Una vez conocí a una licenciada en derecho que para entender una sentencia necesitaba leerla media docena de veces. Aun admitiendo lo farragoso del lenguaje jurídico parece evidente que se trataba de un caso de mala comprensión lectora. Un mal cada vez más extendido entre la población española, licenciados universitarios incluidos.

Por no elevar la anécdota a categoría daré algunos datos. Según el INE, más de un 40% de la población española no lee ni un solo libro al año, y el tiempo medio que dedican quienes sí leen a los libros es de 15 minutos al día (frente a las más de dos horas de televisión y los 38 minutos de Alemania y los 46 de Finlandia). Según el informe PIACC, una especie de estudio PISA para adultos, España está a la cola de la OCDE en comprensión lectora y veinte puntos por debajo de la media de la UE.  En términos concretos eso significaría que un español medio sería incapaz de entender adecuadamente no ya El Quijote, sino los episodios nacionales de Galdós.

Respecto al famoso informe PISA, los alumnos españoles superaron por primera vez la media de la OCDE y de la UE en comprensión lectora en la última convocatoria, situándose por primera vez a la par de países como Suecia o Reino Unido.

La educación obligatoria, como la universitaria, no debería consistir y no lo hace en los mejores casos en un mero aprendizaje de datos, fechas y fórmulas, sino en el desarrollo de la capacidad de pensar de manera autónoma. Una mezcla de crítica e imaginación que permita enfrentarse a los problemas y resolverlos.  Pensar es un proceso global tal y como demostró un reciente estudio llevado a cabo en Inglaterra, en el que niños de 9 y 10 años, después de recibir clases de filosofía una vez a la semana mejoraron significativamente sus resultados en matemáticas y alfabetización.

Con ese panorama, un país donde se lee poco y donde se comprende mal lo que se lee, y con las ventas de libros cayendo en picado -en 2015 habían caído un 30% en cinco años-, la decisión del gobierno de retirar la opcional (ni siquiera era ya obligatoria) de Literatura Universal en el segundo curso del Bachillerato es suicida, a no ser que los objetivos que se persigan sean inadecuados. Es decir, que no se persiga enseñar a pensar, sino enseñar a producir.

Con la excusa de acercar la educación al mercado de trabajo, y de garantizar a los menores un futuro laboral, el Gobierno del PP ha iniciado una senda que, casualidad o no (pero apostaría a que no), conduce a una decreciente importancia de cualquier asignatura que enseñe a razonar, a argumentar, a ser crítico.

Supongo que piensan que, de esta manera, el adoctrinamiento es más sencillo y los eslóganes de campaña podrán pasar, en un futuro, por razonamientos sesudos. Supongo que considera que, así, las generaciones futuras no se plantearán la conveniencia o no de que un Presidente acosado por la corrupción (discos duros, Bárcenas, Gürtel, Granados, Barberá, Matas, Camps, Fundescam…) y que ha hecho de la inoperancia y la pereza su mayor virtud deba dimitir.

Siempre lo fue, pero está claro que, cada vez más, leer es un acto revolucionario. Así que, si deseamos hacer algo por mejorar la sociedad, leamos. Aunque sólo sea por llevarles la contraria a los caciques que dirigen el país. Aunque sólo sea por aprovechar antes de que también la lectura esté considerada enaltecimiento del terrorismo.