La independencia de Cataluña

| 12 Septiembre 2012 - 19:03 h.

La transición española supuso para las fuerzas de oposición al franquismo un ejercicio de renuncia que bajo el concepto de “consenso” representó, en el caso de los partidos de izquierda, el abandono de importantes jirones ideológicos mientras que unos símbolos deshuesados por la dictadura se imponían a los que en el imaginario colectivo eran históricos paradigmas identitarios de la democracia. La bandera, la marcha real, la misma institución monárquica mantenían la carga de ser iconos antidemocráticos recurrentes durante épocas oscuras de autoritarismo e intolerancia. Sabedores de la política, los artífices de la transición hicieron taxonomías borgianas para que encajara la democracia con los intereses sociológicos, financieros y económicos del franquismo al objeto de no caer en la imprevisión que refleja la película que Vsévolod Pudovkin rodó en los albores del cine soviético, “El fin de San Petersburgo”, en una de cuyas escenas se pueden observar a los especuladores afanados en sus asechanzas en la bolsa mientras en la calle se agita el pueblo en vísperas de la revolución.

El proceso de la transición no era sino aquella aparente mayoría de vicios políticos del franquismo y su afán por perdurar, por trascender en el tiempo más allá de lo que la Historia podía considerar circunspecto. La razón de Estado galvanizó a la ciudadanía hacia un camino inconcluso en el que las libertades públicas no podían contradecir, afectar, ni mucho menos diluir, al artefacto franquista de intereses, influencia y poder.  La entrada en escena de partidos históricos de la izquierda como el PSOE o el Partido Comunista provistos del suficiente pragmatismo y la oportuna resignación para convivir con la iconografía que les situaba en un territorio esquizoide de ambigüedad estratégica, dotó de legitimidad a la transición que, sin embargo, en el caso de las nacionalidades históricas tuvo que recurrir a los símbolos y las instituciones que con tanto ahínco la sociología y los intereses ultraconservadores, que ahora se travestían, habían combatido. En el caso catalán no sólo fueron recuperadas las instituciones y los símbolos, sino incluso al último presidente de la Generalidad republicano.

Mientras las fuerzas democráticas y de progreso carecían de los resortes de emoción popular para reconstruir un nacionalismo español que quedó anclado en los tópicos reaccionarios de siempre y que tanto mimó el franquismo, las nacionalidades históricas recuperaban en toda su magnitud la identidad iconográfica e institucional. Derogado por las redes de intereses fácticos cualquier proteus intelectual desde la izquierda que democratizase verdaderamente el poder arbitral del Estado, se volvía a los viejos defectos decimonónicos de los que advertía Azaña cuando sentenciaba del siglo liberal y reaccionario que se hizo incompatible con el pluralismo cultural y político dentro de la unidad de soberanía del Estado.

La crisis económica que actualmente padecemos ha sido aprovechada por la derecha no ya para desmontar un precario Estado del bienestar, sino para la implantación de una democracia limitada  donde derechos, libertades y competencias autonómicas se reducen a una simple cuestión de recursos y el Estado se convierte en una cour des comptes dejando a la nación sin propósito ni proyecto común. La carga ideológica de las recetas economicistas de los conservadores corroboran que no están encaminadas tanto a sobresanar la crisis, que empeora a cada medida que toma el Gobierno de Rajoy, como a favorecer  los intereses de los poderes fácticos financieros, económicos y sociales que, sin solución de continuidad, condicionaron el sistema de la transición para hacerlo inmune a cualquier proceso que pudiera afectar a sus privilegios.

Un Estado sin identidad en el imaginario colectivo, sin proyecto como nación, que empobrece a sus ciudadanos, que expande la desigualdad, que limita los derechos y las libertades cívicas, carece de lo que Mommsen, al tratar de describir las costumbres del pueblo romano, llamaba  un vasto sistema de incorporación y se convierte irremediablemente en un Estado fallido. Un Estado que al no ofrecer soluciones se convierte en el problema.

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