RELATOS | CULTURA

Programa doble

Cines. El Montecarlo y el América. Calle Embajadores, paseo de las Delicias. Tan cercanos, con sus programas dobles. Los Tres Supermanes, El Zorro, Tarzán, La túnica sagrada, Bruce Lee, El libro de la selva, John Wayne y los Cowboys…

Ir al cine en grupo, en manada, llenar una fila de butacas y a veces parte de otra; decir tonterías en cuanto que se apagaban las luces y poner cara de póker cuando te iluminaba la linterna del acomodador. ¡¡¡Acomodador!!! Y después cualquier frase pretendidamente graciosa. Entrar al cine de programa doble a menudo con una de las pelis ya empezada y no abandonarlo hasta que volvían a pasar esa peli y llegabas a esa escena y decías ¡ah, claro, por eso le faltaba una pierna!!

Películas en el cine, oscuridad y terciopelo granate en los asientos abatibles. Olor a cine y a niños, a adolescentes, a futuro. No puedo imaginar una sensación más rejuvenecedora que aquellas tardes haciendo cola para entrar en el América y luego sentarnos en las butacas para ver películas y al salir quitarnos la palabra unos a otros, ser huracanes llenos del deseo de emular lo que acabábamos de ver.

Taquilla, ventanuco, y taquillera en nuestro aún afuera que es su adentro, alguien ya en la puerta que te corta las entradas, el acomodador que te lleva hasta tu sitio si la sesión es numerada o al menos te alumbra si entras ya a oscuras y necesitas su poderosa iluminación de linterna plateada, el proyectista que desde arriba deja caer sobre la pantalla blanquinolenta el haz de partículas que se posan en ella para ser el sueño que veníamos buscando y que ahora es además sonido y nos inunda de atención para agrandarnos los ojos hasta hacerlos casi estallar… Y en la barra del bar alguien esperando al descanso entre película y película para atender nuestra sed. Huele a cine, no cabe duda.

Recuerdo una de aquellas tardes, puedo escuchar el sonido de la lluvia torrencial en el interior de la sala de cine, era el América, veíamos una del Oeste y fuera había un mar desplomándose sobre mi barrio. Lo escucho perfectamente. Es una música de aquellos tiempos en que yo empezaba a amarla, a la música, de aquellos tiempos en que el resbalar del agua de lluvia en mi memoria de ahora era entonces el sonido de la paz, del refugio, de la admiración de lo brutal desde la defensa de los muros de un cine, de las ventanas de tu casa, de tu hogar, de tu infancia a salvo.