HISTORIA DE LA SEXUALIDAD

La sexualidad en el franquismo

Las formas de sexualidad como el adulterio femenino, la homosexualidad, masturbación, las relaciones prematrimoniales siempre se consideraban aberraciones sexuales y perversiones del comportamiento.

Con la llegada de la II República se produce una explosión de derechos civiles y la sexualidad sale del cuarto oscuro donde la tenía metida el poder político y la Iglesia. Toda esta expresión de libertad republicana cambia de forma radical con el estallido de la guerra civil y la llegada del franquismo al poder (1939-1975)

f3Uno de los aspectos del cambio que había realizado la II República es la implantación de la coeducación en el sistema educativo. Una de las primeras medidas del régimen franquista, una vez finalizada la guerra civil fue la prohibición de la coeducación, medida tomada, el uno de mayo de 1939. Es sabido, que los maestros republicanos fueron fuertemente represaliados, provocando la muerte de miles de ellos.

Uno de los principales promotores del fin de la coeducación fue Onésimo Redondo, porque consideraba “la coeducación como un capítulo de acción judía contra las naciones libres, un delito contra la salud del pueblo, que deben penar con sus cabezas los traidores responsables”.

En el artículo 26 del Concordato firmado entre España y el Vaticano en el año 1953, decía: “Todos los centros docentes, de cualquier orden y grado, sean estatales o no estatales, la enseñanza se ajustara a los principios del dogma y de la moral de la Iglesia católica”.

Con la llegada de la Ley General de Educación LGE de 1970, tampoco se introdujo la coeducación por la oposición que mostró la iglesia española. Esta afirmación se puede comprobar a través de la FERE (Federación Española de Religiosos de la Enseñanza) que en el diario el Pueblo decía: “Los riesgos morales son grandes. La iglesia no se opone a una convivencia de sexo, sino a sustituir fácilmente una legitima comunidad por una promiscuidad de carácter tendenciosamente igualitaria”.

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Luis Alonso Tejada en su libro “La represión sexual en la España de Franco” nos analiza como el sistema educativo creado por el franquismo tenía como objetivo la limitación de las posibilidades intelectuales de las niñas y las mujeres, cuya única finalidad era encaminarlas a actividades de inferior rango cultural y social, es decir. al mundo del hogar y cumplieran su finalidad reproductiva.

El discurso franquista hablaba de la necesidad de una educación adaptada a cada uno de los sexos, para que así se pudieran desarrollar las características masculinas y femeninas. La mezcla de los sexos resultaba pues muy peligrosa para el desarrollo de los individuos, suponiendo una masculinización para las mujeres y una feminización para los hombres.

Botella Llusía rector de la Universidad Complutense de Madrid lo dejaba bien claro, cuando decía lo siguiente:

“En esta educación juvenil de la mujer, es un error educar a las mujeres igual que a los hombres: la preocupación que deben recibir para la vida es radical y fundamentalmente distinta. Un formación encaminada no a hacer de ella un buen ciudadano, sino una buena esposa y una buena madre de familia o, si se queda soltera, en un ser útil a sus semejantes”.

En el año 1943, Pilar Primo de Rivera decía: “Las mujeres nunca descubren nada, les falta talento creador, reservado por Dios para las inteligencias varoniles, nosotras no podemos hacer más que interpretar mejor o peor lo que los hombres nos dan hecho… por eso hay que apegar a la mujer con nuestra enseñanza a la labor diaria, al hijo, a la cocina, al ajuar, a la huerta, tenemos que hacer que la mujer encuentre allí toda su vida y el hombre todo su descanso”.

Como podemos comprobar actualmente, todavía quedan rasgos muy importantes de la educación franquista en nuestra sociedad de 2017. No hemos avanzado mucho cuando hoy en día, los colegios del OPUS DEI segregan por género, renunciando a un principio básico cual es la igualdad de género y la coeducación.

