PRIMARIAS DE LA DERECHA EN FRANCIA

Una revolución conservadora a la francesa

Miguel de Sancho | François Fillon, gran vencedor de la primera vuelta de las primarias de la derecha, encarnaría en 2017 una política marcadamente liberal en caso de victoria en las elecciones presidenciales.

François Fillon.
François Fillon.

En el plano social, el exprimer ministro reclama la retirada de la nacionalidad para aquéllos que decidan tomar la ruta de Siria o de Iraq para formar parte de Daesh

En el país de Mirabeau, de Jules Ferry, de Clemenceau y de Léon Blum, la política se ha experimentado históricamente como ejercicio de ética -y de estilo- más que como espectáculo. Sin embargo, las primarias de los conservadores se ha convertido en una tragicomedia de guerras invisibles, de animadversiones ancestrales, de lealtades históricas y de reencarnaciones milagrosas. Pese a todo, los resultados de la primera vuelta reflejan la búsqueda entre los votantes conservadores de una alternativa de gobierno sosegada en el estilo y profundamente liberal en el programa; quizá se debe a que era el primer sufragio de este tipo en una familia política poco acostumbrada a la deliberación pública y más proclive a debates internos. 

Lo que está en juego es, a todas luces, el despacho del palacio del Elíseo. Pocos se atreven a pronosticar una segunda vuelta en la que el candidato de Les Républicains no sea el contrincante de Marine Le Pen. La izquierda desaparecerá de la gran final como el 21 de abril de 2002 en la que el socialista Lionel Jospin fue derrotado por el ultraderechista Jean-Marie Le Pen en la primera vuelta de las presidenciales. En este contexto, el vencedor de la primaria conservadora de este mes de noviembre tiene, en los pronósticos tantas veces desacertados en los últimos meses, una vía privilegiada hacia el más alto poder de la República.

En este combate más personal que ideológico, el ex-primer ministro François Fillon es el inesperado ganador de esta primaria. Sobrio en las formas y ultraliberal en el fondo, el gran vencedor de la primera vuelta y más que probable candidato de los conservadores en 2017 es un ferviente defensor de la austeridad. Ya en septiembre de 2007, cuando ocupaba el sillón de jefe del Ejecutivo, afirmó estar a la cabeza de un “Estado en quiebra” cuya deuda pública, sin embargo, aumentó considerablemente durante los cinco años de su mandato. A día de hoy, Fillon defiende la supresión de la semana laboral de 35 horas -dejando libremente a las empresas la opción de negociar el tiempo de trabajo de sus asalariados-, promete reducir 500.000 puestos en la función pública, pretende eliminar el impuesto sobre las grandes fortunas y aligerar el de las empresas y prolongar la edad legal de jubilación a los 65 años (frente a los 62 actuales). Su discurso no es muy diferente del de otros candidatos que quedaron apeados de la segunda vuelta, como Jean-François Copé, Bruno Le Maire o el propio Nicolas Sarkozy; sin embargo, su tono nada sincopado -casi soporífero, dicen algunos- y su retórica mesurada le otorgan un cierto cariz de hombre de Estado que no ha abundado en el ejercicio del poder de los dos últimos presidentes de esta república cada vez más ávida de un monarca.

En el plano social, el exprimer ministro reclama la retirada de la nacionalidad para aquéllos que decidan tomar la ruta de Siria o de Iraq para formar parte de Daesh -medida que tras los atentados de 2015 defendió el todavía hoy presidente de la República-, aspira a la creación de cuotas férreas para regular la entrada de inmigrantes y propone prohibir la adopción de niños y la reproducción asistida a las parejas del mismo sexo. Su cercanía a la extrema derecha en materia social también se manifiesta en el ámbito geopolítico: defensor de un acercamiento a la Rusia de Vladimir Putin, Fillon no es un eurófobo acérrimo pero tiene la vocación de preservar la soberanía francesa en el marco europeo.

Si las ideas de quien será el ganador de las primarias conservadoras el próximo domingo pueden inquietar al progresismo europeo, la percepción de su victoria insospechada no ha sido del todo mal acogida en el Hexágono. La estridencia de Nicolas Sarkozy y su discurso marcadamente identitario -cuando no claramente xenófobo- durante la campaña convierten hoy a Fillon en un mal menor. El adiós (¿definitivo?) de la política del resucitado Sarkozy parece un consuelo para millones de franceses -incluso para una buena parte de la derecha que se manifestó en las urnas- que rechazaban volver a ver al ex presidente retomando las riendas del poder.

La derrota más amarga es sin, embargo, la de Alain Juppé. El veterano político al que todos consideraban el líder natural de la derecha para 2017 va a dejar pasar el último tren hacia el más alto escalón del poder en Francia. El que fuera primer ministro en los 90 y ministro de Exteriores durante las presidencias de Chirac y de Sarkozy encarnaba el centro-derecha clásico, con una visión algo más social, más europeísta y menos identitaria que el resto de los candidatos. De hecho, los principales líderes del centro le habían mostrado su apoyo en las últimas semanas, elemento que quizá llevó a una parte del electorado más conservador (tradicional, católico...) a tomar la opción Fillon entre el timorato centrista Juppé y el esquizofrénico Sarkozy.

En este contexto, la segunda vuelta del próximo domingo entre Fillon y Juppé será un simple trámite. Fillon será el líder de la derecha en 2017: frente al descompuesto Partido Socialista; frente al ex ministro de Economía Emmanuel Macron, convertido en el Bruto del “César” Hollande y en peligroso electrón libre de cara a las presidenciales; y sobre todo, contra Marine Le Pen, a la que Fillon deberá disputar varios millones de votos en los próximos meses. El escudero gris que ha forzado la despedida anticipada de su otrora jefe Sarkozy y quien ha roto todos los pronósticos descabalgando en la última curva al chiraquismo insustancial de Juppé tiene a día de hoy una gran autopista hacia el poder.