OPINIÓN | ESTELLA ACOSTA PÉREZ

¿La educación al servicio del mercado o de la ciudadanía?

Desde variadas y curiosas opiniones se recalca el mantra de la necesidad de adaptar el sistema educativo a las necesidades del mercado laboral, o de las empresas, algunas más radicales que otras. Pero, podemos responder desde diferentes perspectivas para rebatir esas propuestas, que defienden intereses de clase, repiten estereotipos sin mala intención o inclusive como dice Ignacio Sánchez Cuenca en La desfachatez intelectual ·”… éste de la educación es uno de esos asuntos donde los prejuicios están tan asentados que la realidad pasa desapercibida”

Por eso en el proyecto compartido entre las Federaciones de Industria y Enseñanza de CCOO hemos elegido la idea de la interrelación entre el cambio de modelo productivo y de modelo educativo, proponiendo diferentes aspectos para el análisis, para el debate, pero con propuestas de principios, criterios e incluso de acciones pero siempre de carácter estratégico, amplio y flexible. Porque como escribía P. Krugman en 2014 en El País: “En la Edad Media, el llamamiento a una cruzada para conquistar  Tierra Santa se recibía al grito de “!Deus vult! (¡ Dios lo quiere!) ¿Pero sabían de verdad los cruzados lo que quería Dios? Dado el modo en que terminó la aventura parece que no… a menudo los gritos implícitos de ¡Mercatus vult! (los mercados lo quieren!) ¿Pero aquéllos que invocan la voluntad del mercado saben realmente lo que quieren los mercados? Una vez más, parece que no.”

Con respecto a qué hacer en educación para responder a las necesidades del mercado laboral o de las empresas será aún peor, porque en el tiempo que se tarda en formar a cualquier persona, tanto para la FP y más aún para la Universidad, puede ocurrir cualquier cosa. Si la referencia son competencias técnico-profesionales, en pocos años se quedan obsoletas y en otros parámetros entramos en terrenos muy teñidos de ideología. Pero, además, las responsabilidades de las administraciones y de las empresas, en este caso tienen mucho más relación con la cualificación y recualificación de los trabajadores y trabajadoras, en activo y en desempleo, dada la dramática situación generada por la crisis pero que también tendrá sus consecuencias por los cambios tecnológicos que pueden sobrevenir con la digitalización, la robotización, etc.

En cuanto al sistema educativo, incluyendo la enseñanza obligatoria y la no obligatoria, para toda la ciudadanía, no sólo en la llamada edad escolar, necesita de una revisión en profundidad de los contenidos curriculares, en cantidad y calidad, en su pertinencia para los tiempos que corren, pero inevitablemente considerando la educación para la vida, para un ejercicio de ciudadanía crítica, que incluya también el mundo del trabajo. Pero el trabajo como actividad humana valiosa socialmente, no como entrenamiento técnico ni como formación para la adaptación pasiva a las condiciones que se impongan desde las esferas de poder. Una educación integral, actualizada, en contenidos y en metodologías, sin prejuicios decimonónicos ni abandono de temas culturales, sin ignorar la formación para conocer (no sólo acumulación de información), para hacer, para ser (educación emocional) y para convivir en democracia, será útil tanto para las personas como para la sociedad

Por otro lado, si la educación pierde el sentido de compensación de desigualdades, con principios de equidad y no sólo de la igualdad de oportunidad de acceso, que en el neoliberalismo lleva al sálvese quien pueda, dejará de cumplir con la función democrática del derecho a la educación. Y aquí aparece la contradicción con la libertad de elección, que se constituye como la mayor individualización de las responsabilidades, avalando la dejación por parte del Estado, la desregulación y la privatización.

El elitismo que resuma cuando se plantean cuestiones de “excelencia”, cuando se habla de buscar “talentos”, cuando se plantea que hay que conseguir cambios de “actitudes” o “competencias personales”, va a abonando también ese modelo de educación al servicio del mercado. Si queremos realmente una educación para toda la ciudadanía, las cuestiones fundamentales pasan por otros principios y otros criterios, persiguiendo objetivos con rentabilidad social, cultural, económica, para una mayoría que pueda vivir una sociedad justa.