Se practicaba la doble moral en el franquismo y regía tanto en los comportamientos masculinos como en los femeninos. La feminidad significa pertenecer a un solo hombre y por tanto era fundamental conservar la virginidad para el matrimonio. Sin embargo, se aconseja que los hombres fueran castos hasta el matrimonio, pero sí se les permitía tener relaciones con prostitutas.

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Esta doble moral impone una legislación durísima para las mujeres viudas. Debían esperar un año desde el fallecimiento de su marido para poder volverse a casar. El incumplimiento de esta norma significaba una fuerte sanción económica

EL MATRIMONIO FRANQUISTA

Otro de los aspectos más llamativos de la II República fue la instauración del matrimonio civil en el año 1932. Con el triunfo franquista en la guerra civil, estos matrimonios civiles realizados entre 1932-1939 fueron declarados nulos y en consecuencia, debían casarse nuevamente por la iglesia si querían tener validez. Además, para poderse casarse tenían que demostrar que eran católicos practicantes.

Otro de los aspectos muy importantes de la II República fue la implantación del divorcio. El franquismo anula todos los divorcios que se habían realizado y se da la paradoja, que de pronto muchos hombres y mujeres divorciados se encuentran legalmente casados con su primer matrimonio, que era el único que reconocía le franquismo.

Por Orden ministerial del diez de marzo de 1941, se plantea que las parejas que no deseasen casarse por el matrimonio religioso, podían hacerlo solamente por lo civil siempre y cuando justificasen el no ser católicos mediante un certificado. Prácticamente nadie empleó esta disposición, porque era considerado esto ser republicano y en consecuencia una traición política al régimen franquista, poniendo en riesgo su libertad.

Un aspecto muy llamativo dentro del franquismo es la prohibición del uso de los anticonceptivos, de ahí que muchos seamos hijos del método anticonceptivo de la “marcha atrás”. Estaba prohibida cualquier cosa que impidiera la reproducción.

En el Código Penal del año 1944 aparece la figura “del parricidio por honor”, cuando se sorprendía a la mujer en adulterio, no así el hombre. Esta figura del adulterio estuvo vigente hasta el año 1963.

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Las mujeres solo podían pertenecer a un solo hombre. En cambio, el marido cometía el delito del adulterio solo cuando su amante vivía con él, o sea en el hogar familiar, cn la esposa y los hijos, o cuando la relación era públicamente conocida y provocase un escándalo público.

Para la familia franquista la virginidad femenina era esencial, ya que si se perdía no sólo se ponía en duda la honestidad de la chica, sino también la de la familia. Cuando una chica soltera comunicaba a sus padres su embarazo algunos la protegían escondiéndola o ayudando al aborto o al infanticidio. Sin embargo muchos padres decidían echar a la hija del hogar para salvar el honor de la familia.

Los chicos que mantenían relaciones sexuales antes del matrimonio no eran culpables de nada, sino que aparecían como los más viriles del mundo. Muchos fueron clientes adictos de las prostitutas y la sociedad nunca los juzgó como sí hacían con las mujeres, como estamos viendo.

Las mujeres no podían denunciar a sus maridos por adulterio cuando éste mantenía relaciones sexuales con otra mujer. La legislación franquista les obligaba a demostrar la existencia de una vida en común entre los dos amantes.

El padre Quintín Sariegos en su libro “La luz en el camino” dice: “En el 90% de los casos son ellas las que desperezan la fiera que duerme en la naturaleza del hombre con el ofrecimiento de su celo apetitoso”.

