Caminaba delante de mí por una calle del centro de Madrid, era medio día y hacía calor, una temperatura sorprendentemente alta para primeros de abril. Se llevó las manos a la cabeza en un gesto de impotencia y se apoyó en la pared de una casa. Había intentado dirigirse a una persona que caminaba presurosa, que le miró y siguió caminando.
Cuando pasé a su lado, se enderezó, era realmente alto: “soy de Senegal, acabo de llegar de Cádiz, tengo que arreglar mis papeles, no conozco a nadie, tengo hambre”. Era muy delgado, de un hermoso color negro brillante, muy joven.
Le miré aún conmovida por el gesto que había presenciado involuntariamente hacía unos instantes. Había salido a comer algo y había comprado en una tienda de esas cuyo olor es un reclamo en sí mismo; que tienen un pan especial, unas empanadillas de hojaldre de carne, de atún, de espinacas, un chocolate riquísimo… Había comprado unas empanadillas de espinacas, me habían calentado una y volvía feliz con una botella de agua fresca y una tableta de chocolate.
Le ofrecí la bolsa con los tesoros que contenía, no la quiso, sólo quiso una empanadilla y el agua. Me preguntó si era de cerdo, le aseguré que no, que eran espinacas y abrió la botella de agua, hacía calor. Seguí caminando, volví a mi rutina, un poco avergonzada, pero creo que nunca me ha sabido tan bien una comida, ni me ha refrescado tanto una botella de agua.





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