MERCÈ RIVAS TORRES

Me avergüenza tener esclavos

La ropa que llevamos los europeos pero también los españoles está manchada de sangre. Tras los vestidos a 19.95 euros hay muerte, corrupción, explotación, sangre y sufrimiento. 

Reshma Begum.
Reshma Begum.

 Es triste pensar que nosotros podemos consumir y tener cosas porque hay personas que se dejan la vida por elaborarlas

Resulta muy escandaloso y escalofriante ver como 1.127 personas han muerto, 2.438 han resultado heridas y 98 desaparecidas en las últimas semanas en Blangadesh en fábricas insalubres, en donde trabajaban en condiciones infrahumanas, en régimen de esclavitud por un salario que va de los 30 a los 38 euros mensuales.

Pues bien, centros de trabajo como esos hay también en China, India, Argentina, Marruecos e incluso alguno en España los cuales surten a todas esas tiendas a las que solemos acudir. Ahora estas cadenas textiles anuncian acuerdos para que se hagan constantes auditorías en Bangladesh, vigiladas por la OIT (Organización Mundial del Trabajo). No hay que olvidar que es un negocio de 15 mil millones de euros al año que da trabajo (en régimen de esclavitud) a tres millones de personas. Es un pilar de uno de los países más pobres del mundo Este sector textil aporta en torno al 80% de los productos que Bangladesh exporta, unos 20 mil millones de euros. Y aunque parece mentira, este fértil país puede producir alimentos para cubrir una población veinte veces superior a la actual pero la población sufre malnutrición pues las tierras están controladas por unos pocos.

Y aunque dudemos mucho de que las condiciones laborales de estos trabajadores cambien mucho, es importante que esos puestos no se destruyan ya que son el mínimo sustento de millones de personas. ONG´s y sindicatos tendrán que trabajar duro por mejorar la vida de éstos bengalíes los cuales tienen jornadas de trabajo extenuantes, sin vacaciones, en edificios repletos de grietas, con techos de uralita que hacen que el calor sea intolerable, sin ventilación e incluso sin permisos de maternidad.

En épocas de temporada alta, en donde las firmas exigen rapidez para tener a punto las colecciones de temporada en sus escaparates, hay trabajadores que han declarado trabajar tres meses sin un día de descanso o quince noches seguidas. Y la situación se agrava cuando deciden acudir a las subcontratas. En éstas la esclavitud ni se comenta. Los capataces de estas empresas coinciden en que lo importante es servir el pedido, no en las condiciones en que se elabore. Todo vale.

Las mujeres de cualquier edad suelen ser el núcleo central de estos trabajadores. Como Reshma Begum, esa joven con vestido morado y pañuelo rosa que rescataron de las entrañas de uno de esos edificios, 17 días después de derrumbarse. La vimos en la prensa y la televisión y quizás se nos haya quedado su cara en la retina, pero mujeres como Reshma hay millones en su país y en otros muchos países del mundo.

Hasta los recientes incendios en Bangadesh las grandes y medianas marcas se negaron a hacer declaraciones, cerraban los ojos y se tapaban los oídos ya que pensaban seguir surtiéndose de este tipo de fábricas para rellenar las perchas de sus tiendas. Si no son las fábricas de Bangladesh serán las de otro país y es que la única forma, al parecer, de poder vender vestidos a 19.99 euros.

Su país vecino China, gran potencia a todos los niveles, también utiliza mano de obra esclava para elaborar ropa, zapatos, teléfonos móviles y miles de cosas más. Recientemente pudimos leer cómo un periodista logró colarse en una fábrica de los más importantes teléfonos móviles del mundo y ver los dormitorios sucios, con cucarachas y forradas sus ventanas con alambres. Informó de los numerosos suicidios de sus trabajadores y pudo vivir en primera persona las jornadas continuadas e interminables para cumplir los pedidos de las carcasas de los móviles.

India no se queda atrás. Informes del Centre for Research on Multinational Corporations, del India Committee of the Netherlands o de la Campaña Clean Clothes (Ropas Limpias) pone en evidencia a nuestras marcas y tiendas habituales.

Miles de niñas y jóvenes indias, entre 14 y 20 años, son reclutadas por los grandes fabricantes textiles del Tamil Nadu. La inmensa mayoría de ellas pertenecen a la casta de los Dalit (la más baja de la India) considerada impura y dedicada a tareas marginales. Se les promete mucho pero rápidamente se convierten en esclavas a cambio de un colchón y algo de comida y un salario mínimo que lo emplean en costear su dote para poder contraer matrimonio.

Pero a pesar de estas situaciones escandalosas, los consumidores occidentales seguiremos comprando esas prendas porque nuestros presupuestos no dan para más. Es triste pensar que nosotros podemos consumir y tener cosas porque hay personas que se dejan la vida por elaborarlas. Y nuestras grandes empresas de moda seguirán hablando de las bondades de sus departamentos de Responsabilidad Social Corporativa que trabajan, según ellos, para mejorar la vida de sus empleados y proveedores.