HISTORIA DE ESPAÑA

Francisco Silvela: el conservador disidente

El 15 de diciembre de 1843 nacía en Madrid Francisco Silvela y de La Vielleuze.

silvela@Montagut5 | El 15 de diciembre de 1843 nacía en Madrid Francisco Silvela y de La Vielleuze. Su padre, Francisco Agustín Silvela, había sido ministro en varias carteras en tiempos de Isabel II, y magistrado. Sus hermanos, Manuel y Luis también se destacaron en la vida pública. Manuel fue abogado, escritor y académico, además de político, y Luis también fue jurista, político y periodista.

Francisco Silvela estudió Derecho en Madrid, y en 1862 ingresó en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Silvela comenzó su carrera política cuando fue elegido diputado por Ávila en las Cortes Constituyentes del inicio del Sexenio Democrático, dentro del grupo afín a Cánovas del Castillo, el núcleo de lo que luego sería el Partido Conservador en la Restauración. Silvela se destacó en este sector político durante todo este intenso período histórico, que comenzó con la Monarquía de Amadeo de Saboya y siguió con la Primera República.

Su carrera despegaría, como parece lógico, dada su opción política, con la Restauración canovista. Fue diputado casi constantemente desde 1876 hasta principios de siglo, convirtiéndose en un ejemplo claro de político de la época, aunque, como veremos, desde una postura particular dentro del universo conservador español. Casi siempre fue diputado por el distrito de Piedrahita (Ávila), aunque en alguna ocasión lo fue por distrito pontevedrés de La Cañiza, cuando sustituyó a otro político conservador.

Martínez Campos le nombró ministro de Gobernación en 1879, como un ascenso dentro del Ministerio, porque desde 1875 había ocupado la Subsecretaría del mismo. En estas responsabilidades introdujo reformas en la cuestión de la beneficencia, lo que le granjeó la oposición de uno de los políticos conservadores más influyentes de la época, el componedor de las elecciones, Francisco Romero Robledo, y que había sido ministro en esta responsabilidad anteriormente.

Silvela era un conservador convencido, pero siempre fue muy crítico con el Partido y con la línea ideológica marcada por Cánovas. Silvela no era un defensor del turnismo político y el fraude político en el que se basaba el régimen político de la Restauración.

Como sabemos, el turno de partidos se inspiraba en uno de los pilares básicos del sistema canovista: el bipartidismo. Los dos partidos -conservador y liberal- se relevaban en el poder de manera pacífica y se concedían plazos razonables en el poder. Ambos aceptaban los cambios que realizaba el otro partido en el gobierno al regresar al poder. Cuando un partido consideraba que había llegado su momento lo pactaba el relevo con el otro y con la Corona que, según el poder que le confería la Constitución, mandaba formar gobierno al otro partido, disolvía las Cortes y convocaba nuevas elecciones que, debidamente, manipuladas, proporcionaban la mayoría necesaria al partido en el gobierno. El partido saliente se convertía en la oposición y esperaba su turno. Aunque la opinión del cuerpo electoral no importaba, la farsa para ser completa debía legitimarse a través del sufragio. Los dos partidos tenían sus redes organizadas para asegurarse los resultados electorales adecuados cuando les correspondiese el turno. Existía una red piramidal. En Madrid estaba la oligarquía o minoría política dirigente integrada por los altos cargos políticos y personajes influyentes de los dos partidos y vinculada a las clases dominantes. En las capitales de provincia se encontraban los gobernadores civiles. En comarcas, pueblos y aldeas estaban los caciques locales, que eran personalidades de la zona con poder e influencias, bien por su riqueza económica, bien por su prestigio y contactos, de forma que podían controlar a mucha gente. Podían conseguir un trabajo o empleo, una licencia administrativa o una recomendación. En todo caso, podía ser peligroso enfrentarse a su poder. Con esta estructura se organizaba el fraude electoral de arriba abajo, bajo la coordinación del ministro de la Gobernación, que era el que confeccionaba el encasillado o lista de diputados que debían ser elegidos en cada distrito electoral, reservando algunos escaños a la oposición dinástica. Los gobernadores civiles se encargaban de imponer el encasillado en su provincia, a través de los caciques, que eran el último eslabón de la cadena y se encargaban de la manipulación directa de los resultados electorales por varios métodos: actitudes paternalistas y protectoras hacia los electores, “pucherazos” (retirada de urnas antes del recuento, cambio de urnas, añadido de votos falsos…), pasando por amenazas y extorsiones.

Todo este entramado político generaba escrúpulos morales a Silvela, aunque participaba en el mismo. Y así fue cuando en el seno del conservadurismo español se generó una crisis a la muerte del rey Alfonso XII. Cánovas decidió ceder el poder a Sagasta, poniendo de forma evidente el turno pacífico en el poder, pero Romero Robledo fue contrario saliéndose del Partido, aunque regresaría en 1890. Pues bien, Silvela se alineó con Cánovas y pasó a ser una especie de lugarteniente del mismo.

Francisco Silvela fue nombrado ministro de Gracia y Justicia en 1885, a la vuelta de los conservadores al poder. En 1890 se hizo cargo de la cartera de Gobernación, pero dimitió porque no se sentía cómodo con la reconciliación entre Cánovas y Romero Robledo, un político con el que siempre estuvo enfrentado, como ya hemos apuntado. En ese momento liderará una especie de corriente interna, diríamos hoy, de grupo disidente, los “silvelistas”, preludiando lo que ocurriría con el Partido a la muerte de Cánovas, como también pasaría con el Partido Liberal, es decir, la división en sectores y grupos alrededor de algún líder destacado, habida cuenta de las características propias de estos partidos de cuadros y élites y no de masas. Silvela y los “silvelistas” pretendían una profunda reforma del régimen municipal como base para una reforma más amplia del sistema político. Se pretendía acabar con el caciquismo, el cáncer que dividía la España oficial de la real. Estas ideas son importantes porque servirían de base del futuro programa de Antonio Maura, el político conservador más importante del reinado de Alfonso XIII, con su “revolución desde arriba”.

El protagonismo político de Silvela le llegaría en la madurez. A la muerte por asesinato de Cánovas del Castillo se impuso a otros líderes del Partido para encabezarlo. Ocupó la presidencia del Consejo de Ministros varias veces entre 1899 y 1903, incorporando políticos más nuevos, como Raimundo Fernández Villaverde, Polavieja, Antonio Maura y Eduardo Dato. El primero se dedicó a atacar el déficit público, y los dos últimos serían los políticos conservadores del futuro, terminando por enfrentarse en su día.

Silvela fue el autor de un conocido artículo periodístico (recordemos que en aquella época casi todos los políticos eran consumados periodistas), que lleva por título “España sin pulso”, publicado en El Tiempo el 16 de agosto de 1898, constatando la situación de profunda crisis en España en pleno conflicto colonial, y planteando algunas claves regeneracionistas.

Silvela abandonó la política en 1903, decantándose por Antonio Maura como sucesor al frente del agitado Partido Conservador. Fallecería en 1905.