Conocí a Enrique Curiel en la Facultad de Derecho. Venía de Políticas, y era mayor que nosotros, pero organizaba la agrupación del Partido Comunista en la Universidad. Con una trenka beis, alto y con una voz convincente, intervenía en las asambleas, discutía en los pasillos, se reunía en las mesas del bar.

Conocí a Enrique Curiel en la Facultad de Derecho. Venía de Políticas, y era mayor que nosotros, pero organizaba la agrupación del Partido Comunista en la Universidad. Con una trenka beis, alto y con una voz convincente, intervenía en las asambleas, discutía en los pasillos, se reunía en las mesas del bar. Curiel hablaba en las clases de la orientación reaccionaria de los programas de la licenciatura en Derecho, que provenía de 1953, dirigía con otros tantos la lucha por la eliminación en la práctica del Derecho canónico, exigiendo un aprobado general ante una asignatura clerical y reaccionaria, participaba en los juicios críticos que sus descarriados compañeros políticos de los Comités de Curso organizaban a los catedráticos de economía que, como Naharro Mora o como Prados Arrarte, hablaban del mercado como paraíso, la mercancía como sustancia ontológica y de la curva de indiferencia como forma de orientar la conducta social y no entendían lo que era la economía política ni las necesidades de masas ingentes de población que no podían satisfacerlas a través del mercado. Quiero decir que el dirigente comunista de entonces no sólo hablaba -y claro que lo hacía, faltaría más- de la dictadura y de la lucha por las libertades, sino que se implicaba en el trabajo práctico y teórico de las enseñanzas universitarias, discutía con todos del sentido de las reformas que querían acercar la universidad a un mercado desigual, hablaba de la función de los juristas y de las etapas que había que pasar hacia la democracia y desde allí al socialismo.

Curiel era especialmente odiado por la policía franquista, la brigada político-social. Recuerdo una persecución de película, que terminó en la puerta de la Facultad, en la que fué detenido con Belén Piniés y secuestrado a toda velocidad en un coche negro antes que los estudiantes pudiéramos interponernos para evitar su detención. Fué torturado varias veces, desterrado y condenado a la cárcel. Era muy valiente. Los estudiantes de mi generación recuerdan como se enfrentaba a la policía y de forma para nosotros impresionante exigía la retirada de las fuerzas de seguridad, o la promesa de que no habría carga policial. Hablaba con autoridad moral, una cualidad de la que carecían muchos de las autoridades de la época. Su interlocución con los Decanos y con el Rector de entonces era siempre así, de igual a igual. En los terribles años de la transición, en 1976, fué tiroteado en una pierna en una manifestación a la altura de la calle San Bernardo, por obra de los fascistas o de los agentes de paisano camuflados de la policía. Al verlos, Curiel gritó "a por ellos" y éstos dispararon y le alcanzaron. El franquismo se despidió disparando.

Prohijado por Pilar Brabo -la Laura Rivas de M.O.- Enrique Curiel fué entre 1976 y 1977 una especie de lugarteniente de Carrillo, con Belén Pinies, como ha recordado hoy en El País su camarada y compañero en Políticas Rafael Fraguas. A partir de esa época su presencia pública es muy conocida como dirigente comunista. En 1988 abandonó el partido y su escaño. Dos años después entró en el PSOE donde tuvo una breve carrera política como concejal de Madrid y luego diputado por Pontevedra. En 1995 pasó un bache muy fuerte víctima de una gran depresión. Luego, casi diez años después, fué elegido para el senado y retomó su vida política de forma más reposada. En la Facultad de Ciencias Políticas trabajaba seriamente sus cursos y seminarios.

Le encontraba a veces durante el verano en Vigo. siempre amable y siempre progresista. La última vez que coincidimos fué en uno de los actos de reivindicación de la memoria histórica que organizó Carlos Berzosa y el equipo de gobierno de la Universidad Complutense, una excepción política en un Madrid gobernado por el neoliberalismo agresivo que reivindicaba el postfranquismo y con un socialismo aletargado y timorato. Era octubre o noviembre de 2008 y coincidimos en el mismo banco del Paraninfo de San Bernardo, y le dije que me había emocionado un artículo que acababa de publicar recordando a su padre y a su tío, sacerdote que es fusilado por interceder ante su hermano rojo en el que no sólo reivindicaba el dolor y el silencio de aquella generación atenazada por la violencia y el terror, sino el derecho a ser resarcidos moralmente y a poder sacar a la luz esos actos indignos en la declaración ante el juez Garzón. Hoy su muerte por sorpresa me ha dolido, como estoy seguro que les ha sucedido a tantos amigos y compañeros de aquel tiempo.

Una trayectoria comunista democrática de una generación que todavía no estamos acostumbrados a glosar. Un símbolo de la lucha antifranquista. Sirva esta entrada de recuerdo a toda esa generación de luchadores demócratas que el partido comunista supo organizar y dar un sentido. Te echaremos de menos, Enrique.