Las chicas de la burguesía franquista con la educación que recibían acaban siendo frígidas. Su práctica sexual era timorata, haciendo el amor a oscuras, siempre con pijama y exclusivamente con fines reproductivos y no como forma de placer. Si una mujer tenía un orgasmo ultrajaba al marido e inmediatamente se iba a confesar. En el trabajo “Las españolas en secreto, comportamiento sexual de la mujer en España” realizado por José Antonio Valverde y Adolfo Abril, publicado en el año 1975 decía lo siguiente: “Podemos estimar las insatisfacciones sexuales femeninas entre un 74% y 78%. Esto es muy claro, que cada cien españolas con actividad sexual generalmente dentro del matrimonio, setenta y seis no encuentran satisfacción; de cada cien, setenta y seis no alcanzan el orgasmo y, en muchas ocasiones, ni lo han conocido”.

Esta falta de placer de la mujer casada española era algo impuesto por la educación que se les proporcionaba. Si seguimos al famoso rector de la Universidad Complutense de Madrid, Botella Llusía decía:

“Hay muchas mujeres, madres de hijos numerosos, que confiesan no haber notado más que muy raramente, y algunas no haber llegado a notar nada, el placer sexual, y esto sin embargo, no las frustra, porque la mujer, aunque diga lo contrario, lo que busca detrás del hombre es la maternidad… Yo he llegado a pensar alguna vez que la mujer es fisiológicamente frígida, y hasta la excitación de la libido en la mujer es un carácter masculinoide, y que no son las mujeres femeninas las que tienen por el sexo opuesto una atracción mayor, sino al contrario”.

El matrimonio franquista solo busca una sexualidad procreadora que dependía del plano divino. Los hombres y las mujeres solo debían colaborar con Dios y se les prohibía que utilizasen la relación sexual con el único fin de gozar.

LA MASTURBACIÓN

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Siempre ha sido una obsesión del franquismo y de la iglesia católica española. El padre García Figar atribuía a la masturbación problemas físicos y mentales y decía “Desnutrición orgánica. Debilidad corporal. Anemia general. Caries dental. Flojera de piernas. Sudor en las manos. Opresión grande en el pecho. Dolor de nuca y espalda. Pereza y desgana para el trabajo y hasta la imposibilidad de realizarlo. Acortamiento de la vida sexual, imposible de rescatar más tarde. Pérdida de atracción para el sexo contrario y repugnancia al matrimonio. Esterilidad espermatozoide. Retentivo nulo. Oscuridad en el entendimiento. Obsesiones y desvarios. Voluntad débil. Incapacidad para el sacrificio. Aficiones animales”.

Personalmente sufrí la educación franquista de la época Estudie en un colegio privado de Zaragoza, pero era un centro no religioso. En aquellos años nos daba la clase de religión un canónigo de la basílica del Pilar que pusimos de sobre nombre “cara condón”. Siempre empezaba sus clases con la siguiente reflexión: “Hijos míos no os masturbéis, porque si lo hacéis tendréis hijos subnormales”. En el colegio estando de interno dormíamos en habitaciones de 16 personas y en literas. Cuando llegaba la noche y como buenos adolescentes, teníamos amplias necesidades sexuales, recordábamos la reflexión de clase de religión pero rápidamente nos podían los instintos juveniles y una vez apagada la luz, todas las literas tenían un movimiento continuado que rompían las recomendaciones del canónigo.

f11Existían manuales, que señalaban como debían dormir los niños/as. Siempre las manos fuera de las sábanas y de la manta. Se intentaba que los colchones fueran duros y se recomendaba no llevar ropa interior de lana, porque producía mucho calor y podría excitar al portador.

En los internados (que eran muy numerosos en esas épocas pues era la forma de que los chicos/as de los pueblos pudiéramos estudiar) se recomendaba que por la mañana, una vez despierto, no permanecieras más tiempo en la cama, pues puedes caer en el pecado de la impureza. Se llegaba al extremo de prohibir a los chicos meter la mano en los bolsillos.

El escritor Francisco Umbral en su libro “Memoria de un chico de derechas” describía lo siguiente:

“Nos enseñaron a odiar el propio cuerpo, a temerlo, a ver en su desnudez rojeces de Satanás, repeluznos de Luzbel, frondosidades infernales. Odiábamos nuestro cuerpo, le temíamos, era el enemigo, pero vivíamos con él, y sentíamos que eso no podía ser así, que la batalla del día y la noche contra nuestra propia carne era una batalla en sueños, porque ¿De dónde tomar fuerza contra la carne sino de la propia carne? Había un enemigo que vencer, el demonio, pero el demonio era uno mismo”.

