ANIVERSARIO DE LAS PRIMERAS ELECCIONES

Se cumplen 40 años de la (nueva) democracia española

1977, 15 de junio, tienen lugar en España las primeras elecciones democráticas desde 1936, con una afluencia del 79% de los censados.

“Me fui con el puño cerrado y vuelvo con la mano abierta en señal de concordia entre todos los españoles’. Así de sincero se mostró el poeta portuense Rafael Alberti a su regreso a España en abril de 1977 tras un exilio de 38 años. Algunos de sus coetáneos murieron en el exilio o permanecieron en el país que les acogió. Pero Rafael Alberti decidió regresar, volver a ver su tierra y el mar del que un día tuvo que huir.”
CRISTINA DÍAZ: “La musa de Rafael Alberti”, en Diario de Cádiz, 15 de mayo de 2008.


1977, 15 de junio, tienen lugar en España las primeras elecciones democráticas desde 1936, con una afluencia del 79% de los censados, en las que UCD obtiene la mayoría simple, no absoluta, y el PSOE se convierte en el principal partido de la oposición.

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Carta de ajuste

Situémonos. España, 1976, 15 de diciembre, referéndum sobre la Ley para la Reforma Política, que es votada a favor por 16.573.180 españoles, es decir, por el 94,45% de los votantes (el 77,72% del censo electoral).

1977, 15 de abril, el Gobierno de Adolfo Suárez convoca elecciones a las Cortes Generales para el día 15 de junio. Ese mismo día de abril los principales diarios españoles se unen (salvo El Alcázar y ABC) para publicar un editorial conjunto de apoyo a la democracia, esta vez titulado “No frustrar una esperanza”.

Programación

El triunfo de aquellas primeras elecciones de la democracia posfranquista fue a parar a la UCD de Suárez, la heterogénea coalición electoral que en agosto de aquel año 77 se transformará definitivamente en un partido político. Para el historiador español Juan Pablo Fusi, el resultado de las elecciones de 1977 “fue la consecuencia de lo ocurrido desde 1975, la confirmación del sentido histórico que tuvieron quienes pensaron que el país quería una salida democrática gradual y moderada tras la dictadura de Franco”.

De un electorado formado por 23.583.762 personas, para el Congreso de los Diputados votaron 18.590.130 ciudadanos (el 78,83% del censo electoral, por tanto), se abstuvieron 4.993.632 (21,17%) y lo hicieron en blanco 46.248 (0,25%).

Los parlamentarios elegidos, 598, tenían una media de edad de 47 años. Una acotación. De entre los elegidos, únicamente 12, un raquítico 6%, eran mujeres. Al movimiento feminista, que tanto venía aportando a la legítima agitación que en las calles de los pueblos y ciudades de todo el país estaba pidiendo libertades desde los primeros tiempos de la Transición, le quedaba un largo trecho por recorrer todavía.

UCD logró 6.310.391 votos (34,44%) y con ello 166 diputados, mayoría simple, suficiente, aunque lejos de la mayoría absoluta: 32 del PP, de Cabanillas; 17 del Partido Demócrata Cristiano (PDC), de Álvarez de Miranda; 16 de la Federación de Partidos Demócratas y Liberales (FPDL), de Joaquín Garrigues Walker, 14 del PSD, de Fernández Ordóñez; 6 del Partido Demócrata Popular (PDP), de Ignacio Camuñas Solís; 6 del Partido Social Liberal Andaluz (PSLA), de Manuel Clavero Arévalo; 5 del Partido Gallego Independiente (PGI), de José Luis Meilán; 4 de la Federación Social Demócrata (FSD), de José Ramón Lasuén Sancho; 4 de Acción Regional Extremeña (AREX), de Enrique Sánchez de León; 2 de la Unión Canaria (UC), de Lorenzo Olarte; 2 de la Unión Demócrata de Murcia (UDM), de Antonio Pérez Crespo; y 4 del Partido Liberal (PL), de Enrique Larroque. José Casanova calificó acertadamente a UCD como la “coalición centrípeta de notables del Estado y parientes menores de las ‘familias’ políticas franquistas leales y semi-leales [que] confirmó el éxito del proyecto de reforma de Suárez.”

