esfuerzos en este terreno. 

No existen verdaderos empresarios schumpeterianos, como se puede observar pasando lista  a los componentes del Consejo de Competitividad Empresarial presidido por César Alierta. Hay directivos de la banca, empresas constructoras, comerciales, eléctricas, y se echa en falta a un mayor número de empresarios industriales e innovadores. Además, muchos de estos directivos gestionan actividades de empresas que se desarrollaron en el franquismo, esto es, protegidas de la competencia exterior o en condiciones de monopolio u oligopolio. No es que quiera quitarles mérito, pero desde luego no han destacado, en su mayor parte, precisamente en lo que definía el empresario Schumpeter: la innovación.   

Un poder económico excesivamente concentrado y que se ha apoderado de una parte muy importante de la tarta que ha ido creciendo, por lo que la riqueza y la renta ha aumentado de un modo escandaloso en los últimos tiempos en este sector minoritario de la población: los ultra ricos. Los políticos, en general, no han puesto coto a los excesos cometidos ni han tratado de modificar la naturaleza del capitalismo español. Algunos de ellos han pretendido beneficiarse de las ganancias producidas por este capitalismo de amiguetes y la corrupción se ha instalado en un sector  mal llamado de empresarios y  determinados políticos.  No todos los políticos son corruptos ni todos son iguales, pero los casos de corrupción afectan a casi todos los partidos políticos, sobre todo a los dos mayoritarios, lo que acentúa el descrédito de la política.

La crítica hacia los políticos aumenta en nuestro país, si bien la valoración ya era muy baja, antes de la crisis. Este divorcio, entre los ciudadanos y políticos, no solo se expresa en las grandes movilizaciones que se están llevando a cabo, sino que se pone de manifiesto en los sondeos. Frente a esta brecha que está teniendo lugar no observamos un intento serio de reflexión por parte de los políticos sobre lo que está sucediendo y como arreglar este desprestigio en el que están cayendo. Hace falta moralizar la vida política y cambiar los comportamientos y la forma de actuar.  

La opinión de los ciudadanos, las movilizaciones, las reivindicaciones catalanas, ponen de manifiesto que no solamente estamos ante un final de ciclo económico, sino también político. Esto no es exclusivo de España, pero en nuestro país adquiere síntomas de gravedad.  El sistema político surgido de la transición se encuentra agotado y hay que modificarlo. Hay que romper tanta connivencia entre la política y la economía. Aferrarse a lo establecido tanto en la política como en la economía es el camino seguro hacia el desastre.