HOLANDA ES LA PRIMERA PRUEBA DEL AÑO

La deriva agria de la otrora plácida Holanda

Comienza la semana próxima el maratón electoral más inquietante en la reciente historia de la perpleja Europa.

El gran líder es Geert Wilders. O más que líder, hombre orquesta, casi un sumo sacerdote de la holandidad, si se permite el barbarismo

Comienza la semana próxima el maratón electoral más inquietante en la reciente historia de la perpleja Europa. Nunca antes las formaciones políticas moderadas se habían visto sometidos a tantos y tan amenazantes desafíos en las urnas.

Holanda es la primera prueba del año. Insólito hasta hace poco tiempo. Como en otros países fundadores de la Unión, los nacional-populistas (creo que ésta formulación es más precisa que la de extrema-derecha) figuran como favoritos en las encuestas, aunque su fuerza parece que se ha debilitado en las dos últimas semanas.

UNA FIGURA PROVIDENCIAL

El gran líder es Geert Wilders. O más que líder, hombre orquesta, casi un sumo sacerdote de la holandidad, si se permite el barbarismo. Se le corta el traje ideológico con pocas palabras: nacionalista a ultranza, xenófobo sin disimulos, enemigo declarado de la integración europea, adicto a los redes sociales y enfant terrible de la escena nacional. Amigo confeso de Israel, desde que pasó un periodo de juventud en un kibutz, curiosamente un modelo de inspiración socialista. El provocador político holandés es un especialista en agitar el debate con todo tipo de manifestaciones, tuiters y pronunciamientos gruesos. (1) En suma, el estilo Trump de incorrección política que tanto parece seducir a Esperanza Aguirre.

No en vano, Wilders es, de todos estos líderes nacional-populistas europeos, el más cercano al inquilino de la Casa Blanca (el único, en todo caso, que consiguió entrada en la Convención del pasado verano en Cleveland). Incluso tiene su Bannon, el diputado Martin Bosna, uno de los teóricos de este neo-nacionalismo europeo. Pero incluso sus críticos le conceden mayor inteligencia y habilidades políticas que al magnate estadounidense. Con estas credenciales, Wilders es algo así como el macho-alfa de la camada ultra en Europa (2).

Así lo contemplan también algunas organizaciones ultraconservadoras de Estados Unidos, que le han brindado apoyo económico, tanto para sus actividades políticas como para afrontar causas judiciales por panfletos y documentales anti-musulmanes (3)

Wilders teme por su seguridad. Mucho. Hasta el punto de interrumpir su campaña, o de refugiarse en los tweets y eludir actos públicos. Hace poco, los servicios de seguridad detuvieron a un ciudadano de origen marroquí relacionado con el hampa local que preparaba, supuestamente, un atentado contra él. Lo pusieron pronto en libertad, al comprobar que el individuo era un fanfarrón y poco más. Pero Wilders no se fía y ha restringido sus apariciones públicas. No se sabe si para protegerse o para blindar su ventaja en los sondeos (4).

UN PARLAMENTO FRAGMENTADO, UNA COALICIÓN TRABAJOSA

El Parlamento holandés cuentan con 150 diputados. Los nacional-populistas del Partido por la Libertad (extravagante nombre para lo que representan) podrían obtener en torno a un 20%, es decir, unos 30 escaños. Los liberal-conservadores del actual primer ministro Rutte rondan el 16%. A continuación, aparecen en los sondeos los liberales europeístas del D-66, los ecologistas del Partido de la Izquierda Verde y luego los dos partidos del espectro socialistas los socialistas de izquierda y los laboristas (social-demócratas), éstos últimos muy debilitados por su apoyo a las políticas de austeridad: uno de sus dirigentes, el ministro de finanzas, Jeroen Dijsselbloem, es el actual presidente del eurogrupo.

Todos los cálculos probables anticipan que será preciso una coalición de cinco partidos para asegurar una mayoría eficaz de gobierno. Nadie acepta entenderse con el partido de Wilders, ni siquiera los liberal-conservadores que ya experimentaron esa agria experiencia en otro tiempo, hasta que Wilders rompió la baraja.  El problema es que, sin Wilders, las cuentas se quedan muy estrechas. Todos confían en que se repita lo que hasta ahora viene siendo habitual: que los nacional-populistas se desinflen en las urnas. Pero este momento es distinto.

