LAS MISIONES PEDAGÓGICAS DE LA SEGUNDA REPÚBLICA

Las misiones ambulantes de Cossío y la transformación del sistema educativo

Desde los primeros años del nuevo siglo hasta la proclamación de la II República se suceden diversos acontecimientos políticos que sentaron las bases iniciadas por Giner y Cossío para el establecimiento de las futuras misiones pedagógicas.

Las misiones pedagógicas, según varios de sus investigadores, no era un proyecto que pudiéramos definir como originario de la II República, aunque ésta lo adaptara a su filosofía. Los orígenes de las misiones datan de finales del siglo XIX, de la mano de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y de sus principales valedores, Francisco Giner de los  Ríos y Manuel Bartolomé Cossío, inspirados en corrientes de pensamiento como el Regeneracionismo o el Krausismo. Ambos fueron los autores del programa de reformas de la educación nacional del Gobierno liberal de Sagasta.

La ILE fue una institución clave en el desarrollo cultural y pedagógico de la España de finales del siglo XIX y primer tercio del XX hasta el golpe de estado de 1936. Bajo su influencia fueron creadas entidades de trascendental relevancia para nuestra cultura, como el Museo Pedagógico Nacional (1882), la Junta para la Ampliación de Estudios (1907), la Residencia de Estudiantes (1910), el Centro de Estudios Históricos (1910) y las Misiones Pedagógicas (1931).

Bartolomé Cossío, pedagogo y célebre historiador y crítico de arte, biógrafo de El Greco, fundaría en 1882 el Museo de Instrucción Pública, también conocido como Museo Pedagógico Nacional, del que fue su director y catedrático de pedagogía, una entidad, como antes decíamos, perteneciente a la ILE. La principal finalidad del Museo, por empeño de su fundador, era transformar radicalmente el tradicional y anquilosado sistema educativo español, bajo el preponderante influjo de la Iglesia católica, en un sistema moderno e innovador, con metodologías pedagógicas avanzadas. En efecto, tanto Giner como Cossío reclamaban al Gobierno en 1881 la necesidad de enviar “misiones ambulantes” a las poblaciones rurales, con el fin de apoyar a sus maestros “combatiendo su aislamiento y realzando la labor que realizaban en un medio tan difícil y poco estimulante”. El año siguiente, Bartolomé Cossío habló en el Congreso Nacional Pedagógico de “misioneros de la educación”. Años después, en el marco del llamado desastre de 1898, Joaquín Costa recogió las tesis del programa de reformas educativas de Giner y Cossío, reclamando al Gobierno, al igual que hicieran ellos, la formación de grupos de misioneros que apoyasen a los maestros rurales en su ardua labor.

Desde los primeros años del nuevo siglo hasta la proclamación de la II República se suceden diversos acontecimientos políticos que sentaron las bases iniciadas por Giner y Cossío para el establecimiento de las futuras misiones pedagógicas. Así, el maestro institucionista Ángel Llorca y miembro después del Patronato de Misiones Pedagógicas, habló en el Congreso de Primera Enseñanza de Barcelona de la imperiosa necesidad de organizar “un cuerpo de misioneros pedagógicos” vinculado al Museo Pedagógico de Cossío, cuya finalidad sería la de prestar todo el apoyo posible a los maestros rurales para mejorar la calidad educativa y dinamizar la vida cultural de la población escolar campesina.

Pero probablemente el mayor avance político para la constitución definitiva de las misiones pedagógicas se produce en 1911 con la creación de la Dirección General de Primera Enseñanza, con el historiador institucionista Rafael Altamira a la cabeza, quien deseoso de llevar a la práctica muchos de los postulados de la ILE, elaboró un programa de reformas necesarias para la primera enseñanza consignando un presupuesto para la puesta en marcha de las primeras misiones ambulantes, que incluía, entre otras medidas, la dotación de bibliotecas escolares en pueblos y aldeas campesinas. Esta medida supuso, sin duda ninguna, el gran salto hacia la institución, veinte años después, de las misiones pedagógicas republicanas, pues la labor de este director general de primera enseñanza no cayó en saco roto. Así, en 1913, el conde de Romanones tomó el testigo de Altamira continuando su labor mediante el envío de más misioneros a las zonas rurales. Estas primeras misiones contaron también con importantes apoyos de particulares, como la toledana “Asociación de Misiones Pedagógicas” del inspector de enseñanza Manuel Martín Chacón, o la asociación del también inspector José Puig Cherta, en la localidad tarraconense de Falset (Vid. Otero, p.76).