Por eso la necesidad de un cambio de modelo productivo, no sólo de adaptar la educación al modelo actual. Un cambio de modelo productivo que priorice el desarrollo industrial, la investigación y la innovación de procesos y productos, pero también una profunda renovación de la relaciones laborales, hacia una mayor horizontalidad, participación, democratización, que destierre la cultura empresarial de la ganancia rápida y de la competitividad basada en los bajos costes laborales

Esta sociedad nuestra, plagada de desigualdades de todo tipo, no puede pensar en un sistema educativo selectivo, clasista, sin recursos financieros, ni puede planificarse a corto plazo. Existen necesidades inmediatas, por supuesto, pero no pueden ser la panacea como ocurre con la alfabetización digital. Casi como consigna podríamos decir alfabetización digital sí pero sin alfabetización científica tiene las patas muy cortas. Enseñanzas y formación en TICs sí pero no sólo como un instrumento mecánico, utilizado sin criterio ni modelo de conocimiento. Aprendizaje de idiomas sí pero como vía de comunicación, capacidad de diálogo con personas diferentes, no sólo como destreza para el mercado de trabajo.

Algunos conceptos se pervierten en ese modelo de la educación al servicio del mercado, aparte de todo lo relacionado con la educación en valores que lleva una carga ideológica clave. Por ejemplo, la Cualificación que es el conjunto de competencias profesionales con valor para el empleo que pueden adquirirse mediante formación y a través de la experiencia laboral. Una persona cualificada es alguien que posee los conocimientos, las habilidades, las capacidades, la preparación necesaria para realizar un trabajo. No podemos aceptar que se identifique con nivel académico o titulación y no sólo por evitar la  titulitis sino precisamente al revés, porque con los cambios vertiginosos o por la universalización de algunos niveles, se produce inflación de algunas titulaciones que pierden valor. Lo valioso son las capacidades para una actividad productiva, para el ejercicio de un perfil profesional, incluso no sólo para el empleo, porque debe coincidir en sus aspectos más amplios con las capacidades para la vida y para el  ejercicio de la ciudadanía.

Otro mantra de la tecnocracia o de ciertos empresarios es la falta de formación “práctica”, porque en muchos ámbitos se disocia la teoría de la práctica, lo académico de la aplicación, y en algunos casos puede ser cierto si el profesorado de FP o de universidad no ha asumido la correlación, pero por diseño y por objetivos toda esa formación ya se plantea como adquisición de competencias (en FP desde 1991 y en la universidad desde el plan Bolonia). Pero esa queja también esconde la pretensión de contratar a alguien sin necesidad de formarle para un determinado puesto de trabajo, hecho clave de las inversiones que deben realizar  las empresas para adaptar a la persona a una situación específica. Porque la empleabilidad (otro mantra ideológico) según la OIT “se refiere a las competencias y las cualificaciones transferibles que refuerzan la capacidad de las personas para aprovechar las oportunidades de educación y de formación que se les presenten con miras a encontrar y conservar un trabajo decente, progresar en la empresa o al cambiar de empleo y adaptarse a la evolución de la tecnología y de las condiciones del mercado de trabajo.” Nunca una responsabilidad individual en un modelo de justicia social, en contradicción con un modelo de competitividad cortoplacista, donde la rotación del personal impide mejoras formativas incluso que contribuyan a la productividad.

Un modelo educativo que desarrolle la vida, la ciudadanía y el trabajo, participará de criterios de redistribución del conocimiento, reconocimiento de las diferencias y fomento de la participación democrática, funcionando en equidad, pertinencia con las necesidades de las personas y de la sociedad y calidad científica, tecnológica y cultural. Una educación para el trabajo como signo de construcción de la condición de homo sapiens, para la justicia social, para transformar la realidad, para cooperar con otros seres humanos, será útil para el desarrollo económico de un nuevo modelo productivo.

Para no alargarnos, si alguien quiere profundizar, recomendamos ver los Informes 122 y 125 de la Fundación 1º de mayo y diversos documentos en las webs www.industria.ccoo.es y www.fe.ccoo.es sobre todo las ponencias de las jornadas del 1 de junio de 2016.