URBANISMO | BARCELONA

Hasta el Puerto, todo era Barceloneta

La modificación del Pla d’Usos, aprobada en 2013 por CiU, eliminaba la restricción para la apertura de estas empresas, pero solo en el perímetro de Ciutat Vella, esto es, entre otros sitios, justo frente al Port Vell.

El turismo, incluso el turismo de lujo, con todo lo que ello comporta, es una industria y, por tanto, genera externalidades que hay que controlar y regular

@antroperplejo | Hasta el año 2010, el Port Vell de Barcelona, situado junto al popular barrio de la Barceloneta, era un puerto, digamos, medio. Acogía unos 400 amarres para barcos y botes de entre los 10 y 20 metros de eslora y se encontraba gestionado por Globalia, una compañía que tenía como socios a la extinta Caja Madrid y a Fomento de Construcciones y Contratas (FCC). Justo ese año, Salamanca Group, empresa cuyas raíces llegaban hasta la Rusia de los grandes oligopolios petroleros y que actuaba mediante intermediarios pantalla, compró Globalia por cuatro millones y medio de euros, con el compromiso, además, de hacerse cargo de su deuda.

Justo un año después, con un nuevo gobierno de carácter conservador en la ciudad -Convergència i Unió (CiU)-, la concesión sobre la gestión del Port es prorrogada a Salamanca Group hasta 2036 a cambio de una inversión de 35 millones de euros y su transformación en una nueva marina destinada al turismo de altos recursos y los megayates. A partir de aquí, el término medio difícilmente se podría aplicar a un renovado Port Vell.

Entre las prioridades del nuevo gobierno municipal estaba relanzar el turismo de Barcelona en clave lujo. Poco antes, en unas celebres declaraciones realizadas en campaña electoral, el entonces candidato a la alcaldía Xavier Trias, llamaba a aprovechar la Marca Barcelona, en sus palabras, “una marca explosiva, extraordinaria”, apostando por un turismo, no tanto de cantidad sino de calidad -sea eso lo que sea-, además de por su sostenibilidad y, sobre todo, porque Barcelona fuese una ciudad limpia, segura e iluminada (sic) de cara al visitante.

Dicho y hecho, desde el Ajuntament de Barcelona se pusieron manos a la obra, entre otras cosas y mediante una nueva ordenanza de terrazas facilitaron la implantación de este tipo de elementos en el espacio urbano y ampliaron su alcance a establecimientos que, hasta el momento, lo tenían vetado, como carnicerías y panaderías; apostaron por restringir el acceso a espacios anteriormente de acceso libre en la ciudad, como el Park Güell; fomentaron la propia Marca invirtiendo en promoción internacional y en infraestructuras turísticas, y modificaron el Pla d’Usos de Ciutat Vella elaborado por el anterior equipo de gobierno socialista de la ciudad, el cual restringía la apertura a nuevos hoteles y otros establecimientos turísticos en el Distrito.

Entre las curiosidades o coincidencias, la modificación del Pla d’Usos, aprobada en 2013 por CiU, eliminaba la restricción para la apertura de estas empresas, pero solo en el perímetro de Ciutat Vella, esto es, entre otros sitios, justo frente al Port Vell.

Desde entonces hasta ahora, este turismo de calidad se ha aposentado en las inmediaciones del Port y de la Barceloneta: hoteles exclusivos, clubs de lujo, restaurantes elitistas, etc. han aparecido en sus inmediaciones. La calidad, posiblemente, era eso. Sin embargo, para los vecinos la calidad habría resultado ser otra cosa. Cierre de establecimientos tradicionales de la zona, encarecimiento de los precios del suelo, privatización de un espacio que siempre había sido del barrio, etc. Ni siquiera los empleos prometidos en el Club-Restaurante abierto en la concesión han sido reales. Antiguamente, hasta el Puerto, todo era Barceloneta, ahora, sin embargo, esta realidad ha desaparecido.

De esta manera, la apuesta por una economía turística que debiera beneficiar a los vecinos y vecinas de Barcelona en base al conocido efecto trickle down podría haberse convertido, más bien, en desplazamiento socio-espacial y pérdida de identidad local.

En definitiva, el turismo, incluso el turismo de lujo, con todo lo que ello comporta, es una industria y, por tanto, genera externalidades que hay que controlar y regular. Y esto no solo se manifestaría en el empeoramiento o imposibilidad de la vida cotidiana de los vecinos y vecinas de Barcelona, sino que lo notarían los mismos turistas, tal y como una encuesta elaborada el pasado agosto manifestó cuando el porcentaje de visitantes que consideraba la ciudad congestionada de viajeros alcanzada el 58%. Es ahí donde las ciencias sociales juegan un papel fundamental en un intento de comprender y abarcar este tipo de fenómeno de carácter cada vez más global. Una tarea pendiente para la Barceloneta y que se presenta como un reto apasionante.