Por cierto, si has sumado los escaños, lector, habrás notado que faltan 54, y es que 54 de los diputados elegidos en las listas de UCD no pertenecían a grupo alguno registrado oficialmente, y no sólo es que fueran la mayoría sino que entre ellos estaba el mismísimo Suárez. El Gobierno de éste había querido garantizar que no iba a usar el poder del Estado en aquellas primeras elecciones libres del posfranquismo presentando sólo de entre sus filas al propio presidente luego de que, eso sí, Calvo-Sotelo dimitiera en abril como ministro de Obras Públicas para preparar las candidaturas de UCD (siendo sustituido por un suarista, Luis Ortiz González). Había querido garantizar he escrito en cursiva porque el uso de los resortes del Estado sí que se produjo: el de los medios de comunicación, con Televisión Española a la cabeza, especialmente.

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No está de más conocer cómo se repartió territorialmente el éxito electoral de UCD, que venció con diferencia en las que acabaron por constituirse en las comunidades autónomas de Galicia, Aragón, Cantabria, Navarra, Extremadura, Castilla y León, Castilla-La Mancha, La Rioja, Murcia, Baleares y Canarias, pero que no obtuvo la mayoría ni en Cataluña ni en el País Vasco ni en Asturias e incluso resultó derrotado de forma abultada en la Comunidad Valenciana y en Andalucía, aunque logró una victoria si bien mermada en Madrid.

El PSOE –junto a Socialistes de Catalunya– obtuvo 5.371.866 votos (29,32%) y 118 diputados que le convirtieron en el principal partido de la oposición... y de la izquierda. La mayoría de quienes han estudiado la campaña electoral han señalado que la más eficaz fue la de los socialistas. Supieron elegir un mensaje en el que a la moderación añadieron un referente de futuro, todo ello gracias al uso de un aparato organizativo moderno, dirigido por Alfonso Guerra, quien había creado (junto a Guillermo Galeote, Julio Feo, o los hermanos José Félix y Javier Tezanos, entre otros militantes socialistas) a tal efecto en 1970, y que llegó a legalizar ya en 1973, la sociedad anónima dedicada a las técnicas electorales ITE-Proyectos Sociológicos de Organización y Estudios (PSOE, atención a la sigla resultante) para diseñar estrategias en función de estudios previos de la opinión de la ciudadanía española y del comportamiento de partidos europeos.

El PCE, junto al Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) alcanzó 1.709.890 sufragios (9,33%), lo que le permitió llegar… tan sólo a los 19 diputados (de ellos, 8 del PSUC).

AP, con Manuel Fraga al frente (formación que incluía a Unión Nacional Española, Asociación Democrática Española, Convivencia Catalana en Cataluña y Falange en Guipúzcoa.), tuvo 1.504.771 votos (8,21%) y sentó en el hemiciclo… únicamente a 16 diputados. Resulta evidente que el proyecto político de Fraga fue entendido por la ciudadanía como el proyecto continuista de los franquistas recalcitrantes.

El Partido Socialista Popular-Unidad Socialista (PSP-US) de Enrique Tierno Galván logró que le votaran 816.582 ciudadanos (4,46%), lo que le dio 6 escaños.

El Pacte Democràtic per Catalunya (PDC), la coalición encabezada por el nacionalista catalán conservador Jordi Pujol y su hegemónica Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), llegó a los 514.647 votantes (2,81%) y a los 11 diputados.

El PNV, encabezado por Juan de Ajuriaguerra, recibió 296.193 votos (1,62%) y logró 8 diputados.

La Unió del Centre i de la Democràcia Cristiana de Catalunya (UDC-IDCC) de Antón Cañellas tuvo 172.791 votos (0,94%) y 2 actas de diputados.

Obtuvieron un diputado Esquerra de Catalunya (EC-FED) de Heribert Barrera (143.954 votos, 0,79%), Euskadiko Ezkerra (EE) de Francisco Letamendia (61.417 votos, 0,34%), la Candidatura Aragonesa Independiente de Centro (CAIC) de Hipólito Gómez de las Roces (37.183 votos, 0,20%) y la Candidatura Independiente de Centro (INDEP) de José Miguel Ortí Bordás (29.834 votos, 0,16%).

