A LA MEMORIA DE GLORIA TREVISAN Y MARCO GOTTARDI

Los abrazos eternos de Londres y Pompeya

La madrugada del 14 de junio de 2017, en el trágico incendio de la torre Grenfell de Londres que ocasionó 79 víctimas mortales, fallecieron los jóvenes italianos Gloria Trevisan y Marco Gottardi, pareja de enamorados arquitectos que habían llegado a la capital británica apenas tres meses antes de la catástrofe. Sirva esta historia personal como mínimo homenaje y reconocimiento al resto de fallecidos. Arrivederci, ragazzi.

Risueña Gloria, diligente Marco,

bien sé que ya no estáis, que habéis izado la bandera vencida de vuestros bellos nombres, de vuestros viejos nombres de resonancias clásicas en una torre absurda, en un cetro británico de luces y de muerte. Fue una noche cualquiera, un ocaso lascivo que anhelaba las veredas primeras que van hacia el verano. Vuestra intención, un zumo de pureza: abandonar la Italia primigenia, decir adiós al legendario sur para pescar en aguas congeladas, para escalar la cumbre de la Europa pudiente. Como dos enigmáticos masones, arquitectos de sangre, allí os plantasteis: nos asiste el amor, la ofrenda de vivir: ¡vayámonos al norte! Un refugio muy alto, un piso 23 será nuestra cabaña; desde allí tenderemos las sábanas jocosas de nuestro hermoso idilio, veremos las estrellas divergentes de razas y colores. Desde allí silbaremos al futuro.

Pero el aire ofreció su sinsentido, el fuego reclamó su espacio en la tramoya: como hace dos mil años, como el Vesubio aquel que viera Plinio el Joven en erupción masiva, así ocurrió con vuestra tierna casa, así ardieron los sueños y la risa. Un incendio fatal, un beso de humo negro se apropió de la torre, un fantasma de lava se infiltró en vuestros músculos. Y aún tuvisteis la fuerza de fingir la templanza, de calmar a los padres, de decirles tranquilos, aquí no pasa nada, os quiero mucho, todo se va a arreglar, gracias por todo, aquí no pasa nada, os quiero, os quiero. Hasta que la señal del teléfono móvil se quedó sin conciencia, hasta que todo fue metal doliente y ocuparon la noche decenas de suspiros.

Lo mismo que en Pompeya hace ya dos milenios, igual que ante una muerte previsible los dos enamorados se fundieron en un eterno abrazo, en un adiós que aún hoy es manantial de orgullo, así también vosotros, no tengo duda alguna, recibisteis al fuego: unidos para siempre y aspirando profundo, tratando de asumir todo el veneno para fuese el otro quien viviese algo más, quien pudiera salvarse en caso de milagro. Yo hoy contemplo, en silencio, vuestra foto de estirpe enamorada, vuestros ojos de fiebre juvenil mientras se vierte, súbita, la lágrima, mientras ofrezco un llanto lejanísimo que no sirve de mucho, que no apaga la llama que os venció. Solamente confirma que no seremos nada: a lo sumo una lívida ceniza, esta ceniza vuestra que sobrevuela, aún hoy, las esquinas amargas de los cielos de Londres.