Cuando los tambores anunciaban la Primera Guerra Mundial, un susurro internacionalista, débil pero tenaz, recorrió las filas del mundo obrero: no vayas a la guerra, deserta. La guerra, decían aquellos líderes trabajadores y también muchos intelectuales —recordemos a Rosa Luxemburgo— es un conflicto entre élites, que se dirime con la sangre de los obreros; mientras, quienes de verdad sacarán tajada de ella, y también sus hijos, se quedarán en casa, a salvo de las balas.

No hemos llegado al extremo de una guerra, y no creo que lleguemos. Pero me ha dado por pensar en aquellos años a partir del conflicto, ya enquistado, entre los políticos catalanes y los políticos españoles. Otro enfrentamiento de élites en el que quienes no fuimos a la boda de la hija de Aznar ni nos sentamos a la mesa del 3% tenemos mucho que perder, y poco o nada que ganar.

Azuzando los demonios de la identidad y del nacionalismo, que como demostró aquella primera Guerra Mundial y teorizó después magníficamente Erich Fromm es un instinto en nuestra especie —y si no se lo creen, miren a Europa o a Donald Trump—, ambos bandos tienen a buena parte de sus pueblos enfrentados o casi enfrentados, despotricando en los bares y en las paradas de autobús, mientras los líderes siguen contando billetes o intentan esconder los que robaron cuando España iba bien y el catalán de Puyol era casi lengua cooficial en La Moncloa. Aquellos maravillosos 90, que duraron hasta bien entrado el siglo XXI.

Mientras, quienes sentimos que tenemos más en común con el catalán que se levanta cada mañana a las 8 para fer la feina que con Don Mariano Rajoy Brey o cualquier otro de nuestro líderes patrios, ninguno de los cuales sabe lo que es madrugar para acudir a la oficina por un sueldo escandalosamente bajo, miramos apenados el espectáculo y releemos con nostalgia a Rosa Luxemburgo. Y esperamos que escampe.

Y es que es verdaderamente descorazonador ver cómo, mientras aquí tenemos Gürtel y allí el Palau; aquí a Urdangarín y Correa y allí a la familia Puyol; mientras aquí se cierran camas y plantas de hospitales y allí también;  y mientras en general todo aquel que trabaja y cobra un sueldo normal anda justo para llegar a fin de mes a un lado u otro del Ebro, llevamos más de un lustro discutiendo si somos españoles o no, o si hay que contar o no las manos que se levantan pidiendo un referéndum.

Tiene uno la sensación de que todo es una gran estafa. De que el tiempo pasa y nada cambia. Simplemente, prescriben los robos y las responsabilidades políticas, y los delitos se olvidan. Y que lo único que nos espera al final, a catalanes y españoles, es una vida similar a la que llevábamos antes de que todo este conflicto empezara, pero más tensa en lo que respecta a nuestras relaciones, y más precaria y empobrecida en lo que se refiere a nuestros bolsillos.

El nacionalismo sólo debería ser para los ricos.