"Es difícil conseguir que un hombre entienda algo, cuando su salario depende de que no lo entienda"

No es que no existan ideas progresistas, el problema estriba en trasladarlas a la política, lo que significa por encima de todo coraje político

En La lucha de clases existe ¡y la han ganado los ricos!, Marco Revelli nos dice que en 1926 John Keynes en el ensayo El final del laissez-faire exponía una parábola, aplicable a la situación política, social y económica de hoy, y resumía la naturaleza y las implicaciones del dogma del liberalismo económico: la irrealidad de sus presupuestos, lo destructivo de sus consecuencias, la insostenibilidad socio-económica de un método basado en encumbrar a los buscadores de beneficios que tienen más éxito en una lucha sin tregua por la supervivencia, que selecciona al más eficiente eliminando al menos eficiente, y que considera los resultados así alcanzados --al margen de los costes-- un bien permanente para toda la sociedad. Nos decía: "Si la finalidad de la vida es coger las hojas de los árboles a la mayor altura posible, la mejor manera de alcanzar esta finalidad es dejar que las jirafas del cuello más alto hagan morirse de hambre a las del cuello más corto".

Hoy, el nuevo dogma neoliberal trata de edulcorar la trágica parábola, con la estrategia de un final feliz mediante la teoría, en una especie de cínica coartada moral, del trickle-down, o goteo hacia abajo. Su origen proviene de George Simmel, que en 1904 la aplicó al mundo de la moda, al considerar que la forma de vestir de las clases más altas llega a las más bajas-de "goteo", de arriba hacia abajo, por imitación. 70 años después, este fenómeno se transfirió a la economía para denominar la tesis de que los beneficios de políticas económicas favorables a los más ricos, como desgravaciones fiscales, acabarían goteando hasta las clases más desfavorecidas y beneficiando a todo el mundo. Para apuntalar esta teoría con fines persuasivos se han servido de unos diagramas gráficos: la curva de Laffer y la curva de Kuznets. La primera en forma de campana inclinada lateralmente, relaciona la evolución de los tipos de impuesto sobre la renta --en el eje vertical-- con la cuota de ingresos fiscales --en el eje horizontal-- conforme a una secuencia, que refleja un aumento de los ingresos proporcionalmente al aumento de los tipos hasta un máximo, a partir del cual los ingresos empiezan a decrecer, hasta llegar a cero en correspondencia con una carga fiscal del cien por cien. La idea que trata de visualizar la curva es la existencia de un nivel de imposición más allá del cual, todo aumento ulterior funciona a la vez como desincentivo para la actividad económica, especialmente en la inversión, y como incentivo para la evasión y elusión fiscales. Esta teoría tuvo un éxito clamoroso con Reagan, que recortó drásticamente los impuestos a los más ricos.

images19La curva de Kuznets tiene también forma de campana y representa la correlación entre dos variables: en el eje horizontal, el desarrollo económico, sintetizado por el PIB per cápita, y en el vertical, la tasa de desigualdad. Lo que nos dice es que un desarrollo acelerado produce, en una primera fase, desigualdades crecientes, hasta un punto de inflexión a partir del cual empieza, por el contrario, a generar igualdad. Esta curva de Kuznets tiene una variante medioambiental, donde se sustituye la variable social de desigualdad por el indicador de contaminación o degradación medioambiental. El objetivo es combatir y contrarrestar los críticos al desarrollo por la insostenibilidad medioambiental.

Vista la situación actual de injusticia y desigualdades crecientes así como la degradación del planeta, la teoría del goteo hacia abajo, como las secuelas de las curvas de Laffer y Kutnets son un auténtico fraude. Por ello, siguen siendo válidas las palabras de Keynes y hoy más todavía "si nos preocupa el bienestar de todas las jirafas", no deberíamos olvidar "el sufrimiento de las que tienen el cuello más corto y que acaban muriendo de hambre, ni las tiernas hojas que caen al suelo y que son pisoteadas en la lucha, ni la sobrealimentación de las jirafas con el cuello más largo, ni la perversa mirada de ansiedad o de beligerante codicia que ensombrece los apacibles rostros de la manada". El capitalismo actual no ha frenado esta situación, sino que ha justificado e incentivado la bulimia de los cuellos largos, acentuando la ansiedad de los cuellos cortos. Y lo que es más grave, la financiación del capitalismo actual, que detrae recursos de la economía real para transferirlos al circuito financiero globalizado, ha podado sistemáticamente los árboles de los niveles inferiores e intermedios, para concentrarlos en lo más alto, donde una nueva especie puede seguir ramoneando: las jirafas de cuellos largos, los tiburones de las finanzas, para los cuales las tiernas hojas caídas al suelo, sirven de abono para las ramas más altas del árbol.

El poder del dinero ha pervertido la democracia

Son identificables, los 85 multimillonarios del mundo, que, según un informe de Oxfam de enero de 2014 con ocasión de la cumbre de Davos, poseen un patrimonio igual al de 3.500 millones de personas, las más pobres. Estos 85 plutócratas son el núcleo más adinerado del 1% de los habitantes del planeta, que poseen una riqueza de 110 billones de dólares. Forman parte del sector financiero, que controla los ámbitos de decisión, empezando por el político. Este proceso de enriquecimiento y desigualdad se ha intensificado en los últimos 30 años, lo que significa el terrible impacto de la concentración de la riqueza sobre una representación política equitativa. En definitiva, el poder del dinero ha pervertido la democracia.

Y sorprende la pasividad de la mayoría ciudadanía y de la academia ante esta situación tan claramente injusta, que está generando triunfos tan esperpénticos y peligrosos para nuestra democracia, vía elecciones, como los de Trump, Narendra Modi y Rodrigo Duterte. Además del Brexit. Como señala Robert Misik hay que contener la supremacía neoliberal, en primer lugar en el ámbito del discurso político y económico. El fundamentalismo del libre mercado era hegemónico e inalterable; como el mantra de la flexibilización, globalización, desregulación, reformas estructurales y competitividad incuestionable, y quien tenía la osadía de cuestionarlo era sometido a todo tipo de ataques políticos, mediáticos y académicos. Los partidos de izquierda, especialmente los socialdemócratas, se amoldaban al paradigma dominante, lo que suponía no tener otro alternativo.

Hoy el panorama parece que está cambiando. Que la austeridad no funciona es algo tan claro como el agua cristalina, aunque algunos persisten en ella, como Wolfgang Schäuble y algunos lobistas muy bien pagados, a los que se les podría aplicar las palabras de Upton Sinclair “es difícil conseguir que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”.

Diferentes economistas como Paul Krugman, Joseph Stiglitz, Branko Milanovic, Rodrik, Mariana Mazzucato y Thomas Piketty han desmontado el paradigma dominante neoliberal. Todos ellos destacan el papel clave del Estado y una distribución más justa de la riqueza para el desarrollo económico. Por ello, está surgiendo en el debate general, incluso en revistas vinculadas con Wall Street como Forbes “el nuevo consenso del liberalismo de izquierda”.

Como conclusión, no es que no existan ideas progresistas: el problema estriba en trasladarlas a la política. Lo que significa por encima de todo coraje político. Los partidos de izquierda deben, no tienen otra opción si quieren recuperar su espacio político, que enfrentarse a esas élites financieras y empresariales, en lugar de contemporizar con ellas, y de esta manera una gran mayoría de la ciudadanía dejarán de considerarlos parte del establishment.