Con el fin de reformar la primera enseñanza, y repitiendo el gesto de 1881, Bartolomé Cossío propone en 1922 al Consejo de Instrucción Pública: “misiones ambulantes de los mejores maestros, empezando por las localidades más necesitadas, para llevar animación espiritual al pueblo, para fomentar y mantener la vocación y la cultura de los demás maestros”, considerando imprescindible “mejorar el funcionamiento de las bibliotecas circulantes para maestros y niños, incrementar su número y hacerlas extensibles a todo el público, siendo instrumento de una educación complementaria capaz de llevar la cultura y la alegría a los pueblos” (Boza, p.42).

Educar deleitando

Durante el primer tercio del siglo XX, España había experimentado profundos cambios demográficos y socioeconómicos. Según Moreno Luzón3, entre 1900 y 1931 la población española había aumentado un 27%, alcanzando en este año la cifra de 23,5 millones de habitantes. Las razones son múltiples, entre las que cabe destacar una disminución del índice de mortalidad infantil, el aumento de la esperanza de vida de 35 años a 50, o la paulatina transformación económica que supuso la lenta evolución de una economía agrícola en su práctica totalidad a un incipiente aumento de la industria y los servicios, lo cual iba acompañado de importantes flujos migratorios del campo a ciudades como Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia o Sevilla, que incrementaron notablemente su población. Si el campesinado era un 66,3 por ciento a principio de siglo, a comienzo de los años 30 era un 45,5. Con todo, España seguía siendo un país poco poblado en esos años, con una media de 47 habitantes por kilómetro cuadrado y donde el sector agrícola mantenía aún la hegemonía económica. (Tiana, 29-31)

Respecto de la alfabetización, cuando se proclamó la II República, en España había en torno a un 43% de personas analfabetas, según el censo oficial de 1930. Entre las mujeres, el analfabetismo superaba el 47,5%. Ser mujer en cualquiera de esas tierras era tener “todas las papeletas del analfabetismo”, como señala Ramón Salaberría en su artículo (p.306)4, la mayoría de las cuales vivía en las  regiones más pobres y abandonadas  de  España: Extremadura, Andalucía, Castilla la Nueva, Canarias, Galicia… Según Pilar Faus, sólo cuatro millones de españoles en 1934 tenían acceso al libro y al periódico (Boza, p. 42).

Entre los muchos objetivos que se marcó la Segunda República, uno de los más destacados, si no el que más, fue sin duda el de elevar el nivel educativo y cultural de los españoles, poniendo especial énfasis en la población rural, siempre bajo el espíritu de la equidad y la igualdad, de manera que el acceso a la educación y a la cultura estuviera garantizado para todos por igual sin distinción social, económica, de sexo o lugar de procedencia. Qué duda cabe que para ello era preciso transformar de arriba abajo toda la estructura socioeconómica del país, pues de poco iba a servir haber cambiado de régimen político si el nuevo fuera a mantener idénticos mimbres sociales, económicos, y por ende, educativos y culturales que el régimen depuesto. De ahí que el Gobierno de la II República se propusiera que todos los españoles sin excepción tuviesen garantizadas la cultura y la educación, que habría de ser obligatoria y gratuita hasta la edad adulta,

inspiradas ambas en los valores democráticos y éticos que el nuevo Gobierno pretendía instaurar. A este respecto, interesa conocer las palabras del entonces ministro de instrucción pública, Marcelino Domingo: “Maestros y libros. Es la gran siembra que ha de hacerse sobre la tierra de España… como signo de un nuevo modo de sentir España… de marchar hacia el futuro” (González Calleja et al., p.322). Azaña lo advirtió sin rodeos: “si a quien se le da el voto no se le da la escuela, padece una estafa”.

El Artículo 48 de la Constitución republicana de 19315 hace referencia explícita a la cultura y la educación: “El servicio de la cultura es atribución esencial del Estado, y lo prestará mediante instituciones educativas enlazadas por el sistema de la escuela unificada.”

