MISIONES PEDAGÓGICAS DE LA II REPÚBLICA

Miguel Hernández, misionero

El poeta Miguel Hernández fue también un destacado misionero. Con estas palabras describe alguna de sus experiencias: “He hecho una sola misión y ha sido por tierras, mejor dicho, por piedras salmantinas. Inolvidables para mí los espectáculos de los cuatro pueblos en que estuve y sus gentes de labor... Recuerdo sobre todo una mujer con cara de terreno labrantío... Como el viaje fue por los finales de abril, salí a cuerpo limpio para allá. El frío me cogió, y tuve que pedir auxilio a la capa del alcalde en el primer pueblo, a la del maestro en el segundo, a la de un labrador en el tercero y a la de otro en el cuarto. Un suceso: el cura de Princones -casado por detrás de la iglesia-, una cabeza de cerdo americano, rubio y rosa, se dirigió, con el sagrario abierto y el cáliz en la espalda, al pueblo en plena misa del domingo de Ascensión y clamó y trinó contra los ateos destructores de la iglesia que habían llegado al pueblo, citando frases de la Biblia, de los evangelios y suyas de los sermones. Los campesinos lo escucharon severamente, algunos comulgaron, cantaron el Tedeum, y después nos dijeron que el cura hacía negocio con la cera y las ermitas y que era  un  tío putero. "Aquellos dos zagales son suyos y de la... -dijo uno señalándome dos rubiancos arrebatados, y añadió socarrón-: ¡Y quince o veinte más que andan por ahí desperdigados!"23.

Sólo canciones y poemas en el zurrón misional: La Misión pedagógico- social de Sanabria

Mención especial merece la Misión Pedagógico-Social de Sanabria (Zamora) 24, del 5 al 15 de octubre de 1934. A diferencia de las otras, ésta tuvo un contenido, además de pedagógico y cultural, también de carácter social y de ayuda a las gentes de aquellas tierras castellanas hundidas en las enfermedades  y  el  hambre  crónica. “Niños arapientos, pobres  mujeres arruinadas de bocio, hombres sin edad, agobiados y vencidos, hórridas viviendas sin luz y sin chimenea, techadas de cuelmo25 y negras de humo. Un pueblo hambriento en su mayor parte y comido de lacras, centenares de manos que piden limosna... Y una cincuentena de estudiantes sanos y alegres, que llegan con su carga de romances y comedias. Generosa carga, es cierto, pero ¡qué pobre allí!  El choque inesperado con aquella realidad brutal nos sobrecogió dolorosamente a todos. Necesitaban pan, necesitaban medicinas, necesitaban los apoyos primarios de una vida insostenible con sus solas fuerzas... y sólo canciones y poemas llevábamos en el zurrón misional aquel día.”26

Esta misión fue el ensayo de una idea que no llegó a cuajar, debido los acontecimientos posteriores que culminaron en la guerra fratricida. Muchos de los misioneros y miembros del Patronato creían que las misiones pedagógicas podían cumplir también un importante papel social, a pesar de las críticas, entre otros, del historiador Tuñón de Lara, para quien “Esa misión, sin transformar las estructuras agrarias de un país, era como plantar un árbol por la copa”, (Tuñón, p.260) 27.

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A la par de ejercer su labor cultural y pedagógica podrían también realizar actividades de formación profesional y sanitarias (higiene personal y otros cuidados personales y familiares), agrícolas (tipos de cultivos, formas de regadío, etc.) y otras, que ofrecieran enseñanzas y herramientas a las gentes más humildes del campo para facilitarles salir del abandono y la miseria por sus propios medios. No pudo ser. Pero el ejemplo de Sanabria se extendió a otras aldeas, como San Martín de Castañeda, Ribadelago, Galende o Vigo. La dirigió Alejandro Rodríguez, inspector de primera enseñanza de Madrid, con la colaboración de varios estudiantes y dos mecánicos.

 Marineros del entusiasmo

Si las misiones fueron importantes por su labor pedagógica y cultural en las zonas rurales, sus hacedores fueron imprescindibles. Juan Ramón Jiménez denominó a los misioneros, siendo él uno más, marineros del entusiasmo – “Hablando él [Cossío], un jardín se mueve al viento, la tierra olea bajo nosotros como un mar sólido y somos todos marineros del entusiasmo”. Fueron ellos quienes, en palabras de Eugenio Otero, “hicieron realidad aquellas ideas de acercamiento entre la ciudad y el campo que promovió el régimen republicano” (Tiana, 155)28.

