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Memoria histórica: es mejor sufrir la injusticia que cometerla

Emilio Jurado |

Nuevatribuna | 30 de Marzo de 2017

Aquí en España, los herederos de los que cometieron la injusticia de arrebatar la vida a sus compatriotas sienten pavor ante la sola idea de dar cumplimiento a la ley de memoria histórica que no exige castigo alguno sino solo reconocimiento

Dice Platón en Gorgias que es mejor sufrir una injusticia que cometerla. Éste es el tema con el que se inicia en la historia de la humanidad la reflexión sobre el comportamiento moral. Qué debe hacerse y qué debe evitarse, y las razones para lo uno y para lo otro son la base de todo pensamiento moral laico, religioso, agnóstico e incluso científico. En las ciudades estado de la antigua Grecia y en la republica de Roma, el ejercicio de la virtud y el rechazo a la maldad venía dictado por el comportamiento irreprochable desde una óptica ciudadana. El cristianismo recoge la idea y somete a su líder carismático, Jesús, a toda clase de injusticias, pero no se le puede probar la comisión de un solo acto injusto en sus 33 años de vida. Otras corrientes religiosas hacen lo propio en las bases mitológicas de sus respectivos dogmas, incluso Buda se desmarca de su vida feudal anterior a su magisterio, que si no injusta en sí misma sí es irresponsable, para dedicar su vida entera a la no comisión de injusticia alguna, centrándose en la contemplación de la vida y la introspección de uno mismo.

Kant, Nietzsche, Kierkegaard y otros moralistas laicos asumen la comisión de la injusticia como el momento que separa el bien del mal. Obrar de acuerdo a la llamada de la naturaleza, la razón o la divinidad, o no hacerlo es establecer la línea entre la acción moralmente aceptable o dejarse caer en la perversión.

En general la filosofía moral ha sido más bien especulativa, no tenemos verificaciones sobre sus postulados, compartirlos o no es todo lo que puede hacerse. Pero la (neuro)ciencia ha venido a, primero confirmar la validez de los principios moralistas de la filosofía desde sus inicios, y segundo  aportar visiones que permitan entender  de mejor modo la presencia del mal. Particularmente para entender su continuado protagonismo en la historia de la humanidad. El holocausto judío, la exterminación de las personas letradas en Camboya, la invasión de Iraq, el cierre de las fronteras a los necesitados y otras barbaridades exigen el que nos interroguemos sobre nuestra tendencia al mal, a cometer injusticia tras injusticia aunque paguemos un alto precio por ello: el dolor del alma y la angustia vital.

La ciencia desvela un fenómeno de enorme valor. El olvido como estrategia para cometer atrocidades y no sufrir por ello. Porque lo seres humanos estamos predispuestos a la compasión, cualquier falta supone el quebranto de nuestro ser interno y sufrimiento. Pero la ciencia ha descubierto que no es tan difícil enmascararse ante esta exigencia moral: olvidar rápido. Y para ello lo mejor es recrear la situación donde se produjo la injusticia, disfrazarlo todo de hecho anecdótico y someterla a olvido por razones de eficacia mental, para no ocuparse de esas naderías. Porque la conciencia de haber cometido una injusticia duele, todo aquél que comete injusticia tiende a negarlo, empequeñecer el hecho y a renunciar a refrescar lo sucedido negando los datos objetivos y refutando el que se pueda poner imagen a la tragedia.

Por eso aquí en España los herederos de los que cometieron la injusticia de arrebatar la vida a sus compatriotas, ante los que primero se habían revelado y luego habían exorcizado condenándoles a no disponer siquiera de un lugar donde reposar eternamente, sienten pavor ante la sola idea de dar cumplimiento a la ley de memoria histórica que no exige castigo alguno sino solo reconocimiento. No es por una cuestión ideológica, es por una cuestión moral, porque saben que por cada fosa que se exhuma, un dolor indefinido recorre sus miembros. Porque por cada una de las eliminaciones de registros de calles o plazas, la verdad de lo ocurrido sale del claroscuro y llena la conciencia de imágenes que tienen la capacidad de corroer el alma.

Pero para eso hay que tener alma, y lo más aconsejable para esos individuos que se benefician de la injusticia histórica es neutralizar la memoria, sea tratando de ridiculizarla como hace el perverso Rafael Hernando o infantilizándola como hace el cachorro ignorante de las nuevas generaciones de Galicia Diego Gago.  

Por eso se niegan a ninguna concesión, por eso tratan de evitar rememoranza de ningún tipo. No les importa asumir un colapso nacional, ni barbaridades colectivas. Cualquier cosa aceptarían siempre que ello no devuelva a sus miradas la imagen de alguien muy próximo descerrajando un disparo sobre una persona inocente e inerme y arrojándola a una cuneta.

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