Equidistante es considerar que una Cataluña independiente quedaría fuera de Europa y por ello sus ciudadanos serían más pobres y su futuro más negro

Decía Joseph Brodsky que el poder suele hacer muy poco caso de la literatura, porque allí donde se ha leído un poema, los poderosos encuentran, “en vez de la aceptación y la unanimidad que presuponían, indiferencia y polifonía; en vez de determinación para actuar, irresolución y exigencia”.

Tal vez porque pertenezco a esa especie en extinción que conformamos quienes hemos crecido con un libro en las manos, afinando el oído para detectar a la primera la verborrea o el eslogan fácil, y separarlo de la palabra auténticamente valiosa, todas estas llamadas a la movilización en defensa de la patria por un bando y otro en el conflicto de Cataluña me dejan bastante frío.

Lo que me convierte, supongo, en un equidistante. Palabra que han utilizado despectivamente desde los dos frentes y que, en los tiempos que corren, más que un insulto es un enorme halago.

Porque equidistante supone pensar, por ejemplo, que el mayor fabricante de nacionalistas catalanes ha sido el Gobierno del PP, que con su pasividad consciente ha buscado el conflicto y lo ha inflamado, sin otro objetivo que el de tapar —con una enorme bandera de España— las vergüenzas de su corrupción y sus recortes.

Equidistante es, por supuesto, tener claro que judicializar o militarizar la política no solo no conduce a nada, sino que puede llevar a una escalada de la tensión de consecuencias catastróficas; entendiendo por catastrófico perder una sola vida por una disputa que debería ser racional y tranquila.

Equidistante es considerar que no hay otra salida que el voto, que la consulta legal y negociada entre todas las parte que permita contar, de una vez —con tiempo suficiente e información previa— cuántos están a favor de la salida de Cataluña de España y cuántos en contra.

Equidistante es creer que el nacionalismo catalán perdió buena parte de legitimidad cuando, después de unas elecciones autonómicas que planteó como un plebiscito —y que perdió o no ganó con la claridad suficiente— decidió seguir adelante con la declaración unilateral y exprés de independencia; saltándose después, además, las normas más básicas de respeto a las minorías y la neutralidad institucional que convendría en la preparación del referéndum.  Referéndum que está condenado a ser una nueva teatralización de una frustración obvia y entendible, pero que no tendrá consecuencias en el marco legal, aunque no quieran verlo o asumirlo.

Equidistante es ver que los partidos que más han colaborado con el latrocinio, las comisiones ilegales y el recorte de derechos a la clase trabajadora se están yendo de rositas —en el caso de CiU con el impagable apoyo de ERC— mientras la inmensa mayoría de los ciudadanos, se sientan españoles o catalanes, continúan sometidos al precariado, a la emigración o, directamente, al hambre.

Equidistante es considerar que una Cataluña independiente quedaría fuera de Europa y por ello sus ciudadanos serían más pobres y su futuro más negro. Como más negro sería, no nos engañemos, el futuro de una España que perdiera, de un día para otro, casi el 20% de su PIB. Pero también es de equidistantes creer que, como en las relaciones amorosas, las cuentas y los cálculos no lo son todo, o incluso no son nada; y que para conseguir recuperar a mucha gente que en Cataluña se ha independizado ya emocionalmente de España no va a valer con la amenaza de un mañana incierto o peligroso.

Equidistante es tener claro que no hay que callar ante los errores de quienes consideramos «los nuestros» por miedo a darle armas al enemigo, sino practicar el pensamiento crítico e independiente y no aceptar los eslóganes y los argumentarios del partido como una verdad revelada.

Equidistante es aspirar a un mañana en el que sin pasiones viscerales ni posiciones irrenunciables envueltas en las respectivas banderas, unos y otros se sienten a negociar una salida razonada y pactada, sometida al refrendo de la ciudadanía y que suponga acabar de una vez con una tensión territorial que no por durar ya décadas se va a desinflar mágicamente, como parecen esperar algunos en el PP.

Equidistante es, en fin, soñar con que queda espacio para la duda, la crítica, la reflexión,  el respeto a quienes piensan distinto y el análisis desapasionado. Para esa polifonía y esa exigencia de la que hablaba Joseph Brodsky y que es todo lo contrario a la univocidad de los ejércitos, las filas prietas de los partidos y las ideas sólidas de los convencidos y los fanáticos. Que es, en positivo, la voz de las sociedades plurales y democráticas.

Creo que, afortunadamente, cada vez somos más los equidistantes. Los que dudamos. Los que no estamos ni en un bando ni en otro. Los que no tenemos ni partido, ni bandera, ni nadie que nos represente. Afortunadamente, digo, porque solo los equidistantes pueden facilitar el diálogo y tender puentes.