Galicia: la derecha se puede perpetuar en el poder

José María Sánchez González | La única forma de alterar el marco de poder con un gobierno progresista solo se logrará con la construcción de un discurso creíble y sostenible.

Núñez Feijoó en un mitin del PP de Galicia. (Imagen: Flickr)
Núñez Feijoó en un mitin del PP de Galicia. (Imagen: Flickr)

Los dirigentes del PP gallego beben en las viejas fuentes de las estructuras caciquiles, con un importante apoyo eclesiástico

Caminaba,… en la cabeza seguían sonando las palabras del portavoz de Grupo Parlamentario del PP, el Sr. Puy, dirigidas a los gallegos y gallegas, pidiendo disculpas por los problemas que en estos días presentan las urgencias en los hospitales gallegos. Un cargo político vinculado con la Xunta zanja un problema que se viene arrastrando durante años (la falta de recursos humanos y materiales en el sector sanitario) con la mera petición de disculpas a los ciudadanos. Todo esto me llevó a preguntarme: ¿es posible que la derecha se perpetúe en el poder y cómo lo hace?

De los 39 años de autogobierno en Galicia, y descontando los cuatro de preautonomía, son 35 años de Estatuto, de los cuales 28 años fueron del PP; llegando la izquierda a gobernar coaligada en dos periodos de 3 y 4 años. Si se parte de estos datos objetivos, podremos decir que la derecha puede perpetuarse en el poder.

Tenemos una sociedad gallega mayoritariamente conservadora, que se encuentra dividida entre dos mundos, el sector ruralista, con características especificas, con una población agro-ganadera, con un fuerte componente de propiedad, y envejecida. Esto, añadido al sentido de propiedad, la hace enormemente conservadora. La sociedad más progresista se encuentra en torno a los dos grandes polos industriales. Por lo tanto se podría decir que las grandes ciudades son espacios más modernos, donde la izquierda tiene una mayor presencia, sin olvidar que algunas de estas ciudades conservan un fuerte arraigo pequeño burgués.

La derecha gallega supo interpretar y comprender la realidad gallega, donde estas dos Galicias conviven: supo interpretar el sentido del rural gallego, llevando un galleguismo de pandereta y gaita, sin asomar ningún análisis de la problemática que presentaba dicha sociedad, atrasada en sus estructuras productivas y formativas. Y supo canalizar también el conservadurismo económico de las burguesías urbanas. Con estas referencias, la derecha creó un tejido clientelar repartiendo dádivas y favores.

No debemos olvidar que la sociedad gallega no vivió la guerra civil en primera línea: toda resistencia fue descabezada de forma brutal desde el primer momento, provocando una aceptación de la nueva situación de forma absoluta, donde los poderes institucionales en los pueblos fueron herramientas necesarias para lograr esa sumisión a los nuevos tiempos que se proyectaban. Con un elemento importante: una sociedad rural con una escasa formación.

La derecha se puede perpetuar en el poder gallego. Si analizamos el período que lleva, podemos decir que están poniendo las bases. El proceso se llevó a cabo creando un tejido clientelar, repartiendo dádivas y favores. Contando con una sociedad fuertemente rural con una despolitización absoluta, y por otra parte unas clases económicas, con un conservadurismo fuerte, fácil de entender. Galicia en los siglos XIX y principios del XX, estaba constituida por un componente social ruralista mayoritario con respecto al mundo urbano. Las corrientes progresistas eran minoría en la sociedad, la intelectualidad gallega y su progresismo de izquierdas se encontraba en círculos universitarios, teniendo un grupo nacionalista desde la izquierda.

El componente industrial era muy escaso, y un fuerte componente emigratorio, por lo que nos configura una sociedad políticamente pobre. Aunque podemos destacar las corrientes intelectuales, de carácter nacionalista y progresista, pero no calan en el tejido social, como alternativa, al conservadurismo ruralista y al poder de la burguesía urbana. 

La guerra civil proyecta una sociedad sumisa, en los espacios tanto rurales como urbanos, donde el poder de las instituciones representadas por el cura, farmacéutico y alcalde, se convierten en un poder político local, configurando una sociedad empobrecida intelectualmente y sin sentido político critico. Esto la lleva a diferenciarse de otras zonas del territorio nacional donde los bandos dejaron posiciones muy claras

Con estos componentes sociales la derecha tuvo fácil la penetración en el tejido social gallego, por lo que el PP leyó fácilmente el sentido galleguista, dándole este sentido de pertenencia a un “nacionalismo” de gaita, boina y pandereta, con un fuerte sentido de pertenencia a una sociedad  histórica. Por lo tanto, eclipsó cualquier nacionalismo ideológico, tanto por la derecha como por la izquierda. El PP, con un fuerte componente conservador, y una gran participación de sus dirigentes en el viejo modelo del régimen (aunque de boca para fuera lo nieguen), sus máximos representantes beben en las viejas fuentes de las estructuras caciquiles, con un importante apoyo eclesiástico.

