La nueva Edad Media

Europa, año 1000

Cuando faltaban pocos años para la llegada del año 2000 proliferaron los escritos apocalípticos, aunque no recibieran esta calificación. Se trataba de meditaciones sobre el fin de una época, sus causas y sus consecuencias. En 1992, Francis Fukuyama nos escandalizó con su libro El fin de la historia y el último hombre. Sostenía, basándose en la dialéctica hegeliana, que con la caída de los regímenes comunistas en 1989 el mundo había completado la búsqueda del mejor régimen político y económico y encontrado que el capitalismo liberal era el último escalón del progreso. Sostenía también, aunque ésto pasó desapercibido a pesar de aparecer en el título, algo que pretendía vacunar contra el aparente triunfalismo de su tesis. La nueva situación, según él, podría alumbrar al último hombre, una figura creada por Nietzsche que representa a quienes, llegados a la cumbre del desarrollo, se podrían despeñar por el precipicio de la megalothimia, un sentimiento que mezcla las grandes aspiraciones creativas con el instinto destructivo de dominación, un afán patológico de riqueza material que coexiste con la mediocridad aburrida de quienes van en busca de una solución milagrosa. Los habitantes del post-capitalismo, una vez fracasada la solución comunista podrían volverse contra la misma prosperidad, la estabilidad y la democracia que han alcanzado y buscarían vencer sus miedos inconscientes con engaños de varias especies. Alain Minc volvió sobre el tema en 1993, denunciando en su libro, La nueva Edad Media. El vacío ideológico, que la humanidad entraba, al terminarse el equilibrio estable de la guerra fría, en un período de confusión parecido al que vivió en las vísperas del año 1000. Nos quedamos sin chivo expiatorio pero también sin director de orquesta, en riesgo de caer en una “caldera ideológica con ingredientes de populismo, nacionalismo, tribalismo, pero también de ecologismo e individualismo”.

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Agnolo Bronzino: Dante en el purgatorio, 1530

Ya antes de la caída del muro de Berlín habíamos oído voces de alarma que prefiguraban este nuevo temor al milenio. Umberto Eco publicó en los primeros años de la década de 1970 un ensayo que anunciaba que entrábamos en La nueva Edad Media. Al igual que cuando cayó el Imperio romano, “una gran Paz se desmembra” en nuestros días y da paso, al igual que entonces, al colapso de los poderes establecidos, a períodos de inseguridad y pobreza, al choque de civilizaciones y a nuevas invasiones bárbaras. Hoy estaríamos viviendo ya la misma disolución de las estructuras de poder que experimentaron “los siglos oscuros”, una situación típicamente neo-feudal. Ciudades dominadas por clanes sustituyen a los Estados y los poderes reales se concentran en ciertos focos, dejando al resto del territorio “vietnamizado”, es decir, abandonado a su suerte. La inseguridad impone una protección privatizada a los que pueden permitírsela y surgen miedos similares a los del año 1000, que buscan alivio en redentores amparados por la cultura popular. Nuestro siglo sería Un espejo distante de aquellos, como tituló Barbara Tuchman un libro que se hizo popular en 1978. Ella, siguiendo los avatares de la vida de Enguerrand de Coucy, un noble francés que vivió entre 1340 y 1397, describió una época no menos terrorífica que la del año 1000, el período de guerras y pestes que asoló el terrible siglo XIV. Se combinaron entonces el desgobierno con el bandidaje y la insurrección, unidos a las divisiones y cismas religiosos y al temor de un exterminio de toda la humanidad por las enfermedades, similar al que en tiempos de Tuchman y después hemos sentido por la amenaza nuclear.

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Durero: Los cuatro jinetes, 1497

