LA REVOLUCIÓN LIBERAL ESPAÑOLA

El Trienio Liberal

Los liberales pretendían establecer profundas reformas políticas y económicas, según el modelo trazado en la Constitución de 1812, y la legislación que se aprobó en Cádiz, todo abolido con la restauración absolutista al regreso de Fernando VII de Francia

@Montagut5 | El próximo 7 de julio se va a celebrar un acto que recuerda y homenajea a quiénes defendieron la libertad en la Plaza Mayor madrileña frente a la Guardia Real en 1822. Queremos recordar este hecho a través de dos artículos. En el primero estudiamos el Trienio Liberal para entender el contexto histórico de esta fecha referente de la Revolución liberal española, para en el segundo centrarnos más en el acontecimiento en sí.

Tras el juramento de la Constitución de 1812, el rey Fernando VII formó un Gobierno con destacados liberales, como Agustín Argüelles, a la sazón ministro de la Gobernación y José Canga Argüelles en Hacienda. Las medidas que se adoptaron iban encaminadas a cimentar un sistema de libertades políticas: supresión de la Inquisición, libertad de presos políticos, vuelta a sus cargos a las autoridades constitucionales en Ayuntamientos y otras instituciones, convocatoria de elecciones a Cortes y creación de la Milicia Nacional.

Los liberales pretendían establecer profundas reformas políticas y económicas, según el modelo trazado en la Constitución de 1812, y la legislación que se aprobó en Cádiz, todo abolido con la restauración absolutista al regreso de Fernando VII de Francia. En este momento se vivió un claro apogeo de la prensa y de las Sociedades Patrióticas, especie de clubes abiertos en los que se debatían de cuestiones políticas, económicas y sociales, con ciertas vinculaciones con la masonería. Pero este ímpetu liberal se encontró con dos grandes enemigos: las potencias absolutistas europeas que no estaban dispuestas a tolerar esta experiencia liberal, que estaba contagiándose a otros lugares de Europa; y la actitud contraria del monarca, que conspiró para derribar el sistema constitucional.

Paralelamente a la llegada al gobierno de los liberales resucitó el movimiento juntero. Frente al liberalismo institucional se desarrolló otro de base más popular. Este hecho fue determinante para que en el seno del liberalismo se fueran formando dos grandes tendencias que, con el tiempo, serían las dominantes en el liberalismo durante gran parte del siglo XIX.

En primer lugar, estarían los liberales moderados. Buscaban un compromiso con los antiguos grupos dominantes y con el monarca para asentar un programa mínimo o básico de reformas. Eran partidarios de la existencia del bicameralismo, con un Senado aristocrático para frenar el posible radicalismo de una sola cámara, del sufragio censitario, del fortalecimiento del poder ejecutivo del rey y de la necesidad de controlar a la prensa exaltada y a las Sociedades Patrióticas. Martínez de la Rosa sería un claro ejemplo de esta tendencia. Con el tiempo, esta familia del liberalismo se transformaría en el Partido Moderado de la época de Isabel II, en estrecha relación con las ideas que defendía el liberalismo doctrinario de raigambre francesa.

Por otra parte, se encontraban los liberales exaltados, que pretendían volver claramente a la Constitución de 1812, con un programa profundo y radical de reformas, en una línea más popular. Defendían la existencia de una sola cámara como establecía la Constitución de Cádiz y no eran partidarios de fortalecer el poder del rey. Defendían la existencia de la Milicia Nacional. Un ejemplo de liberal exaltado sería Romero Alpuente. Con algunas transformaciones serían los futuros progresistas en el reinado de Isabel II.

Esta división del liberalismo condicionó la actuación política en el Trienio Liberal y se fue acentuando. En el propio verano de 1820 los exaltados vieron con malos ojos la disolución por parte del Gobierno moderado del “Ejército de la Isla”, el que había llevado a cabo el pronunciamiento de Cabezas de San Juan. Otro punto de fricción fue cuando el ejecutivo decidió suprimir las Sociedades Patrióticas, un símbolo e instrumento del liberalismo exaltado. A pesar de la prohibición, siguieron existiendo de hecho.

Los moderados pretendieron reformar la Constitución en un sentido conservador: introducción del sufragio censitario y creación de la segunda cámara. No consiguieron sacar adelante la reforma porque la oposición exaltada fue firme. Los moderados aprobaron la Ley de supresión de Órdenes monacales y reforma de regulares, uno de los puntos básicos del programa liberal. También, se abolieron los gremios, se procedió a iniciar un proceso de desamortización de bienes eclesiásticos y se suprimió el mayorazgo de la nobleza. El objetivo era intentar dinamizar la economía al suprimir las trabas impuestas por el Antiguo Régimen y sanear la maltrecha Hacienda.

Los Gobiernos de esta etapa vivieron en crisis constante. Por un lado, estaría la fuerte oposición y las conspiraciones de los exaltados y, por otra, las intrigas del rey y la acción de la guerrilla realista, que se levantó contra el gobierno a comienzos de 1821, siendo muy importante en Álava, Navarra, Aragón y Cataluña. Los realistas explotaron el odio del clero y del campesinado hacia las reformas liberales. En el País Vasco y Navarra, además, existía el temor a que los liberales anulasen los fueros. A estos duros conflictos habría que añadir la continuación de los procesos emancipadores en América, las maniobras de las potencias absolutistas, y la crisis económica permanente.

Entre el 6 y el 7 de julio de 1822 hubo un intento de pronunciamiento por parte de la Guardia Real, apoyado por el rey y su entorno. Pero la conjura pudo ser descubierta a tiempo y fue frenada por la Milicia Nacional y el Ayuntamiento madrileño.

Ante la tibieza del gobierno de Martínez de la Rosa, los moderados quedaron muy debilitados, formándose, a partir de entonces gobiernos de liberales exaltados. En este momento, las guerrillas realistas habían conseguido establecer en La Seu d’Urgell una Regencia. El gobierno exaltado de Evaristo San Miguel ordenó una ofensiva al mando de Espoz y Mina, por lo que la Regencia se vio obligada a cruzar la frontera francesa.

La presión de las monarquías absolutas se recrudeció, habida cuenta de la repercusión de los hechos españoles en el Piamonte, Nápoles y Portugal. Francia, Austria, Prusia y Rusia decidieron intervenir en España. Se decidió enviar un ejército francés -los Cien Mil Hijos de San Luis- mandado por el duque de Angulema, y que invadió España en abril de 1823, uniéndose al mismo las tropas españolas realistas. En junio, el Gobierno y las Cortes decidieron marchar a Cádiz. Ante la negativa de Fernando VII a emprender el viaje fue declarado mentalmente incapacitado por las Cortes. En la ciudad andaluza los liberales resistieron hasta septiembre, cuando decidieron liberar al monarca. El 1 de octubre de 1823, Fernando VII restauraba el poder absoluto y el 13 de noviembre regresaba triunfalmente a Madrid.