En otros apartados de ese mismo artículo se decreta la libertad de cátedra y la naturaleza laica, gratuita y obligatoria de la enseñanza primaria, haciendo “del trabajo el eje de su actividad metodológica y se inspirará en ideales de solidaridad humana”, así como la necesidad de legislar las ayudas económicas para garantizar “el acceso a todos los grados de enseñanza” a quienes tuvieran dificultades económicas, “a fin de que no se halle condicionado más que por la aptitud y la votación”6.

Es importante diferenciar la política educativa oficial de la República del espíritu también educativo de las misiones pedagógicas. Como importante es también distinguir este último del que inspiraba a las misiones precedentes que Cossío y Giner propusieron al Gobierno de Sagasta, o las que Altamira o Romanones crearon en 1911 y 1913, como veíamos en el apartado anterior. Unas y otras respondían a las directrices educativas de sus respectivos gobiernos. Por su parte, el Gobierno de la Segunda República desde el momento mismo de su proclamación, de la mano del Ministerio de Instrucción Pública como primer responsable y garante de su ejecución, se propuso como principal afán - recogido, como acabamos de ver, en la Constitución- extender la educación pública, laica y universal a todo el territorio español, desde las grandes ciudades como Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao o Madrid, hasta la más recóndita, pobre, olvidada y abandonada aldea por pequeña que fuere.

El espíritu de las misiones, en cambio, aún con el mismo afán de difundir la educación y la cultura por toda España, como no podía ser de otra manera -“El Gobierno de la República que nos envía, nos ha dicho […] que vengamos a enseñar algo”7-, observaba otros matices importantes, cuyo fundador, Bartolomé Cossío, enmarcaba en el concepto de escuela recreativa, es decir, lo que años después la pedagogía llegó a definir bajo la locución enseñar deleitando. El matiz es relevante porque la función principal de las Misiones no era la de educar en sentido estricto, pues para ello la República ya contaba, como decimos, con una infraestructura y unas instituciones determinadas. La misión de las misiones -valga la redundancia- se apartaba de las tareas escolares tradicionales, emprendiendo acciones diferentes y novedosas respecto de la enseñanza oficial, para lo que la escuela ni estaba preparada ni tenía por qué estarlo. “Tal vez la menor cantidad de nuestro saber… nos viene a todos de las aulas, fuera de las cuales… hemos ido atesorando…, día tras día, sin saberlo…, en libros, periódicos, conversaciones…, en la calle, en el campo… el enorme caudal en que… engalanamos la vida. Y este ambiente antiprofesional, irreflexivo, libre y difuso, donde aprendemos, al parecer… “de gorra”, debe ser justamente el campo que constituya… el contenido esencial de la acción misionera”, señalaba el fundador de las misiones en la Memoria del Patronato de las Misiones8.

Estas palabras podrían ser la versión del primer tercio del siglo XX de lo que décadas después la UNESCO definirá como educación no formal, y algo más tarde, educación permanente para toda la vida, ideas que cristalizarían en la llamada formación permanente y formación permanente de adultos, y la creación en Florencia, cinco años después de finalizada la II Guerra Mundial, en junio de 1950, del Instituto de Educación de la UNESCO (UIE)9. Este organismo fue concebido para fomentar los derechos humanos y el entendimiento a nivel internacional, pero particularmente, la educación preescolar, la educación para adultos y la educación  continua tanto formal como no formal. Este organismo contó en sus inicios con el inestimable asesoramiento pedagógico de insignes personalidades del campo de la educación, como Jean Piaget o María Montessori. “No resulta exagerado afirmar -sostiene Tiana- que el discurso educativo de las misiones pedagógicas hacía gala de una notable modernidad, adelantándose a su tiempo” (p.83).

