VARIOS AUTORES

Razones para abolir la prostitución

La prostitución no es, como se han inventado muchos hombres para justificarse, la profesión más antigua del mundo, sino la forma de explotación y de violencia de género que se inventó para tener a las mujeres al “servicio sexual” de los hombres.

La violencia de género extrema, como es el uso y violación de mujeres por dinero, está en contra de los derechos humanos y no debe ser considerada un “trabajo” que justifique su continuidad y que quienes la promueven y se benefician de ella sean considerados “empresarios del sexo” convirtiendo en negocio legal la violación de mujeres y niñas.


Aquellas personas a quienes importe la integridad, la salud y la seguridad y los derechos humanos de quienes son prostituidas deben apoyar las iniciativas tendentes a la abolición de esta violencia de género extrema, como han hecho países como Suecia o más recientemente Francia.

La prostitución no es, como se han inventado muchos hombres para justificarse, la profesión más antigua del mundo, sino la forma de explotación y de violencia de género que se inventó para tener a las mujeres al “servicio sexual” de los hombres y que debe ser abolida. Lo que las mujeres prostituidas tienen que soportar equivale a lo que en otros contextos correspondería a la definición aceptada de acoso y abuso sexual. ¿El hecho de que se pague una cantidad de dinero puede transformar ese abuso en un ‘empleo’, al que se le quiere dar el nombre de ‘trabajo sexual comercial’?

Es más, si regulamos la prostitución como una profesión más, ¿cómo vamos a educar en igualdad, sabiendo que sería un posible nicho laboral futuro para nuestras hijas y compañeras de pupitre?, ¿qué modelo de sociedad en igualdad estaremos contribuyendo a construir?

Si regulamos la prostitución como una profesión, integrándola en la economía de mercado, estamos diciendo que esto es una alternativa aceptable para las mujeres y, por tanto, si es aceptable, no es necesario remover las causas, ni las condiciones sociales que posibilitan y determinan a las mujeres a ser prostituidas. A través de este proceso, se refuerza la normalización de la prostitución como una “opción para las pobres”.

Tenemos que cambiar el foco de análisis y centrarnos en el protagonista de esta forma de violencia de género que permanece oculto y casi siempre pasa desapercibido e invisibilizado. Debemos preguntarnos ¿por qué los hombres acuden a la prostitución actualmente? En una época de libertad sexual como la actual, todos los estudios y resultados coinciden en que los hombres usan la prostitución como un ejercicio de poder y sumisión sobre otra persona, con la que no tienen que tener ninguna consideración porque la pagan y debe estar a su servicio, convirtiéndola en objeto de consumo. Muchos hombres, en las relaciones sociales y personales, experimentan una pérdida de poder y de masculinidad, y no consiguen crear relaciones de reciprocidad y respeto. Son éstos los hombres que acuden a la prostitución, porque lo que buscan en realidad es una experiencia de dominio y sumisión. Este grupo de hombres parecen tener problemas con su sexualidad y la forma de relacionarse con el 50% del género humano, que creen que debe de estar a su servicio.

 

Es sorprendente que en pleno siglo XXI los proprostituidores sigan justificando la prostitución como “necesidad” inevitable de los hombres, dado que, según ellos, “en especies que tienen reproducción sexual, el sexo es, por razones obvias, uno de los deseos más fuertes y ubicuos”. Presuponer que la necesidad sexual masculina es una necesidad biológica que no puede ser puesta en cuestión, similar a las necesidades de nutrición, contradice manifiestamente el hecho comprobado de que las personas, mujeres y hombres, pasan largos periodos de sus vidas sin relaciones sexuales ¡y sin llegar al fatal desenlace que habría tenido la privación de alimento! Esta es la concepción del capitalismo neoliberal, donde si tienes suficiente dinero y poder, puedes “elegir libremente” en el mercado, en el que todo se compra, usar a otras personas para “obtener suficiente sexo, o el tipo de sexo que desean”.

Pero la justificación del negocio de la violencia sobre las mujeres a través de la violación y uso de sus cuerpos va mucho más allá, para quienes buscan, en definitiva, justificarse. Consideran que esta violencia debe ser considerada un trabajo “con mejor remuneración y una jornada más corta,… que entraña más habilidad e incluso un toque más humano” que “ocho horas diarias en una línea de montaje o dando vuelta hamburguesas”. Parece que estos varones proprostitución nunca han tenido que sufrir dar vueltas a hamburguesas, mientras simultáneamente te violaban reiteradamente viejos babosos o psicópatas violentos, que tenían el suficiente dinero para gritarte mientras tanto que “lo has elegido libremente porque esto es mucho más fácil, so guarra”. En su cabeza no comprenden que nada tiene que ver un trabajo, por muy penoso que sea, con una violación, por muy sofisticada o adornada que se la quiera presentar como “dar placer físico y también apoyo emocional a personas necesitadas”. Una violación es una violación, lo adorne como lo adorne Agamenón o su porquero.

