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La coalición 'tenía' un precio

Luis María González | Periodista

Nuevatribuna | 09 de Mayo de 2016

Una coalición electoral de las izquierdas puede ser una herramienta oportuna a condición de que fije con transparencia su programa, objetivos y estrategia en y tras las elecciones. 

En La muerte tenía un precio, el western de Sergio Leone  “dos cazadores de recompensas que buscan al mismo hombre deciden unir sus fuerzas, aunque las razones que los mueven son completamente diferentes”.

Abundan estos días en los medios de comunicación las informaciones acerca de la posible coalición de Podemos e Izquierda Unida ante las elecciones del 26 de junio para “responder al momento histórico que vivimos”, como gusta decir a sus valedores. Iglesias anda ya ofreciendo al candidato socialista la vicepresidencia del futuro gobierno, si el progresismo populista gana las elecciones. Todo un ejemplo de mesura.

En el interior de IU, distintas voces con cierto eco mediático y escasa influencia en la sectarizada y escuálida militancia, difunden su estupor y rechazo al proceso iniciado con Podemos, en medio de una confusa estrategia de vindicación identitaria y legitimación del adversario. Para defender IU, atacan a Podemos, cuando en realidad deberían haber combatido con más coraje la “huida hacia la nada” que el núcleo dirigente de IU inició tras las elecciones europeas. Pero eso no podía ser. Algunos de los actuales críticos formaban parte de aquél núcleo.

El 5 de mayo, la dirección de IU hacía públicos los datos de participación en su consulta sobre la coalición con Podemos: veinte mil votos, 84,5% afirmativos, 13,1% negativos y 2,4% abstenciones. Nadie explica de donde vienen (militantes o simpatizantes, telemáticos o presenciales), nadie fundamenta las razones de tan baja y aleatoria participación, nadie cuenta las negociaciones con Podemos. El 7 de mayo, el Consejo Político Federal de IU escenificó alguna tensión en la negociación e identificó los grandes retos políticos para la transformación del planeta: IU quiere más puestos de salida en las listas. Ni Europa, ni el euro, ni el paro, ni la reforma laboral, ni la sanidad, ni la educación, las pensiones o la protección social. El problema se llama listas. Yo adelanto mis conclusiones: si por plantear en el momento adecuado la coalición con Podemos, IUCM fue desfederada y sus 5 mil afiliadas/os expulsados, si entonces dijimos que el problema era de coalición y propuesta política, si era el proyecto el que estaba siendo enterrado…,y ahora pasa esto, solo puedo decir que IUCM tenía razón, y la difamación de que fuimos objeto retrata a los difamadores.

Las urgencias de IU y Podemos

Podemos responde a una determinada concepción de la política y de la comunicación. Siguiendo la máxima de Oliviero Toscani, el fotógrafo publicitario de Benetton, “El producto es el mismo, la diferencia reside en la comunicación”, y envolviendo el mismo en un enorme globo de propaganda, los portavoces de la actual mayoría de Podemos creen imprescindible, no ensanchar el territorio de las izquierdas, sino trocearlo adecuadamente, aunque el precio a pagar sea insoportable: un nuevo triunfo de las derechas, y quizás otro gobierno conservador. Derechas distintas, sí, pero después del 26J, es posible que más iguales que antes. ¿Será este el precio que hemos de pagar por la coalición de Podemos e IU?

Claro que no faltarán quienes me respondan, que en democracia la pelea por ocupar espacios sociales y electorales es legítima y hasta saludable. Y es verdad, pero es una verdad sin alma, fría y distante, que esconde una malvada estrategia de autoestima corporativa y desinterés por la acción política concertada para enfrentar los problemas que tiene la gente. Esta izquierda, que no se atreve a llamarse así, solo puede merecer mi más razonado y contundente rechazo.

Una coalición electoral de las izquierdas puede ser una herramienta oportuna para reforzar la política y la democracia, a condición de que fije con transparencia su programa, objetivos y estrategia en y tras las elecciones. Justo lo que se echa en falta ahora. En el País Valencià, Compromís plantea ampliar esta coalición -Compromís, Podemos e IU- al PSOE en las candidaturas al Senado. Puro sentido común, si se quiere ganar a la derecha con el actual procedimiento para distribuir escaños en el Senado. No es muy acertado concentrar el rechazo a la coalición en sí, porque tal conducta revela más tripas que ideas. Pero convendréis conmigo en que las credenciales de la actual dirección de IU y del grupo dirigente de Podemos para liderar una coalición no despiertan mucha confianza.

Las urgencias de IU y Podemos son diferentes (como las del manco y el coronel Mortimer  en La muerte tenía un precio), pero hunden sus raíces en un una conducta política básicamente compartida. Y si se me apura, con origen político, vital y biológico en Izquierda Unida. Hace tiempo que un amplio sector de IU, que creció con el aliento del coordinador general Anguita, sustituyó el marxismo por el populismo, la política por la retórica, la organización por la adhesión ciudadana -ahora expresada con el voto telemático-, y la unidad de las izquierdas por el programa del pueblo. Tuvieron, todo hay que decirlo, un eficaz aliado: el felipismo del PSOE que derivó en liberalismo y creyó que fuera de las privatizaciones, el mercado de trabajo dual, la desregulación laboral y el capitalismo financiero, no había solución. Se odiaron y alimentaron con extremada pasión. Ahora pagamos y pagaremos sus consecuencias.

En IU, Lara y Garzón siguieron a distinto ritmo las enseñanzas de aquel discurso de Anguita. Pero el ritmo no cambia la letra, aunque pueda necesitar de otra música. Lara colaboró hasta la humillación con la estrategia de la perdición y desde hace unas semanas improvisa una oposición testimonial, que servirá al candidato y coordinador en ejercicio para presentarse en sociedad como el coordinador de todas/os. Lo que había que hacer, lo que hay que hacer, es poner patas arriba un discurso, una estrategia y una organización que avanza rauda a territorio sin ideología, aunque repleto de radicales de la propaganda que salen en televisión para vender a voces un proyecto que, como diría Juan Benet, “pierde el silencio de la calidad”.

No es fácil acertar en este tiempo. Yo mismo me equivocaré al hacer diagnósticos y análisis. Pero he de ser honesto con lo que veo. Como persona de izquierdas me siento huérfano de estrategias partidarias, aunque creo tener clara mi ubicación ideológica. El 20 de diciembre de 2015, por primera vez en 38 años, confesé mis dudas acerca de la papeleta que había que depositar en la urna. Cinco meses después la cosa se complica, porque las opciones se estrechan, las siglas se aprietan y se coaligan, y los discursos y programas amenazan con ser sustituidos en campaña por una interminable pasarela de ocurrencias y reproches, que difícilmente ayudarán a despejar el horizonte.

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