¿Qué sucedió en el año 1000 para que se proyectaran en él tantos terrores? Probablemente nada de particular, de hecho parece comprobado que aquellos fueron más bien el tema de una leyenda inventada siglos más tarde en base a fuentes dispersas e inseguras. Pero no hay duda de que se daban los condiciones para una época de miedo y superstición. El Apocalipsis de San Juan, el último libro de la Biblia, anunciaba en su capítulo final que un Ángel llegaría al cabo de mil años para liberar de su prisión a Satanás, quien reinaría brevemente antes del juicio final. La cifra de mil años fue objeto de especulaciones sin fin y de esperanzas difusas sobre la segunda llegada de un mesías salvador. Según ciertos cálculos sobre la fecha del nacimiento de Jesucristo, el año 800 de nuestra era iba a marcar el final de la espera; no por casualidad Carlomagno se hizo coronar emperador en ese año con un espíritu mesiánico, queriendo reiniciar el Imperio romano. Pero el mundo siguió y se crearon nuevas expectativas, esta vez en el año 1000 y cuando tampoco pasó nada en el 1033, supuesto milenario de la muerte y resurrección. Tampoco llegó el fin, para desilusión de tantos fieles sometidos a calamidades y sufrimientos, que añoraban su liberación. Terrores los hubo y muy fuertes a lo largo de toda la época. Henri Focillon nos contó, en un famoso libro sobre El año 1000, que los documentos revelan una sensación generalizada de que el mundo estaba ya viejo: mundus senescit. Así lo solían recoger testamentos y actas notariales como justificación de frecuentes donaciones a los conventos. Un curioso cronista francés, el monje escasamente piadoso llamado Raúl Glaber, describió con pormenor sus propios terrores. Al diablo en primer lugar, al que veía vivo y amenazador en sus pesadillas, y a todo lo demás también, a la incertidumbre y a los peligros de guerras y plagas. La imaginación literaria romántica describió las peregrinaciones masivas y las procesiones que según la leyenda llevaron a los atemorizados fieles a las iglesias en angustiosas rogativas para estar en la casa de Dios en el último minuto del último día del siglo. Para oír la última campanada de la liberación que no llegó.

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El Bosco: Juicio final, 1482

Los hombres y mujeres de aquellos tiempos no sabían, naturalmente, que vivían en la Edad Media. Este concepto, como recuerda Francis Oakley, lo inventaron los humanistas del Renacimiento para calificar una larga época de oscuridad que habría transcurrido desde el esplendor del Imperio romano hasta su propio esplendor. El hombre del Medioevo se veía no en la mitad de la historia sino al final, cuando se cumplían las cuatro monarquías mundiales de la profecía de Daniel o, según diferentes cálculos cabalísticos, el término de la historia de la salvación. No pensaban, por otro lado, que no hubiera continuidad entre su mundo y el del Imperio y no habrían comprendido que un día la expresión “medieval” se iba a utilizar en un sentido peyorativo. Privados de un estado, se habían organizado en poderes feudales independientes, un sistema que de momento disolvió la autoridad pública en manos privadas. Todos dependían de los grandes propietarios feudales, también para la administración de una justicia señorial. Para colmo, pensaban que el Anticristo había llegado ya en forma de invasiones musulmanas y por lo tanto la hora del juicio final no podía estar lejana. Vivían, se comprende, en un perpetuo miedo a todo, a los señores, al bandidaje, a las invasiones. Las últimas llegaron en las postrimerías del del milenio, cuando se extinguía la dinastía imperial carolingia: no fue sólo el empuje del Islam sino también oleadas de vikingos desde el siglo VIII y de los húngaros que se extendieron por la llanura de Panonia a partir del año 895.

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Icono con imágenes del Apocalipsis, s. XVI

La España invadida por los musulmanes era, naturalmente, terreno abonado para los miedos milenarios y para el sentimiento apocalíptico. El Anticristo había llegado ya a la península ibérica y había que combatirlo. Beato, un modesto fraile de Liébana,, escribió unos comentarios del Apocalipsis y otros tratados que dieron forma a la ideología del enfrentamiento de los cristianos replegados en el norte de la península contra los invasores sarracenos y contra los mozárabes, los cristianos que quedaron en el sur y eran propensos a entenderse con la nueva autoridad y a aceptar la nueva religión. El obispo de Toledo Elipando fue objeto de sus más vehementes críticas por haber inventado el adopcionismo, una herejía negadora de la divinidad de Jesús, quien según él no había sido hijo natural del Padre sino solamente adoptivo. Esta teoría situaba a los cristianos de Toledo y más al sur en una posición peligrosamente cercana al monoteísmo islámico estricto, y por lo tanto era anatema para el catolicismo, ortodoxo y trinitario, de Asturias. Necesitaban una bandera clara e inequívoca para luchar contra el mal. El Beato de Liébana, a quien Elipando condenó como “siervo del Anticristo”, no fue ajeno a los cómputos más o menos cabalísticos sobre el fin de los tiempos. Como tantos otros, estaba a la espera del descanso del séptimo día, el domingo de la creación, pero comprendía que se trataba de un tiempo simbólico y no de una fecha precisa. Se trataba de que los católicos acudiera con su esfuerzo a la lucha que luego se llamó Reconquista. Previamente debían apartarse de las ciudades y de sus obispos heréticos, y “buscar esconderse en las cuevas y en las peñas de los montes” a la espera de la perfección de los tiempos.