Por eso, desde este enfoque, tenemos que afirmar categóricamente que el denominado eufemísticamente “intercambio consentido de sexo por dinero entre adultos”, por los colectivos proprostitución, ni es intercambio, ni es consentido, ni es sexo y, cada vez de forma más frecuente, ni siquiera es entre personas adultas.

En primer lugar, la prostitución jamás se da en condiciones de libertad; nunca es objeto de un contrato de compraventa entre personas iguales en derechos y libertades. Está sobradamente demostrado que no hay intercambio, sino ejercicio de poder y sometimiento.  El que ejerce quien puede comprar y someter a sus deseos a otra persona que necesita el dinero. No hay consentimiento, pues no hay libertad ni igualdad para establecer la relación, pues una parte es la que ejerce el poder mediante el dinero con la que compra y somete a la otra parte, que es la que se ve obligada a dejarse usar para satisfacer los deseos “del otro”, si quiere conseguir el dinero que necesita.

Incluso en el supuesto de que alguien declarara que elige la prostitución de forma libre, ¿podemos considerar una elección libre la explotación y la violencia de género? En nombre de una concepción del ser humano como persona, del bien común y del respeto a los derechos humanos, la humanidad ha juzgado necesario con frecuencia poner límites a la libertad individual (venta de órganos, esclavitud, uso abusivo de drogas, etc.), estableciendo que hay prácticas, por muy libremente que se quiera decir que se han asumido, que van en contra de los derechos humanos más elementales. No obstante, conviene recordar que los usuarios masculinos de la prostitución no se preocupan de saber si la prostituta se considera libre, cuestión que no les inquieta lo más mínimo. En este sentido, no se puede desvincular el tráfico de mujeres con la legalización de la prostitución, porque el tráfico es una consecuencia de la oferta y la demanda que rige el negocio de la prostitución.

En segundo lugar, la prostitución no es sexo. Porque la prostitución, se justifique como se quiera justificar, no deja de ser una violación reiterada, no una relación sexual en libertad e igualdad. No se vende la actividad o el producto, como el cualquier trabajo, sino el propio cuerpo sin intermediarios. Y el cuerpo no se puede separar de la personalidad. Además, sólo alguna afortunada podrá poner “límites”, pero la mayoría tendrán que satisfacer a los prostituidores porque pagan (un “cliente” a quien una prostituta le negara un acto sexual particular o una relación sin preservativo, podrá siempre alquilar a otra mujer más necesitada que accederá a su demanda). El punto de vista según el cual las intrusiones repetidas en el cuerpo y los actos sexuales tolerados, pero no deseados, pueden ser vividos sin perjuicio es, por lo menos, dudoso. Las mujeres han referido en numerosas ocasiones sus estrategias para terminar rápidamente con el cliente, porque si las prostitutas necesitan y desean el dinero de la prostitución, no desean la sexualidad prostitucional que, en tanto que tal, es una forma de “violación remunerada”. Solo la conciben como “sexo” quienes han reducido la sexualidad al tradicional modelo de “genitalidad varonil”, que solo piensa en satisfacer sus propios deseos, al precio que sea.

Por supuesto, el lobby empresarial que está detrás de todas estas políticas de la justificación de la violencia sexual prostitucional, financia a algunas prostitutas para que salgan en los medios de comunicación afirmando que lo hacen porque quieren, que nadie las obliga. Como si el hecho de que algún esclavo reclamara para sí seguir siéndolo, justificara que se tuviera que regular la esclavitud como nuevo trabajo y futuro nicho laboral para las y los pobres. Sin embargo, estas pocas mujeres que salen una y otra vez en todos los programas de los medios de comunicación sobre el tema, les sirven como justificación y coartada para afirmar constantemente que la regulación de la prostitución como una profesión “es lo que desea la mayoría de quienes lo ejercen”. Es evidente que viven completamente al margen de la experiencia brutal de quienes la sufren cotidianamente y ni siquiera se han detenido a revisar las investigaciones al respecto ni los datos reales de las organizaciones que trabajan con mujeres que están siendo prostituidas.