La misión de las misiones pedagógicas era, por tanto, apoyar y contribuir a la educación de la población española, muy especialmente la población campesina, y no sólo infantil o juvenil, sino también adulta, no solapando la labor de la escuela, sino complementándola mediante la lectura y el amor a los libros; el acercamiento al arte pictórico, arqueológico o arquitectónico, o a la música; el conocimiento del teatro o del cine, dando así a conocer, pero sobre todo sentir y disfrutar, una realidad ajena que las gentes del campo jamás habían visto, plagada de belleza o de ciencia. Pues algo importante a destacar en esta filosofía educativa de las misiones es la relevancia que se daba a la conjunción del saber adquirido y el mundo afectivo. Se trataba de ofrecer “del modo mejor que sepamos, del modo que os sea más grato y que más os divierta, aquello que quisiéramos que vosotros supieseis y que, llegando a vuestra inteligencia y a vuestros corazones, os divirtiera y alegrara más la vida”10.

Para Cossío y la mayoría de institucionistas y misioneros era fundamental la imbricación del conocimiento con los sentimientos de la persona, de ahí que también las misiones se preocuparan tanto de difundir el arte allá donde iban, de mostrar las grandes obras, sobre todo pictóricas, de los grandes artistas de todos los tiempos, y en la medida de lo posible, enseñar a ver un cuadro para aprehender la carga de profundidad de su luz, de sus formas, de su color. Como diría Rembrandt, llegar a percibir “el alma de un cuadro”. Como ha puesto de relieve el historiador del arte Valeriano Bozal 11, el concepto lúdico de Cossío que impregnó a las misiones coincidía plenamente con un arte de vanguardia empeñado en vincular éste con la vida, humanizando ambas. Los misioneros, guiados por el profundo saber de Bartolomé  Cossío, supieron hacer ver al campesinado el arte clásico en forma de pintura y también de música en su variante tradicional y popular, y al mismo tiempo, el arte más moderno y actual, representado no sólo en la música o la pintura contemporánea, sino muy principalmente, en el cine, que ya en la década de los treinta del siglo pasado “apuntaba maneras” de lo que décadas después iba a ser uno de los espectáculos de masas más importantes de todos los tiempos -y el séptimo arte-.

El otro gran objetivo, tanto político como cívico, de la República y de las misiones en particular, era “saldar la deuda moral que la sociedad española había contraído con el mundo campesino”12. La Constitución de 1931, en su Artículo 47 se hace eco de la protección al campesino: “La República protegerá al campesino y a este fin legislará, entre otras materias, sobre el patrimonio familiar inembargable y exento de toda clase de impuestos, crédito agrícola, indemnización por pérdida de las cosechas, cooperativas de producción y consumo, cajas de previsión, escuelas prácticas de agricultura y granjas de experimentación agropecuarias, obras para riego y vías rurales de comunicación”13.

En palabras de Cossío: “Si la misión no sirviera de nada, ni dejara otra huella en el pueblo, le bastaría para justificarse la emoción habitual de sorpresa, de alegría y de gratitud que despierta en los aldeanos el ver que la nación… por fin se acuerda de ellos y les envía a varios señores que, conviviendo en el pueblo unos días, les hablan de historias que les gustan; les enseñan cosas que no habían visto; les divierten con poesías, música y espectáculos; al marchar les dejan libros para que sigan aprendiendo… y todo esto de balde, cuando ellos no recordaban haber visto por allí más que al recaudador de contribuciones o a algún candidato o muñidor solicitando votos”14.


2 Boza y Sánchez: Las bibliotecas en las Misiones Pedagógicas. Vid Bib.
3 Moreno Luzón, J.: Alfonso XIII. Vid. Bibliografía
4 SALABERRÍA Lizarazu, R.: Las bibliotecas de Misiones Pedagógicas. Vid. Bib.
5 Vid. Bib.
6 Id.
7 Cossío. Memoria del Patronato de Misiones Pedagógicas, 1934, p.13. Vid.Bib.
8 Cossío. Patronato, 193, op.cit., pp.XI-XII. Vid. Bib. Cit. por Tiana, p.82. Vid. Bib.
9 http://uil.unesco.org/es/unesco-instituto [Consulta: 22/03/2017]
10 Cossío. Patronato, op. cit., p.13
11 Bozal, V., pp. 115-119. Vid. Bib.
12 Cossío. Patronato, op. cit., p.13
13 Vid. Bib.
14 Cossío. Patronato, op. cit., p.12


*Artículo originalmente publicado en E-co. Revista Digital de Educación y Formación del profesorado, nº 14, 2017