SU PRIMERA MUERTE FUE POLÍTICA, NO IDEOLÓGICA

La segunda muerte de Fidel Castro

Fidel Castro ha muerto biológicamente el 25 de noviembre de 2016, pero ya había fallecido políticamente hace más de diez años, el 31 de julio de 2006, cuando cedió el control efectivo de Cuba a su hermano Raúl debido a su enfermedad

Castro nunca recomendó un camino concreto para su país que no fuera un irreal continuismo de su régimen

Fidel Castro ha muerto biológicamente el 25 de noviembre de 2016, pero ya había fallecido políticamente hace más de diez años, el 31 de julio de 2006, cuando cedió el control efectivo de Cuba a su hermano Raúl debido a su enfermedad, que ya le había limitado severamente su capacidad de obrar.

Durante algún tiempo, se mantuvo vivo el debate sobre el alcance e influencia de Fidel en la política cubana, después de ceder el testigo operativo del mando a su hermano Raúl. Las frecuentes opiniones del ex-presidente, orales o escritas, orientativas o aparentemente imperativas abonaron la idea de que el Jefe de la Revolución no se había retirado, no había dado un paso atrás (ya se sabe: ni para coger impulso), sino a un lado.

Al cabo, importa poco la naturaleza del poder que Fidel haya podido ejercer durante la década pasada. Lo relevante es que, coincidiendo con su apartamiento de la primera línea, se confirmó en Cuba una transición (en absoluto un cambio), hacia otra forma de socialismo. O al menos así lo pretenden sus impulsores, la vieja y la nueva guardia del Partido Comunista, con discrepancias tenues en cuestión de matices o de graduación).

La primera muerte de Fidel fue política, que no ideológica. Es decir, no ha habido en estos diez últimos años renuncia alguna al ideario de la revolución, ni siquiera al del sistema económico y mucho menos político. El principio "todo dentro de la revolución, nada fuera de la revolución" ha seguido vigente. Lo que se ha modificado no ha sido el discurso, sino la praxis. O sea, la política. La intransigencia fidelista, santo y seña de la concepción militante y vigilante de la Revolución, se ha ido transformando en la flexibilidad raulista, reflejo de la necesidad de supervivencia  tanto del proyecto revolucionario como del acomodo de las élites del sistema.

Desde su nueva tribuna en retaguardia -o, si se quiere, de una vanguardia menos avanzada-,  Fidel Castro se permitía ciertos dardos sin destinario expreso. Lo cual en absoluto era novedoso, porque ya practicaba este comportamiento cuando ejercía de hecho y derecho el liderazgo supremo. Era lo que llevó en su día a Gabriel García Márquez a decir que Fidel Castro era el líder del gobierno, pero también de la oposición. Un halago discutible que pretendía ensalzar el espíritu crítico e inconformista del ya por entonces veterano revolucionario.

La última veta crítica de Fidel tenía otro significado. En su vejez, en su deterioro físico y anímico, en la conciencia del aislamiento en que se encontraba Cuba, pese al apoyo chavista, el anciano Castro estaba anticipando quizás una Cuba distinta, no necesariamente capitalista a corto plazo, pero sí contaminada por precursores que a él siempre se le antojaron insidiosos, por necesarios que fueran ocasional o provisionalmente, como la propiedad mixta, el pequeño negocio privado más estable que actualmente, la creciente inversión extranjera, etc.

En cierta ocasión, ya retirado del primer plano, Fidel admitió con amargura el retroceso del "campo socialista". Pero, con la ambigüedad que lo caracterizaba cuando hablaba de las relaciones internacionales (aparte de sus latiguillos anti-imperialistas), nunca se pronunció sobre la evolución nacionalista de Rusia tras la desaparición de la URSS o el travestismo del comunismo chino en un capitalismo de Estado bajo el autoritarismo de un Partido despojado de su armazón ideológico para convertirse en un mero aparato de poder.

Castro nunca recomendó un camino concreto para su país que no fuera un irreal continuismo de su régimen. Hubiera sido como aceptar que había que hacer más cambios que los puramente tácticos o instrumentales. Quizás ya se había resignado a que había dejado de ser una fuerza real, una influencia efectiva. En su ambigua aparición en el último plenario de la Asamblea Popular, el pasado mes de abril, evocó su desaparición definitiva, para afirmar a continuación la pervivencia de las ideas comunistas.  Se respetó más al mensajero que al mensaje.

Por la misma razón,  importó poco su escaso aprecio -por no decir desdén- por la significación de la visita de Obama, el primer presidente que aterrizaba en la isla en más de medio siglo. Raúl Castro y el resto de equipo dirigente capitalizaron ese acontecimiento sin exagerarlo, pero sin minimizarlo tampoco.

Por eso, la segunda muerte de Fidel Castro se ha vivido con tranquilidad absoluta en Cuba, algo que ha sorprendido a algunos medios poco reflexivos.  Hace tiempo que el pueblo cubano ya había descontado su desaparición definitiva. Sus palabras seguirán escuchándose muchos años. Ahora, como desde hace un cuarto de siglo al menos, lo que preocupa es vivir cada día. Resolver.