Si hubo un fracaso estrepitoso y difícilmente explicable, ese fue el de la ya citada Federación de la Democracia Cristiana, de Joaquín Ruiz-Giménez y José María Gil-Robles y Quiñones, que tras crear al efecto con Unió Democràtica del País Valencià la coalición electoral FDC-Equipo de la Democracia Cristiana, no fue capaz de conseguir una sola acta de diputado ni un escaño senatorial tras sumar únicamente 215.841 votos (1,18% del electorado), algo más no obstante que otras formaciones que se vieron beneficiadas por el sistema electoral pergeñado y obtuvieron algún diputado, como acabamos de comprobar, e incluso senadores. La principal razón del varapalo electoral se encuentra sin duda en la taxativa renuncia explícita de la jerarquía eclesiástica católica a patrocinar ningún partido o grupo político.

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Para el Senado votaron 2.423.668 ciudadanos (10,28% del censo electoral), de los cuales sólo lo hicieron en blanco 23.875 (en torno al 1%).

Por designación real ocuparon su escaño 41 senadores, entre los cuales no me resisto a dejar de nombrar, además de a Fernández-Miranda (quien, curiosamente, tras su escabrosa salida del foco político se integrará en el grupo senatorial de UCD, si bien en medio del debate constitucional abandonaría esas filas, agobiado por el silencio que se le imponía, a su decir, para irse al Grupo Mixto), al escritor y futuro Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela, al pensador Julián Marías, al insigne economista Enrique Fuentes Quintana (ministro que pasará a ser en unos días del segundo Gobierno de Suárez), al también economista y escritor José Luis Sampedro, a los tenientes generales Luis Díez-Alegría Gutiérrez y Ángel Salas Larrazábal o al almirante Marcial Gamboa Sánchez-Barcáiztegui, al banquero Alfonso Escámez (presidente del Banco Central), al pronto ex ministro Alfonso Osorio, a Manuel Prado y Colón de Carvajal (diplomático y distinguido colaborador regio incluso a la hora de establecer relaciones con los dirigentes de las hasta hace poco fuerzas opositoras), a Miguel Primo de Rivera y Urquijo o al historiador y jurista Luis Sánchez Agesta.

UCD alcanzó 106 escaños, el PSOE 35, la coalición Senado Democrático de Joaquín Satrústegui 16, Entesa dels Catalans 12, el Frente Autonómico de Ramón Rubial y Michel Unzueta 10 (4 de ellos por el PNV)… AP únicamente obtuvo 2 senadores y el PCE uno.

No, no hubo rastro de las formaciones políticas ancladas en la identificación con el franquismo. Ninguna obtuvo representación y sí un número de votos en su conjunto insignificante.

De aquellas Cortes saldría la Constitución de la nueva España, la España que la Transición iba construyendo poco a poco en ese peculiar trasiego entre lo que demandaba pacíficamente la sociedad civil en la calle y la proyección de esas manifestaciones en los acuerdos entre los reformistas y aperturistas nacidos en el interior del franquismo y los disidentes del mismo, de un lado, y los herederos de los derrotados en la Guerra Civil y los nuevos grupos sociales emergentes a raíz del desarrollismo tardofranquista, del otro. Dos lados de una misma moneda, la de la política en su sentido pleno, el de la negociación para alejar la violencia.

Como siempre, acudir al historiador español Santos Juliá es más que saludable:

“El resultado de las elecciones del 15 de junio de 1977, sin que ninguno de los partidos hubiera alcanzado la mayoría absoluta, [abrió una fase] en la que, definitivamente abandonada la retórica reformista, un nuevo poder constituyente y una política de pactos entre Gobierno y oposición culminaron con la promulgación de la nueva Constitución Española en diciembre de 1978.”

Despedida y cierre

18 de junio, ETA sigue matando, asesina al empresario Javier de Ybarra y Bergé después de tenerle secuestrado durante semanas y finalizar el plazo impuesto para el pago de su rescate. 4 de julio, Suárez, ganador de las elecciones, forma su segundo Gobierno, el primero democrático en los últimos 41 años, un gabinete que es el resultado del buscado equilibro entre las diferentes agrupaciones que integran UCD. 22 de julio: Apertura de las primeras Cortes de la nueva democracia, donde el rey Juan Carlos I define el acto como el del “reconocimiento de la soberanía del pueblo español”.

Adaptación de un extracto del libro del autor publicado por Sílex ediciones titulado La Transición.