EL NOVIAZGO

Emilio Encisó Viana escribía en el año 1952 el libro “La muchacha y la pureza”, en el decía:

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Cuando los vestidos, por frivolidad o por tontería de la moda o por descuido, se achican, se ciñen, o de otro modo resultan provocativos, son inmodestos… Haya quien dice ¿Qué tiene que ver en el vestido femenino un centímetro más o menos? Son tonterías de los curas y las beatas ¿No han de tener nada que ver? Ese centímetro hace que en el vestido no exista la moderación, la regla, el equilibrio que exige la decencia cristiana, y es ocasión de que, al verlo, ofenda la pureza ¿Qué tiene que ver, por ejemplo, que los novios vayan cogidos del brazo? ¿No ha de tener que ver? Esas intimidades, esa licencia de coger el novio el brazo de la novia, es una puerta que se abre al pecado, es una facilidad para él, es un incentivo, es una hoja arrancada a la flor de la pureza, es la corteza que se ha quitado a la fruta”.

Era habitual en esta época franquista que en la prensa provincial aparecieran relaciones de parejas que habían sido multadas por atentar a la moral con actos obscenos en la vía pública.

El padre Antonio Aradillas escribió un título ¿El beso…?, decía: “Pero un día pudo más la pasión que el cariño, y el novio sorprendió a Maribel con un beso brutal clavado con saña de bestia en la mejilla de nieve de f13la chica piadosa. El beso del novio se había clavado punzante en la mejilla, y con rabia comenzó Maribel a restregar su cara, intentando borrar toda huella posible. Y claro, la huella se hizo más ancha, más roja y más profunda. Se le ve a simple vista en su cara… Ha llegado a sentir auténtico asco de todos los labios humanos”.

Era habitual en las familias burguesas franquistas tener criadas. Era cotidiano que los chicos de esas familias iniciaban sus primeras experiencias sexuales con las criadas familiares.

La conocida literata Carmen Martín Gaite escribió el libro “Usos amorosos de la postguerra española”. En dicho libro, nos relata como era habitual en esta época que las chicas con pocos recursos que trabajaban como criadas, no podían aguantar la presión de los chicos. Cuando eran sorprendidas en este tipo de relaciones eran despedidas, lo que provocaba que muchas acabaran en la prostitución al no tener otra posibilidad para poder sobrevivir. Se decía que los chicos se podían sobrepasar con las criadas todo lo que querían y para ello utilizaban el chantaje.

Una figura típica española del franquismo era el “bastonero” que se encargaba de vigilar a los bailadores y castigaba o echaba a las parejas cuyo comportamiento pensara que fuera indecente. Se reservaba a los hombres la posibilidad de sacar a bailar a las chicas, mientras que siguiendo la práctica de la decencia las chicas debían permanecer sentadas esperando la decisión del hombre

f14OTRAS SEXUALIDADES

Para el franquismo la relación sexual era lícita, normal y natural, si se realizaba dentro del matrimonio. Todas las otras formas de sexualidad como el adulterio femenino, la homosexualidad, masturbación, las relaciones prematrimoniales siempre se consideraban aberraciones sexuales y perversiones del comportamiento.

La iglesia católica era la que tenía el saber total de la sexualidad y señalaba las prácticas normales de las ilícitas. Ante esta situación la pareja diseñada por el franquismo se imponía como modelo y no era posible plantear otro modelo sino querías ser acusado de traidor al régimen.