Es el período del presidente Fraga, un gran mullidor entre las clases políticas y económicas de este país, cuyos logros dejó claramente reflejados en los distintos gobiernos con sus mayorías absolutas. Un político que se dio cuenta de que a nivel nacional no tenía ninguna oportunidad, y consiguió desde este País proyectar un PP fiel a los valores del viejo régimen. Fracasado a nivel del Estado su modelo con Hernández Mancha como secretario general de AP, le toman el relevo personas como Álvarez Cascos, José Mª Aznar, Rodrigo Rato, quienes van configurando el nuevo proyecto de refundar el partido, en un PP que absorbe una parte del capital de la extinta UCD y presenta una derecha preparada para ser alternativa al PSOE: su nuevo secretario general, José María Aznar, emprende ese camino. Es por lo tanto una derecha con una cara más homologable ante la sociedad, liberal y centrista de esta nación. Mientras tanto, Fraga fragua en Galicia un reducto político anclado en el pasado.

La situación de predominio de la derecha en Galicia no se puede entender sin una oposición débil

En sus primeros gobiernos, Manuel Fraga ejerce el poder dentro del partido de una forma casi totalitaria, donde se va apuntalando a través de los distintos gobiernos con sus mayorías absolutas. Todo ello tras haber logrado abortar el giro más modernista que intentó dar José Luis Barreiro, un personaje con gran predicamento dentro del partido, al que Fraga logró descabalgar con la ayuda de Romay Becaría y Mariano Rajoy. Tras el revés sufrido por la moción de censura fraguada por Barreiro Rivas en la famosa noche de Los Tilos, de la que salió elegido presidente de un gobierno tripartito el socialista González Laxe, el propio Fraga organizó su retorno a Galicia, donde ganaría las elecciones en 1989. Se podría decir que José Luís Barreiro tenía ese sentido de nacionalismo galleguista –en el que basó el pacto de Los Tilos- que más adelante en su trayectoria vital intentó, sin éxito, llevar a la practica con Coalición Galega

Una sociedad despolitizada, con una parte de ella rural y con escasos conocimientos formativos, donde los distintos gobiernos de Fraga van tejiendo esa estructura de penetración y fidelización a sus políticas. Hay un momento en el que el PP de Galicia se encuentra con dos corrientes, una la que podíamos indicar como urbana o intelectual, y otra, la poderosa ruralista (los de la boina), cuyos representantes eran, Cuiña, Cacharro Pardo y Baltar. Éstos, desde las Diputaciones Provinciales de Pontevedra, Lugo y Ourense, eran la maquinaria electoral, con sus políticas caciquiles. En esta batalla consiguen hacerse con el partido, desplazando a los Romay Becaría y Rajoy. Por lo que el PP lleva una política de consolidación en el territorio rural que le va aportando ese poder. A ese ruralismo se le añade en los últimos años el populismo electoralista de un Núñez Feijóo que proyecta sobre la sociedad gallega (e incluso sobre la española) una apariencia de eficacia en la gestión, de la que es un símbolo el ejemplo que poníamos al principio: se dan por zanjados los problemas sanitarios con sólo reconocerlos y pedir perdón.

Esta situación de predominio de la derecha en Galicia no se puede entender sin una oposición débil. Con una socialdemocracia y un nacionalismo de izquierdas que no acaban de calar en el tejido social, ya que carecen de una narrativa creíble en la sociedad gallega: una falta de relato que fomenta su propio fraccionamiento con la aparición del movimiento de Las Mareas, que tampoco logra por ahora un arraigo social, ya que se limita a fagocitar descontentos del PSdeG y del BNG.

Sólo en dos ocasiones se le ha conseguido arrebatar el gobierno a la derecha: la primera, aprovechando los problemas internos de la derecha, con una moción de censura formando en coalición un tripartito; la segunda con el gobierno de Emilio Pérez Touriño, coaligado con el BNG, aprovechando el descenso de votos del PP en las ciudades.

Está claro que la única forma de alterar el marco de poder con un gobierno progresista solo se logrará con la construcción de un discurso creíble y sostenible, que afiance una dinámica urbana progresista y que logre la penetración en los sectores rurales, que en estos mementos pasan por profundas dificultades, debido a una mala política llevada a cabo desde hace años por los distintos gobiernos de la derecha, donde solo le preocupó la defensa de los interés corporativos ante los intereses de los miles de gallegos del sector rural y pesquero.

Los distintos gobiernos del PP solo se preocuparon de intereses corporativos y en potenciar los intereses de grupos económicos, muchos de ellos sin apego a esta tierra, en vez de apostar por los sectores pesqueros y agro-pecuarios, para dar sostenibilidad al sector primario y asentar el territorio.

Sin embargo, por ahora, frente al PP, no se ve un progresismo alternativo con un discurso que cubra las necesidades de esta sociedad del S XXI.


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José María Sánchez González