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Oveco: Los cuatro jinetes, Univ. de Valladolid, c. 970

En la vida cotidiana de los hombres y mujeres de la Edad Media el derecho ocupó el espacio que el estado dejó desierto cuando se desplomó el Imperio romano de Occidente. El vacío político, según explicó Paolo Grossi, fue llenado por un orden jurídico no estatal eficaz para las relaciones privadas, un orden subyacente que subió a la superficie y ocupó la posición central en la sociedad al faltar la autoridad estatal. El Derecho romano, como ocurrió con el latín vulgar, se vulgarizo, se convirtió en derecho vulgar, y se fue modificando en los diferentes territorios en contacto con los las circunstancias locales. Junto con el deterioro de la vida económica, que no necesitaba formas de negocio tan sofisticadas como las que había creado el derecho llamado clásico en la época dorada del Imperio, el derecho fue quedándose reducido a fórmulas sencillas, recopiladas en colecciones de normas para andar por casa o leyes de citasque daban autoridad a las opiniones de algunos juristas. Pero, como no podía ser menos, la vida siguió a pesar del deterioro de las condiciones materiales, la inexistencia de una organización administrativa eficiente y la heterogeneidad social y cultural de las nuevas sociedades. Hasta que las monarquías que pusieron fin a la Edad Media retomaron el protagonismo del derecho y lo volvieron a hacer estatal.

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Michelangelo, Juicio final, 1541

En la nueva Edad Media que parece que estamos viviendo, la retirada del estado como sede principal del poder en la sociedad ha producido una neo-feudalidad de caracteres similares a la que vivieron los “siglos oscuros”. “El golpe de mano del poder tecnológico, sentenciaba Umberto Eco, ha privado de contenido a las instituciones y ha abandonado el centro de la estructura social”. Ralf Dahrendorf, poco después, lo resumió con una palabra: anomia. Bien entrado ya el siglo XXI la ominosa advertencia sigue acechando a nuestras sociedades. El ciudadano no se siente ligado a la sociedad y ésta no tiene poder para imponer sus propias normas, de modo que el incumplimiento queda impune. Al erosionarse el cimiento estructural de la sociedad que es el derecho, el ciudadano recela, la insurrección se crece y la sociedad se atemoriza en el escepticismo. La globalización de la economía trajo consigo un nuevo derecho vulgar, el derecho blando (soft law), que agiliza los intercambios pero deja desprotegido al ciudadano. En estas circunstancias, el modelo de estado basado en el principio de jerarquía cede el paso a un vago ordenamiento formado no tanto por normas vinculantes como por ajustes consensuados y voluntarios.  Como consecuencia, se centrifugan no sólo los territorios sino otros centros de la actividad administrativa y económica. Lógicamente, la indefinición resultante es el caldo de cultivo ideal para que se reabran heridas y frustraciones que parecían haber quedado relegadas al pasado. Vuelven, lo estamos viendo, los terrores milenarios acompañados por los falsos redentores  que pretenden emular al Ángel del Apocalipsis. Vuelven las soluciones milagrosas y utópicas bajo la formula nacional-populista. La historia, está claro, no sólo no ha llegado a su fin: además, no perdona.

(“Nuevos papeles de Volterra”)


(ECO, Umberto y otros: La nueva Edad Media; Alianza ed., Madrid 1974.–FOCILLON, Henri: El año mil; Alianza ed. Madrid 1966.–ORTEGA Y GASSET, José: Notas sobre los legendarios terrores del año mil (1909), en Obras completas tomo I; Taurus, 2004.–TUCHMAN, Barbara W.:A Distant Mirror. The calamitous XIV Century; Ballantine, Nueva York, 1978.–OAKLEY, Francis: Los siglos decisivos. La experiencia medieval; Alianza ed.. Madrid 1980.–VILLACAÑAS, José Luis: La formación de los reinos hispánicos; Espasa, Madrid 2006.–GROSSI, Paolo: El orden jurídico medieval; Marcial Pons ed., Madrid 1996.– ALVAREZ ARENAS, Eliseo: Anomia, en El Pais, 30.6.1992)