Grecia pide tiempo, Alemania exige sumisión

Schaeuble y Varoufakis durante su encuentro en Berlín. (Foto: Europapress)

Gabriel Flores | Alemania no puede mostrarse incapaz de aflojar la soga con la que pretende meter en cintura a Grecia y a su nuevo Gobierno.

No parece posible un acuerdo a corto plazo y cualquier escenario de ruptura sería, además de improbable, tremendamente peligroso e indeseable

En los próximos días el Eurogrupo y el Consejo Europeo intentarán precisar el campo de juego, los contenidos y los límites que definirán la futura negociación entre el nuevo Gobierno griego y las instituciones europeas.

El actual programa de ayuda financiera a Grecia expira el próximo 28 de febrero y el primer problema que se debe resolver es cómo lograr una declaración común a favor de la negociación de un nuevo programa de ayuda que sea aceptable para las dos partes. Esa llave necesaria para abrir las negociaciones solo es posible si los socios europeos toman nota de la decisión expresada por la mayoría electoral y el nuevo Gobierno de Grecia de poner punto final a las políticas de austeridad seguidas hasta ahora y si las autoridades griegas no rechazan, de entrada, los compromisos adquiridos respecto al pago de su deuda pública.  

A partir de esa manifestación de voluntades todo empezaría a ser posible. Conseguido ese punto de encuentro, podrían comenzar las negociaciones en torno a cómo compatibilizar el pago a los acreedores con el rescate de la ciudadanía griega golpeada por los recortes y con la necesidad de impulsar reformas estructurales orientadas a modernizar el tejido productivo y lograr tasas de crecimiento de la actividad económica y el empleo que permitan gestionar desequilibrios aceptables de las cuentas públicas y exteriores. Si no se alcanza ese mínimo acuerdo, la negociación no podrá dar sus primeros pasos y el conflicto y la tensión predominarán en una UE muy debilitada y fragmentada, en la que el viejo sistema de partidos ha sido puesto en cuestión por la emergencia de nuevas fuerzas políticas de muy diferente signo y una mayoría ciudadana del 53% entiende que su voz no es tenida en cuenta (último Eurobarómetro publicado en diciembre de 2014), mientras solo una minoría de apenas el 20% espera que la economía mejore en los próximos meses.   

El campo de juego de la negociación con Grecia se ha achicado en las dos últimas semanas. Las líneas rojas establecidas por el Gobierno de Tsipras están claras: no plantearán nuevas quitas de la deuda griega, pero tampoco aceptarán más austeridad o supervisión por parte de la troika. Se abre un panorama de diálogo tenso, de semanas y meses de tiras y aflojas en los que el lenguaje creativo tendrá que suplir la falta de acuerdo para mantener abierta la mesa de negociación y explorar los términos del necesario acuerdo. No parece posible un acuerdo a corto plazo y cualquier escenario de ruptura sería, además de improbable, tremendamente peligroso e indeseable. 

La gira europea del ministro de Finanzas Varoufakis y del primer ministro Tsipras durante la semana pasada permitió conocer los argumentos de cada parte, las enormes dificultades para conciliarlos y, en consecuencia, los estrechos márgenes en los que se mueven los prolegómenos de una negociación que tiene muchas papeletas para fracasar, aunque la falta de acuerdo supondría costes y riesgos de imprevisibles consecuencias para todas las partes.  

Si Europa muestra otra vez su ineptitud e incapacidad para atender las necesidades específicas de un pequeño socio con una economía tan frágil y vulnerable como la griega y para dirimir de forma democrática y solidaria los diferentes intereses y aspiraciones que existen en el seno de la UE a propósito de un porvenir común, el proyecto de unidad europea acentuará su declive. Habrá más razones para la desafección de la ciudadanía europea con el proyecto que representa la UE y se extenderán y reforzarán las fuerzas nacionalistas de carácter exclusivista que culpan de todos sus males a los diablos extranjeros.  

Grecia perdería más que nadie, es cierto; y, por añadidura, los otros países del sur de la eurozona. Pero también Alemania, el resto de Estados miembros de la eurozona y el conjunto de la ciudadanía europea tienen algo que perder. Por eso es tan irracional pensar hoy que la negociación no pueda culminar dentro de unos meses en un acuerdo aceptable para las partes o, más incomprensible aún, que la negociación sea abortada y pretenda sustituirse de forma inmediata por una nueva imposición. 

