La actualidad es hoy, en España, como un escenario inmenso iluminado por un foco único y más bien pobre. De manera que todo lo que no sea Cataluña queda en una zona de sombras, poco visible, o invisible por completo.

De manera que el ciudadano español, con el balcón engalanado por la bandera correspondiente, se indigna por los atropellos de uno u otro frente nacional, pero no se entera —o lo hace solo de pasada— de que el responsable de investigar la Gürtel ha declarado en el Parlamento que hay indicios sólidos de que el señor Rajoy, Presidente del Gobierno, ha cobrado sobresueldos en negro de su partido. Repito: en negro. Insisto: el Presidente del Gobierno.

El mismo Presidente que en el último mes, al sombrajo de las banderas agitadas con fervor, ha consentido o favorecido una nueva y escandalosa subida de la luz en España o ha anunciado un nuevo recorte en servicios sociales de cara a los próximos presupuestos. Los mismos que ha pedido al PSOE que apoye, por compromiso patriótico.

El mismo Rajoy que puso la mano en el fuego por Camps, Matas, Barberá o Ignacio González. Este último seguramente libre en unos días, cuando deposite la fianza que la justicia ha negado a los ex consellers catalanes. Libre como lo están Urdangarín y la infanta. Libre como lo está el señor Rodrigo Rato.

Libres como quedarán todos aquellos que, mientras se tatuaban la bandera de España u otra patria sobre el pecho, alejaban su dinero de los ojos del fisco y lo ponían a buen recaudo en algún paraíso fiscal. Porque la justicia aprieta, pero no ahoga. Al menos, si puedes pagarla.

Y mientras todo esto ocurre, la prensa española dedica buena parte de sus esfuerzos a convencernos de que son los medios europeos y los jueces belgas quienes no tienen idea de en qué consiste la democracia, como si todos hubieran sido adoctrinados en las escuelas catalanas. Y la verdad solo morase en las anchas y ahora resecas planicies de Castilla. Como en un renacido espíritu noventayochista.

Cuando todo este jaleo pase, no nos quedará para tapar nuestras desnudas vergüenzas más que la bandera que ahora agitan antes nuestros ojos para engañarnos.