Para Cossío, los misioneros debían reunir dos cualidades importantes: una, sentirse atraídos por el espíritu que inspira a las misiones; otra, mostrar una actitud abierta y generosa que permita el acercamiento a sus destinatarios. Una preocupación del Patronato era que los voluntarios no fueran con una actitud altiva de “señoritos de ciudad” o universitarios encumbrados en su pedestal académico que acudiesen a la pobre aldea campesina a mostrar los malos hábitos de la urbe o a dar lecciones de “capitalidad”. Consideraba  Cossío  que  no  debía  ser condición suficiente del misionero su expediente

académico; sí su capacidad de entrega, pues se trataba de un trabajo duro que exigía sacrificio y dedicación continuada, sin respiro, no sólo “desde que entra hasta que sale de la aldea”, sino “a todas horas” 29. El misionero, afirmaba Cossío, debe dar siempre la sensación de “interés desinteresado”, actuar con sencillez, romper con los hábitos urbanos y amoldarse a los lugareños, mostrando en todo momento una actitud de “llaneza, llaneza”. El voluntario que acude a las misiones carece de vida privada desde el mismo momento que entra hasta que culmina su trabajo en ellas. El misionero, por tanto, no es el profesional al uso, fuera, por lo general, maestro, profesor universitario, médico, ingeniero, albañil, mecánico, electricista o conductor, pues su labor no consistía en ejercer su oficio, ni siquiera en el caso de los maestros, sino en darse en cuerpo y alma a los demás, gentes que necesitaban no sólo de recibir enseñanzas sino, fundamentalmente, en la mayoría de los casos, darle otro sentido a su vida de aislamiento y pobreza.

Los misioneros podían ser de dos clases: los experimentados y quienes acudían atraídos por la propia labor misionera, que podíamos  llamar voluntarios, aunque todos lo eran. Los misioneros experimentados, por lo general, habían iniciado su labor desde los primeros albores de las misiones y, muchos de ellos, formaban parte del Patronato porque habían trabajado en la organización. A ellos se les exigía entrega absoluta, dedicación en cuerpo y alma a la tarea misionera y de fácil adaptación a cada entorno donde acudían, con enorme facilidad para empatizar con los lugareños. No todos pero sí una gran mayoría procedían del mundo de la educación: maestros de primera como de segunda enseñanza, inspectores educativos, docentes universitarios, profesores de  la Escuela Normal o pedagogos. Estos misioneros experimentados se encargaban, por lo general, de dirigir cada misión como responsables directos de ellas. Además de profesionales de la enseñanza, fueron también misioneros personas del mundo de la poesía, el teatro, la pintura o la filosofía, como Luis Cernuda, María Zambrano, Ramón Gaya, Federico García Lorca, Rafael Dieste, Rodolfo Llopis, Arturo Serrano Plaja, Alejandro Casona, Eduardo Martínez Torner, y un largo etcétera.

La otra clase de misioneros, los menos experimentados y más voluntariosos, eran mayoría estudiantes o recién graduados. A pesar del aislamiento y la separación de su entorno durante varios días, la experiencia que vivían llegó a ser trascendental en sus vidas, de suerte que la mayoría deseaba repetir. Cossío decía de estos misioneros que les mueve “la novedad que lleva en sí siempre un germen de poesía, seducidos por el insólito espectáculo que las misiones inauguran del señorito ciudadano en busca del pueblo rústico y olvidado en sus propios rincones a ofrecerle lo que tienen… con el ingenuo fervor de los ‘Pastores’ y con la reverente dignidad de los ‘Magos’.

Van por la aventura que seduce siempre a la juventud… de correr mundo… de sufrir privaciones, de abrazarse estrechamente con hombres y pueblos, de hablar a solas y al oído con la naturaleza… Van también por la libertad, que es igualmente necesaria y poética“.

Algo que caracterizó a los misioneros era la heterogeneidad de sus orígenes y su pensamiento: independientes, socialistas del PSOE o de la UGT, institucionistas, católicos, comunistas del PCE, trotskistas del POUM, conservadores, ateos, anarquistas de la CNT, derechistas… Entre ellos, sostiene Eugenio Otero, “podríamos hallar casi todas las Españas posibles” (Otero, p.90) .

Podemos decir, sin riesgo a exagerar, que ser misionero imprimía carácter. A juzgar por testimonios de quienes trabajaron en cualquiera de las misiones, no se volvía de ellas igual que como se entraba. Algo produjo en la personalidad del misionero que llegó a experimentar una suerte de metamorfosis. ”Llevan la ilusión -afirmaba Cossío- de retornar con más riqueza en cuerpo y alma de la que han partido”. Rafael Dieste, miembro fundacional de las misiones, declaraba: “Después de haber sido misionero, difícilmente se  podría ser marrullero en política, ficticio o pedante en arte, descuidado en asuntos de ética profesional” (Otero, 154).


18. Puebla de la Mujer Muerta (Madrid), op.cit.; Tiana, p.25
19. Respenda (Palencia). Ib.; Tiana, p.26
23. http://mhernandez.narod.ru/misiones.htm [Consulta: 22/02/2017]
24. Patronato: Memoria de la misión pedagógico-social en Sanabria (Zamora). Vid. Bib.
25. Cuelmo: Paja de centeno. (Localismo leonés). Tea. Moliner, M.: Diccionario de uso del español. Madrid: Gredos, 1975
26. Memoria Sanabria, op.cit., p.15-16. Vid. Bib.
27. Tuñón de Lara, M.: Medio siglo… Vid. Bib.
28 Tiana, A.: Las Misiones… Vid. Bib.
29. ​Patronato, 1934, op.cit., pp.XIV-XV