catalunya3Una de las enseñanzas básicas de la política la resumió el maestro Yoda mientras entrenaba a Luke Skywalker en Dagobah: hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes.

Acaso porque la gente, que es muy de sacarle punta a todo, decía que Yoda se parecía a Pujol, el convergente Puigdemont no viera la saga original de Star Wars y por eso ayer cometió un error que, si habla bien de su responsabilidad, lo hace mal de su capacidad de cálculo: porque no se puede estar con la espada en la mano durante semanas para llegada la hora de la verdad devolverla a la vaina sin una gota de sangre. Al menos, suya. Porque la sangre en Cataluña, como siempre ocurre, la pusieron otros. Los que se llevaron un sinfín de porrazos hoy saben que para nada. O para muy poco.

El día en que caía de la presidencia de PRISA Juan Luis Cebrián, que ha sido durante décadas una república en sí mismo —y con bastante poder—, el President Puigdemont se marcó una declaración de independencia que, prólogo historicista aparte, hubiera sido más propia de un gallego como Rajoy, y ustedes me perdonen el tópico. Pero es que aquello fue un sí, pero no. Un está vivo, pero también muerto. Y todo al mismo tiempo: como el gato de Schrödinger.

Lo que hubiera sido moderadamente divertido, por surrealista, si por el camino que ahora se quiere desandar no nos hubiéramos dejado la serenidad, la sensatez y buena parte de las raíces de nuestra convivencia. Y esta declaración que no fue, convenientemente amagada, se queda a medias en nombre de un diálogo que solo un iluso puede considerar posible. Bastó con ver a Albiol ayer en el Parlament catalán: parecía que hubiera ganado la Copa de Europa en el último minuto. ¿Cómo van a pactar con quien creen ya derrotado?

El problema, me temo, se enquistará hasta que haya cambio de Gobierno o de gobiernos.  Y en el ínterin, ganará Rajoy. Porque cuando de esperar se trata, nadie lo hace como él. De hecho, se ha pasado la que para muchos ha sido la peor crisis de España en décadas sin hacer nada, escondido detrás de jueces, policías, el Rey y Soraya Sáenz de Santamaría. ¿En serio creen que ahora que la amenaza ha pasado va a hacer algo? Dos segundos después de que Puigdemont desvelará sus verdaderas intenciones, Rajoy estaba encendiendo un puro y actualizando su equipo en el Comunio.

La pena —y hay que insistir: como siempre ocurre— es que en medio de este chaparrón absurdo, de este atrincheramiento que amenaza con prolongarse sine die, estamos los ciudadanos. Los de allí dudando si las empresas para las que trabajan seguirán en Cataluña en unos días. Y los de aquí soportando el creciente poder de una ultraderecha que ha aprovechado el problema territorial para lucir músculo, toda vez que era bastante difícil que pudiera lucir cerebro.

Y, mientras tanto, los cuarenta mil millones que les prestamos a los bancos siguen sin aparecer. Pero, ¿qué bandera podemos ondear los que ya estamos aburridos de las banderas? ¿A qué patria podemos emigrar los que estamos cansados de las patrias? Hemos llegado a ese punto, me temo, en que como decía Félix Grande la sensatez empieza a ser revolucionaria.