LA HOMOSEXUALIDAD EN EL FRANQUISMO

En un principio, el franquismo se centró en perseguir y eliminar cualquier tipo de disidencia política, dejando a un lado a los homosexuales. El Código Penal no se modificó hasta 1944. En el nuevo Código Penal no se introdujo la homosexualidad como delito. Sin embargo, si se incluyó “la corrupción de menores”, para actos homosexuales con jóvenes entre trece y veinte tres años.

El Código Penal Militar del año 1945, castigaba “actos deshonestos por un militar con una persona del mismo sexo” con una pena de presidio correccional de seis meses y un día a seis años.

f15La iglesia veía la homosexualidad como una sexualidad no reproductiva y pecaminosa. Desde el punto de vista militar, era una traición a los valores militares, y desde el punto de vista del poder franquista se veía como prácticas de la izquierda, es decir, rojos, ateos y decadentes. La palabra “maricón” se convirtió en el insulto por excelencia.

Cuando el franquismo se asentó, se empezó a perseguir a la homosexualidad de una forma más clara, los llamados “violetas”. El 15 de julio de 1954 se aprueba la Ley de Vagos y Maleantes, y se incluye a los homosexuales. Dicha ley decía:

“A los homosexuales, rufianes y proxenetas, a los mendigos profesionales y a los que vivan de la mendicidad ajena, exploten menores de edad, enfermos mentales o lisiados se les aplicarán para que cumplan todas sucesivamente, las medidas siguientes:

- Internado en un establecimiento de trabajo o colonia agrícola. Los homosexuales sometidos a esta medida de seguridad deberán ser internados en instituciones especiales, y en todo caso, con absoluta separación de los demás.

- Prohibición de residir en determinado lugar o territorio y obligación de declarar su domicilio.

- Sumisión a la vigilancia de los delegados”,

Los hombres considerados homosexuales durante el franquismo eran tachados de enfermos y sometidos a terapias muy duras.

El régimen había creado los modelos del hombre y la mujer, basándose en la ortodoxia de la moral del nacional catolicismo. El hombre debía ser viril, fuerte y líder, mientras que la mujer, relegada al hogar, tenía que mostrarse buena esposa y madre al cuidado de la prole. La dictadura entró en la vida privada de las personas indagando en las conductas desviadas y en las inclinaciones impropias de los verdaderos españoles. El clima social opresivo condenó a los homosexuales al miedo y a la clandestinidad.

Los hombres que rompían las normas se vieron obligados a expresar sus sentimientos de forma no pública y a enfrentarse al dilema moral que les surgía en sus relaciones con sus familiares y amigos. La incomprensión les condujo a reprimir sus afectos, temerosos de las consecuencias, a mantener relaciones disimuladas o al engaño, incluso llegar a la prostitución.

Se calcula, que entre cuatro y cinco mil homosexuales fueron encarcelados en la época franquista, acusados de escándalo público y de ser un peligro social. Se llegaron a crear centros especiales para, supuestamente, corregir su desviación, aunque en muchos casos fueron maltratados, vejados o violados por otros reclusos, e incluso obligados a prostituirse por funcionarios.

Un caso simbólico fue el de la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía en la isla de Fuerteventura (Canarias). Estaba situada en un desierto donde los homosexuales sufrían destierro, obligados a realizar trabajos forzosos en condiciones inhumanas.

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El régimen contó con el importante apoyo de la Iglesia que siempre ha condenado la homosexualidad y fue un factor decisivo en la represión los actos contra natura que ellos denuncian. Los homosexuales fueron tratados como enfermos mentales e internados en manicomios. Eminentes psiquiatras como Antonio Vallejo Nájera o José Luis Ibor trataron con electroshock o lobotomías a sus pacientes desviados, provocándoles un enorme daño físico y psicológico.

Para el franquismo la relación sexual entre dos mujeres era algo que no se podía concebir. Era impensable que una mujer pudiera disfrutar de su sexualidad y en consecuencia no estaba permitido salirse del papel que la sociedad del régimen les había encomendado que no era otro que el de tener hijos y atender el hogar. Es decir, para el régimen franquista el lesbianismo no existía. De esta forma, dos mujeres podían pasear y estar juntas siempre, sin que se pusiera en cuestión su sexualidad, mientras que esto era imposible en el hombre.