UNA CARRERA METEÓRICA

El auge de Wilders se apoya en dos asesinatos. El político Pym Fortuny y el cineasta y documentalista Theo Van Gogh, dos destacados portavoces de la supuesta “islamización de Holanda”, fueron asesinados en 2002 y 2004, respectivamente. Hasta esa fecha, la xenofobia parecía controlada en el país. En la última década ha crecido de manera inquietante y Holanda ha aportado algunos de los teóricos más vociferantes de la xenofobia europea, aunque cueste creerlo en un país con unas tradiciones de libertad, tolerancia y protección social más sólidas del continente. Wilders, por tanto, no ha inventado nada, pero le ha dado a la xenofobia populista un alcance que no había tenido antes. Con toda soltura utiliza expresiones como “chusma marroquí” y otras lindezas.

A sus rivales políticos les preocupa su capacidad para poner en evidencia e implantar en los votantes las debilidades, contradicciones, incumplimientos y fracasos de los demás. Quizás por eso, sin asumir de forma clara el discurso xenófobo, algunos partidos holandeses se han mostrado mucho más proclives al control migratorio y se han desmarcado de la idea merkeliana, ya corregida, de puertas abiertas a los refugiados (5). Como hizo Sarkozy en su momento ante el auge del Frente Nacional.

Wilders ha conseguido también debilitar el compromiso de la sociedad holandesa con el proceso de construcción europea. Durante décadas, los dutch figuraban siempre entre los más adeptos, como integrantes del núcleo fundador (e incluso antes, con la constitución del Benelux). Pero como sostiene Kem Korteweg, analista del londinense Centro para la Reforma europea, las cosas están cambiando muy sensiblemente (6).

Desde fuera de Holanda sorprende que, entre algunas minorías por lo general discriminadas en no pocos países, como los homosexuales, crezca el apoyo electoral a esta Partido por la Libertad. La explicación parece sencilla. Esas minorías ven en el Islam, o al menos en algunos de sus exponentes, una amenaza de intolerancia y negación de la libertad individual. De hecho, Fortuny era gay y su discurso ahondaba en esta desconfianza hacia el crecimiento de la población musulmana en Holanda.

Con 17 millones de habitantes y una superficie similar a la de Extremadura, Holanda es el país más densamente poblado de Europa, como es de sobra conocido, y el peso de la población de origen extranjero ha crecido en las últimas décadas, sin duda, pero no llega a la cuarta parte del total. Dos de las comunidades más numerosas son los marroquíes y los turcos, con 400.000 cada una, en números muy redondos. La acumulación de estas minorías en determinados barrios de ciudades neerlandesas ha disparado la xenofobia.

Pero el factor fundamental ha sido el debilitamiento del estado de bienestar. Holanda ha sido considerado muchos años por el Instituto Brueghel como un país más del llamado “modelo nórdico”, debido a la fortaleza y amplitud de su sistema de protección social. La crisis ha deteriorado eso notablemente. La conocida sensación, en parte real, en parte inducida, de que “no hay para todos” es un mantra también ya en Holanda.

Los nacional-populistas apelan a las capas más modestas de la población autóctona, porque son ellas las que “compiten” con los inmigrantes por la consecución de las ayudas. Este discurso de protección de los trabajadores nacionales, un mantra en Le Pen, en Trump, de la Liga Norte italiana o en los alemanes de AfD, es también el reclamo electoral de Wilders. El líder populista acusa a los partidos de izquierda de haberse refugiado en un electorado funcionarial o de empleados públicos, cuando no de la burguesía acomodada, y de haberse olvidado de los obreros y empleados, de los más vulnerables ante la crisis económica  y social.


NOTAS

 (1) “Why the Dutch are drawn to right-wing populist Geert Wilders”. SEBASTIAN FABER. THE NATION, 21 de febrero.
(2) “Geert Wilders, reclusive provocateur, rises before Dutch vote”. ALISA J. RUBIN. THE NEW YORK TIMES, 27 de febrero.
(3) “Before the elections, Dutch fear Russian medling, but also U.S. cash”. NEW YORK TIMES, 8 de marzo.
(4) “Dutch Trump even scares his own brother”. NADETTE DE VISSER. THE DAILY BEAST, 28 de febrero.
(5) “Aux Pays-Bas, le leader d’extrême droite Geert Wilders domine la campagne des legislatives”. LE MONDE, 28 de febrero.
(6) “How the Dutch fell out of love with the EU”. KEM KORTEWEG. CARNEGIE ENDOWMENT IN EUROPE, 2 de marzo.