A modo de balance a la muerte de Fidel Castro

Fidel Castro y Che Gevara
Fidel Castro y Che Gevara

La revolución cubana lo tenía todo para adquirir un gran prestigio mediático y atraer  a la izquierda mundial: dosis de romanticismo, heroísmo de las montañas, antiguos líderes estudiantiles llenos de juventud, un pueblo ilusionado… 

Un 26 de julio de 1953, un grupo de estudiantes armados intentó el asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, con el objetivo de desencadenar una revuelta general contra el dictador cubano, Fulgencio Batista. Serían masacrados y detenidos. Su líder, Fidel, era uno de tantos otros estudiantes cubanos de clase media o alta, en su mayoría reformistas y nacionalistas. Creían en la democracia constitucional y no comulgaban con las tesis marxistas. Condenado a 15 años de prisión, fue indultado y se exilió junto con otros a México en 1955. Aquí se aprestó a crear un grupo guerrillero con el objetivo de desencadenar una guerra de guerrillas en Cuba; y conoció a un joven médico argentino, Ernesto “Che Guevara”; y muy pronto, ambos colaborarían en lo que parecía un proyecto quimérico y fundaron el Movimiento 26 de julio.

En noviembre de 1956, los hombres del 26 de julio, se embarcaron en el yate Gramma hacia Cuba, para iniciar la insurrección. De los 82 jóvenes combatientes, sólo quedaron 12 hombres que escaparon acosados hacia Sierra Maestra. Aquí fueron recibiendo cada vez más apoyos del campesinado. Finalmente se produjo el triunfo de la guerrilla. Un 8 de enero de 1959 se produjo la entrada y desfile en La Habana de este grupo de barbudos encabezados por Fidel Castro, provenientes de Sierra Maestra, tras derrocar al dictador Fulgencio Batista.  

La revolución cubana lo tenía todo para adquirir un gran prestigio mediático y atraer  a la izquierda mundial: dosis de romanticismo, heroísmo de las montañas, antiguos líderes estudiantiles llenos de juventud, un pueblo ilusionado…  El ejemplo de Fidel servió de inspiración a los militantes intelectuales de América Latina. Al poco tiempo Cuba empezó a alentar una insurrección en el continente sudamericano, especialmente animada por el “Che Guevara”,  el cual tras renunciar a su puesto de ministro llegó a Bolivia, donde murió por la  lucha revolucionaria, motivo por el que su nombre se  convirtió en un icono  para buena parte de la juventud.

Lo que parece cierto es que ni Fidel ni sus camaradas eran al principio comunistas, ni -salvo 2 casos- admitían tener simpatías marxistas. Los diplomáticos norteamericanos discutían si el movimiento era o no procomunista. Los mismos EE.UU. saludaron favorablemente su triunfo, pero quedaba un interrogante: ¿qué camino iban a seguir los hombres del 26 de julio? El interrogante se despejó con rapidez. El nuevo régimen muy pronto inició una ola de nacionalizaciones de las propiedades extranjeras, rebajó los alquileres, convirtió los latifundios en cooperativas agrícolas, promulgando una Ley de Reforma Agraria en 1959, liquidando la gran propiedad agraria. En 1960 se modificó el régimen de contingentes de exportación a los EE.UU., y éstos castigaron con un boicot comercial a la isla, que pronto se convirtió en un auténtico bloqueo económico. La URSS vino en ayuda y concertó con Cuba un acuerdo comercial. Poco después, mientras que el Partido Comunista entraba en el gobierno, Castro nacionalizó la banca y expropió todas las propiedades norteamericanas. La reacción norteamericana a dichas medidas fue torpe, tratando de derrocar a Castro, con el intento de desembarco en la bahía de Cochinos en abril de 1961, que supuso un grave revés para el prestigio de los EE.UU. Se estrecharon los lazos cubano-soviéticos, rompiendo con los EE.UU., por lo que no resultó extraño que en diciembre de 1961 Fidel se definiera marxista-leninista. Posteriormente llegó la crisis de los misiles en 1962, causada por la instalación  de tales armamentos soviéticos en Cuba por parte de la URSS. La respuesta de los EE.UU.  fue declarar un bloqueo militar limitado(se permitiría el paso de suministros civiles) hasta que se retirase el armamento en litigio. El 28 de octubre Nikita Jruschov cedió y dio orden de vuelta a sus barcos y se comprometió a desmantelar las instalaciones de cohetes.

En cuanto a las realizaciones del la revolución cubana son claros. Antes de 1959 la mortalidad infantil era de 60 por cada mil nacidos vivos; ahora es inferior al 5 por mil. La esperanza de vida al nacer no alcanzaba los 58 años, en 2014  era de 77, 38 en hombres y 81,50 en las mujeres. Para entonces, el analfabetismo era del 23, 6% y hoy ha desaparecido. Hay un millón de universitarios en una población de once millones, y el asunto de la educación y la salud son los máximos logros de una revolución que se quedó —o está— inconclusa. Cuba se proclama como el único lugar del continente donde nadie muere de hambre, y una potencia en educación, salud y deporte, pero tiene en su debe el que mantiene presos a opositores y periodistas críticos, y tiene una economía postrada y desabastecida, que solo funciona en los ámbitos en los que se permite la circulación del dólar.

Cuba ha sobrevivido a no pocos momentos difíciles: la insensata invasión de Bahía Cochinos, en 1961; la crisis de los misiles, en 1962; el hundimiento de la URSS y el bloque soviético en 1989-91. Un hecho fundamental en su política internacional fue que en marzo de 2016 Obama, un presidente de los Estados, después de 88 años, visitó Cuba, habiéndose precedido tal hecho con la reapertura de sus embajadas en La Habana y Washington en julio de 2015. Aplicada a Cuba, la doctrina de Obama en la política exterior reza que el cambio político totalmente necesario —la democracia, el pluripartidismo, la libertad de prensa— no llegará impuesto desde fuera, ni mucho menos a la fuerza.

Quiero terminar con unas reflexiones del gran historiador Tony Judt de su libro Sobre el olvidado siglo XX. A la hora de valorar está revolución de inspiración marxista, no deberíamos olvidar el que por esta ideología,  generaciones de hombres y mujeres inteligentes y de buena fe estuvieron dispuestos a dedicar su vida al proyecto comunista, y si así lo hicieron no fue sólo porque un cuento seductor de revolución y redención les hubiera producido una especie de estupor ideológico. Lo fue, sobre todo, porque les atraía irresistiblemente su mensaje ético subyacente: el poder de una idea y un movimiento dedicados firmemente a representar y defender los intereses de los parias de la tierra. ¿Quién los representa hoy en este infierno neoliberal?

Y la segunda, es que en los años venideros, a medida que aumenten las desigualdades de riqueza, y se agudicen las luchas por las condiciones del comercio, la localización del empleo y el control de unos recursos naturales escasos, será inevitable e imprescindible que tengamos que hablar de desigualdad, injusticia, falta de equidad y explotación. Y sí es así,  la doctrina marxista tendrá todavía mucho que decir, por mucho que algún iluminado haya pretendido arrojarla para siempre al  cubo de la historia.