El PSOE entre el librecambio y el proteccionismo

En este artículo nos centraremos en la postura que adoptó el PSOE a la altura de 1887. La posición socialista de publicó en el número 95 de “El Socialista” de 30 de diciembre.

Pablo Iglesias
Pablo Iglesias

En el siglo XIX se produjo en España un enfrentamiento entre los proteccionistas y los librecambistas. Los primeros representaban los intereses de los grandes productores de cereal del interior peninsular, en alianza con los fabricantes textiles catalanes con apoyo de sus obreros, y los industriales siderúrgicos vascos. Frente a estos grupos que buscaban asegurarse el mercado español de la competencia externa, estaban los comerciantes, siempre interesados en poder comprar mercancías sin el coste añadido de los aranceles, y las compañías ferroviarias que necesitaban importar todo tipo de tecnología para poder montar las líneas de ferrocarril.

En la España del siglo XIX, con algunas excepciones, primó la adopción de políticas proteccionistas. En 1826 se promulgó el Real Arancel General de entrada de frutos, géneros y efectos del extranjero, que establecía la prohibición expresa de entrada de más de seiscientos productos y el derecho diferencial de bandera. El proteccionismo comenzó a ser defendido ya con fuerza en estos primeros momentos por los industriales catalanes para preservar sus productos textiles de la competencia inglesa. Después de la pérdida de casi todas las colonias se estableció que Cuba y Puerto quedarían como monopolio exclusivo de los productos agrícolas e industriales peninsulares. El proteccionismo siguió siendo la política seguida a la muerte de Fernando VII hasta la Regencia de Espartero, ya que, este político y militar cercano a Gran Bretaña, estableció el Arancel de 1841 que redujo considerablemente el número de artículos que no se podían importar. En otro sentido, se incorporó al País Vasco al sistema aduanero español, coincidiendo con la derrota carlista. La relajación del proteccionismo provocó el enfrentamiento de los catalanes, y la otra medida, la protesta de los vascos.

La reforma hacendística de Mon-Santillán de 1845 y el Arancel de 1849 introdujeron algunos matices librecambistas, aunque, a partir de entonces se dieron continuas modificaciones de tarifas aduaneras en distinto sentido. Los matices librecambistas estaban motivados por la necesidad de importar tecnología y bienes de equipo para la construcción del ferrocarril, y eran defendidos también por los comerciantes, mientras que los cambios en sentido proteccionista se debían, en gran medida, a la presión de los industriales catalanes, fuertemente organizados en torno al Instituto Industrial de Cataluña.

El Arancel Figuerola de 1869 se inclinó más claramente hacia el librecambismo porque suprimía el derecho diferencial de bandera, establecía un programa gradual de reducción de tarifas sobre los productos importados y no prohibía la importación de ningún producto. En todo caso, conviene relativizar el carácter librecambista de este Arancel, debido al ministro Laureano Figuerola al poco de triunfar la Revolución Gloriosa. Ciertamente lo fue, pero si lo comparamos con los anteriores y los posteriores.

Pero en la época de la Restauración la política económica volvió a tener un marcado carácter proteccionista, como se comprueba en el Arancel de 1891. Cánovas proclamó que el proteccionismo era un dogma fundamental del Partido Conservador. El proteccionismo debía contentar a tres pilares fundamentales del sistema político liberal-conservador: los industriales catalanes, los grandes propietarios cerealistas castellanos y los empresarios siderúrgicos vascos.

Pues bien, en este artículo nos centraremos en la postura que adoptó el PSOE a la altura de 1887 sobre esta polémica. La posición socialista de publicó en el número 95 de “El Socialista” de 30 de diciembre.

En 1887 todavía duraban los efectos de la Gran Depresión de 1873, provocando la adopción en muchos países de políticas proteccionistas. Los defensores de esta intervención del Estado en las relaciones comerciales y sus detractores librecambistas se enzarzaron en esta época en una intensa polémica, a la que no se vio ajena España. Cada posición achacaba a la otra la responsabilidad de los problemas económicos. Para los socialistas era una polémica entre dos fracciones de la burguesía. Los librecambistas serían los defensores del “pan barato”, es decir, de permitir las importaciones de trigo para que bajaran los precios del principal alimento con el fin de no subir mucho los salarios. Por el contrario, los proteccionistas eran los defensores de los “buenos salarios”. Pero esta polémica era para el PSOE un “solemne disparate”.

Ni unos ni otros ofrecerían soluciones a la supuesta causa fundamental del capitalismo: la imposibilidad para la clase trabajadora de poder adquirir todo o casi todo lo que se producía, es decir el desequilibrio entre oferta y demanda. El equilibrio entre ambas no se podría restablecer impidiendo que entrasen productos extranjeros a través de los aranceles (“impuestos protectores”). El proteccionismo solamente libraba a la producción española de la competencia, una producción que se realizaba con tecnología y sistemas de trabajo inferiores a los que se daban en el extranjero. Pero tampoco se veía en el librecambismo una solución, porque el fin de la protección no cambiaba la realidad de la superproducción. Todos los países sufrían la crisis, ya fueran adalides del libre cambio como Inglaterra, o defensores del proteccionismo como Francia o Alemania. España no se salvaba de esta crisis, aunque aplicase en ese momento un cierto eclecticismo, justo en el momento en el que gobernaban los liberales.

Las dos doctrinas serían, por lo tanto, ineficaces para terminar con el exceso de producción. La situación cambiaría no con la adopción de una u otra política, proteccionista o librecambista, sino cuando desapareciese el capitalismo. Los obreros no estaban recibiendo el valor de lo que producían, solamente una parte del mismo, y que les impedía consumir todo lo que creaban para poder satisfacer sus necesidades. La solución pasaría por la conquista del poder político, expropiando a los detentadores de la riqueza, evitando que nadie pudiera acaparar el fruto del trabajo de los demás. En fin, una solución revolucionaria y socialista.