Tsipras pide “tiempo para respirar”

La mayoría de la sociedad griega no acepta someterse por más tiempo a políticas de austeridad extrema que han dado pruebas suficientes de generar efectos económicos y sociales desastrosos sin solucionar ninguno de los problemas que pretendían arreglar. Grecia tiene razón. Y se carga de razón el Gobierno de Tsipras cuando pide “tiempo para respirar”, asegura que no busca el conflicto ni tiene la intención de “actuar de forma unilateral en lo que concierne a nuestra deuda” y precisa de forma explícita que su objetivo es pagar la deuda y lograr lo más pronto posible “un acuerdo favorable a la vez para Grecia y para Europa en su conjunto”.  

Alemania no puede, por prejuicios ideológicos, discutibles principios económicos u oscuras razones políticas, mostrarse incapaz de aflojar la soga con la que pretende meter en cintura a Grecia y a su nuevo Gobierno. Menos aún, señalar la puerta por la que Grecia puede irse, amenazando al conjunto de su ciudadanía a sufrir costes y riesgos descomunales. Ni utilizar al BCE para incrementar la presión sobre el nuevo Gobierno griego. Ninguna persona decente, con mayor motivo si es europeísta y demócrata, debería aceptar que en las relaciones entre los socios europeos se utilice el chantaje. Tampoco es aceptable que miremos para otro lado cuando cualquier autoridad europea toma decisiones arbitrarias para amedrentar a un socio, imponer su criterio y exhibir su hegemonía.   

Alemania no puede seguir situando a Europa y, especialmente, a los países del sur de la eurozona al borde del precipicio

Alemania no puede seguir situando a Europa y, especialmente, a los países del sur de la eurozona al borde del precipicio, en función de que las políticas de austeridad y devaluación salarial no incomodan los intereses alemanes o, lejos de suponer un perjuicio, afianzan su poder y capacidad de decisión en Europa.  

Hasta ahora, todo el esfuerzo para acercar posiciones lo ha hecho el nuevo Gobierno griego. La otra parte ha cerrado filas y las admoniciones de Merkel y Schäuble se han reforzado con un gesto inequívoco de arrogancia, enemistad y advertencia por parte del BCE.

Las autoridades e instituciones europeas maniobran con el propósito de poner a Grecia entre la espada y la pared y conseguir que ceda y olvide sus promesas electorales.

Si Tsipras acepta pedir la extensión del actual rescate y mantener los compromisos del anterior Gobierno pendientes de concluir (más recortes presupuestarios, despidos de funcionarios, privatizaciones y desregulación laboral) obtendría los desembolsos pendientes de sus socios europeos y del FMI y se le volvería a abrir la ventanilla del BCE cerrada hace unos días para obtener la liquidez que necesita. Pero esa aceptación supondría incumplir sus compromisos con los electores y su claro mandato de acabar con la austeridad y la supervisión política de la troika. De hacerlo, estaría aceptando su suicidio político.

Si no acepta pedir la extensión del rescate se acabaría el sostén financiero de la eurozona y esa falta de fondos y el consiguiente pánico bancario multiplicarían la fuga de capitales y la retirada de depósitos de los bancos que ya alcanzan volúmenes muy importantes y acabarían amenazando la supervivencia del Gobierno.  

Ante ese dilema, el primer ministro Tsipras ha vuelto a tirar de firmeza, racionalidad y contención al presentar el pasado domingo, 8 de febrero, en el Parlamento griego, el programa de Gobierno que somete a un debate parlamentario que concluye el martes, 10 de febrero, con el voto de confianza al nuevo Ejecutivo.  

Tsipras reafirma sus promesas electorales y tiende la mano a sus socios europeos para empezar a negociar. En los próximos días sabremos hasta dónde son capaces de llegar Merkel y el bloque de poder que representa y hasta dónde llegan la inteligencia del nuevo Gobierno de Syriza para situar la negociación en el marco de los intereses europeos y su temple para aguantar la tensión y las amenazas que se le vienen encima. Y podremos analizar, tras la reunión del Eurogrupo del próximo miércoles 11 de febrero, y la del día siguiente del Consejo Europeo, con más datos y detalles en qué condiciones van a continuar hablando y preparando las negociaciones.

Las fuerzas progresistas y de izquierdas que en el Estado español pretenden también, como Syriza en Grecia, romper con las políticas de austeridad y conceder la máxima prioridad a la atención de las necesidades básicas de la gente se juegan mucho en este envite. Y harían bien en mostrar públicamente su respaldo a Grecia y a su Gobierno y la exigencia de mantener las negociaciones y llegar a acuerdos.