La homosexualidad masculina, como estamos viendo se reprimió con dureza y claridad: leyes de peligrosidad social, listas de maleantes, detenidos. Sin embargo, para el franquismo el lesbianismo no se contemplaba, en consecuencia se silenciaba y negaba su existencia. Si algo se ignora o se niega, no existe: así pensaba el régimen.

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Las lesbianas desarrollaron hasta redes económicas para no depender de los hombres. Eran solidarias y crearon increíbles espacios de libertad: desde acampadas hasta zonas bohemias, como el Paralelo o las Ramblas de Barcelona. Sus relaciones eran clandestinas, pero disimulables: nadie podía imaginarse que dos amigas del brazo podían llegar a tener una relación "tan subversiva”, como dice Matilde Albarracín.

LA PROSTITUCIÓN FRANQUISTA

La prostitución fue prohibida por la Segunda República. Sin embargo, Franco por el decreto de 1941 levantó esa prohibición y permitió la prostitución. Se buscaba el control de los prostíbulos. Sin embargo, ante las hambrunas del país y su mala situación económica de los primeros años de la Dictadura provocó, que muchas mujeres buscaran la prostitución callejera como la única forma de poder vivir.

Esta forma de prostitución femenina sin ningún tipo de control provocó un fuerte desarrollo de las enfermedades de transmisión sexual y en consecuencia se procedió a reprimirlas y a llevar a muchas de ellas a las cárceles acusadas de algún delito, en reformatorios del Patronato de Protección a la Mujer si las prostitutas eran adolescentes y en conventos de las Adoratrices.

La mujer no era dueña de su cuerpo, sino que éste era un objeto jurídico propiedad del Estado y del varón. Para controlar el cumplimiento de esas normas se establecieron mecanismos que, amparados en un discurso de protección, recogían y reeducaban a mujeres descarriadas.

El más destacado era el Patronato de Protección de la Mujer, que fue creado en el año 1942 y presidido por Carmen Polo, la mujer del Caudillo. Su objetivo consistía en: "velar por todas aquellas mujeres que, caídas, f5desean recuperar su dignidad". Esa redención terminaba, muchas veces, en manicomios como el de Ciempozuelos o cárceles como la de Calzada de Oropesa, Toledo, donde acabaron miles de mujeres que, víctimas de la miseria, se prostituyeron para sobrevivir o alimentar a sus hijos. Burdeles, casas de tolerancia, casas de citas, meublés...

Hasta 1956, la prostitución era legal en España. En los lugares nombrados, las mujeres podían prostituirse y eran sometidas a controles sanitarios y policiales. No era legal, en cambio, la prostitución callejera, reprimida y perseguida con dureza. Esta confusa situación cambió en el año 1956, cuando la prostitución pasó a ser alegal. "Quedó en un limbo, en el que se perseguía más el proxenetismo. Una situación similar a la actual", afirma.

El discurso nacional catolicismo considera la prostitución como un mal necesario para preservar la virginidad y la pureza del resto de mujeres españolas, es decir, de las buenas mujeres.

Sin embargo, en la década última del franquismo se empiezan a producir cambios en las prácticas sexuales de los españoles debido a la llegada del turismo y aparecen en el país los métodos anticonceptivos. La prostitución del final de régimen franquista cambia y se inicia un proceso de tráfico de personas y se transforma como una forma de explotación económica.

Todos los informes respecto a la prostitución en la España franquista desaparecieron de los fondos policiales y nunca más se supo de ellos.

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Ahora ya tienen una información básica, de lo que fue el sexo en el franquismo y como aun hoy en día ésta nos sirgue marcando duramente, sobre todo en las políticas de género y en los de la igualdad de sexo.