Detrás de quienes justifican la violación reiterada como sexo con los “discursos de la regulación” y hablan de esta violencia prostitucional como “industria del sexo”, casi siempre acaba apareciendo la patronal de los proxenetas. No olvidemos que a quienes beneficia realmente la regulación de la prostitución es, no solo a estos proxenetas que pasarían a denominarse “empresarios del sexo”, dándoles un baño de respetabilidad, sino también a las redes de trata de blancas que se convertirían en corporaciones empresariales, que cotizarían en bolsa convirtiendo en industria la violación de casi cuatro millones de mujeres, y también a los “clientes”, puesto que esto les colocaría en una situación de “normalidad”.

No podemos dejar de recordar una y otra vez que hay prostitución porque hay tráfico de mujeres. Lo mismo que la esclavitud es la que generó el tráfico de esclavos. Es inseparable la prostitución del tráfico. Sólo quienes tienen intereses en mantener y lucrarse del tráfico, justifican la prostitución como un trabajo…, claro, para las mujeres pobres.

Por eso no es de extrañar que utilicen como argumento definitivo para justificar la empresarialización de la prostitución el económico: el ingreso que supondría para las arcas del Estado el pago de impuestos de esta “actividad profesional”. Y en esto coinciden, por supuesto, los sectores más conservadores (como el gobierno conservador de Nueva Gales del Sur de Australia o el del Partido Popular de España) con los sectores más neoliberales proprostitución como Amnistía Internacional. Convirtiendo de esta forma la violación de mujeres en una “actividad profesional” amparada y justificada por un Estado proxeneta que calla porque cobra. Esta es la visión de futuro de los derechos humanos que defiende el lobby empresarial proxeneta y quienes les justifican y amparan.

La solución pasa, no por prohibir, como plantean maniqueamente los pro-prostitución, sino por abolir. Como lo ha hecho Suecia, o más recientemente Francia. En primer término, por supuesto, pedimos que se aplique la ley y se persiga la trata y a los inductores y proxenetas que están campando por sus fueros, los clubes, los burdeles de carretera, que todo el mundo conoce. Pero el cambio de enfoque que se pretende con la abolición supone centrar las medidas en la erradicación de la demanda, a través de la denuncia, persecución y penalización del prostituidor (cliente): Suecia penaliza a los hombres que compran a mujeres o niños con fines de comercio sexual, con penas de cárcel de hasta 6 meses o multa, porque tipifica este delito como ‘violencia remunerada’.

En ningún caso se dirige contra las mujeres prostituidas, ni pretende su penalización o sanción. La novedosa lógica detrás de esta legislación se estipula claramente en la literatura del gobierno sobre la ley: “En Suecia la prostitución es considerada como un aspecto de la violencia masculina contra mujeres, niñas y niños. Es reconocida oficialmente como una forma de explotación de mujeres, niñas y niños, y constituye un problema social significativo.., la igualdad de género continuará siendo inalcanzable mientras los hombres compren, vendan y exploten a mujeres, niñas y niños prostituyéndoles”. Además otro elemento esencial de la ley sueca y de la ley francesa es que proveen amplios fondos para servicios sociales integrales dirigidos a cualquier prostituta que desee dejar esa ocupación; también proveen fondos adicionales para educar al público para contrarrestar el histórico sesgo masculino.

La prostitución siempre ha existido, dicen. También las guerras, la tortura, la esclavitud infantil, la muerte de miles de personas por hambre. Pero esto no es prueba de legitimidad ni validez. Tenemos el deber de imaginar un mundo sin prostitución, lo mismo que hemos aprendido a imaginar un mundo sin esclavitud, sin apartheid, sin violencia de género, sin infanticidio ni mutilación de órganos genitales femeninos.

Isabel Salud (IU), Cristina Simó (MDM), Enrique Díez (ZeroMacho), Jose Luis Centella (PCE) y Maite Mola (Área Mujer IU) (1)


(1) Isabel Salud es Diputada Nacional de Izquierda Unida; Cristina Simó es Secretaria General del Movimiento Democrático de Mujeres; Enrique Díez es Presidente Estatal de la Asociación ZeroMacho Hombres por la Abolición de la Prostitución; José Luis Centella es Secretario General del Partido Comunista de España y Maite Mola es Coordinadora del Área Federal de la Mujer de Izquierda Unida.