NARCOPISOS EN EL RAVAL (BARCELONA)

El invento de la narcogentrificación

La acelerada dinámica de expulsión de los vecinos del barrio ha pasado de estar vinculada a intereses inmobiliarios para relacionarla con bandas organizadas de narcotraficantes.

Las retoricas, así como el aparato iconográfico, utilizadas por los medios a la hora de hablar de la plaga de los narcospisos reditan el viejo relato del degrado cuya respuesta natural no puede ser otra que la del aumento de medidas de seguridad

Una vez pasada –o no- la moda estival de la turismofobia, en Barcelona nos hemos topado con una nueva fuente de inspiración para los medios de comunicación y el enfrentamiento político: los narcopisos. La cosa va como sigue: algún espabilao/a se ha apercibido del asentado problema que existe en el Raval con el consumo de heroína. No solo eso, sino que, tras una profunda y sostenida investigación y largas dosis de reflexión teórica, ha logrado vincular ambos aspectos con el proceso de gentrificación pronunciada que vive el barrio. Así, y de la noche a la mañana, la acelerada dinámica de expulsión de los vecinos y vecinas del barrio ha pasado de estar vinculada a intereses inmobiliarios con nombres y apellidos propios –no podemos olvidarnos de gente como MK Premium y su incesante labor benefactora en calles como Lancaster- a estar directamente relacionado con bandas organizadas de narcotraficantes. Para ello, y en un alarde de creatividad, han diseñado aguerridos titulares como los de “La ocupación de pisos por narcos expulsa a vecinos de Ciutat Vella”, o “Frenan un intento de ocupación en el Raval a base de chorros de agua”. Para añadir más leña al fuego, este último añade que “el miedo a perder la propia vivienda si uno se va de vacaciones se extiende“, y ambos, curiosamente, han sido publicados bajo la misma cabecera.

Afortunadamente, no todos los medios de comunicación generalistas son iguales. Algunos dan voz al vecindario y comienzan a establecer una relación, tímida pero consistente, entre la expulsión de los vecinos, el narcotráfico y los intereses inmobiliarios. El primer tema de cualquier manual de economía urbana señala que, para obtener mayores plusvalías en un proceso de compra-venta, conviene la mayor depreciación previa posible del bien a adquirir. Es decir, cuanto más barato se compre y más caro se venda, mejor. Entre las técnicas para conseguir dicha depreciación encontramos la dejación de la obligación de mantenimiento de los inmuebles por parte de la propiedad, la instalación de actividades insalubres o perniciosas en los alrededores o, atención, la permisividad o incluso el fomento de acciones de carácter delictivo o que causen reproche social en su interior o cercanía. Tal sería el caso del tráfico y consumo de drogas. Cuestiones como ésta aducen gente como la Associació de Veïns i Comerciants Taula del Raval cuando vinculan el fenómeno con la especulación urbanística señalando que “és una manera d’expulsar als pocs veïns que queden amb drets en aquella finca”. 

Las retoricas, así como el aparato iconográfico, utilizadas por los medios a la hora de hablar de la plaga de los narcospisos reditan el viejo relato del degrado cuya respuesta natural no puede ser otra que la del aumento de medidas de seguridad. Una seguridad que no pasa solo por aumentar la presencia policial, sino implícitamente por reemplazar a parte de los actuales vecinos y vecinas. Así, enunciados como “Cualquier narcotráfico que anide en un edificio de viviendas deteriora la convivencia, pero el de heroína la aniquila por completo”, e imágenes de vecinos colgando carteles contra estas viviendas enfatizan una dimensión del conflicto. La peligrosidad de los narcos y la descripción de la complejidad de la organización criminal que ha agujereado el barrio del Raval, el drama de la adicción y del consumo a través de imágenes y videos que muestran personas –los yonquis- deambulando como zombis o tirados en el suelo o en el interior de los portales, demandan, entre otras cuestiones, una respuesta policial fuerte.

El Raval, que hasta los años inmediatamente anteriores a la crisis mantenía un crecimiento poblacional sostenido basado, fundamentalmente, en la acogida de nuevos vecinos y vecinas provenientes, sobre todo, de Asia, África y Latinoamérica, aunque también de origen europeo, y con una considerable mixtura a nivel socioeconómico y generacional, a partir del 2008 ve como esta situación comienza a cambiar. Después de un primer periodo en que la crisis afecta a todos los grupos sociales por igual, a partir de 2013 ésta comienza a hacer más mella en las comunidades extraeuropeas, sobre todo la latinoamericana y africana, que mengua significativamente, mientras que los vecinos y vecinas de origen comunitario aumentan en más de un 21%. Esto se encuentra directamente relacionado, como nos recordara recientemente, el investigador Alan Quaglieri, con la situación del física del Raval, colindante con el Gòtic, “auténtico pivote del sistema turístico de la ciudad y que ha sido el más activo a los primeros estímulos de recuperación del mercado inmobiliario”, con un crecimiento medio del precio de las viviendas del 42% en cuatro años, más del doble del resto de la ciudad.

De este modo, la salida de la crisis, soportada en gran manera por una renovada alianza entre el sector inmobiliario y financiero, vuelve a cebarse sobre aquellos colectivos con menor capacidad de resistencia a los embates del capitalismo inmobiliario y en aquellas zonas donde las expectativas de beneficios son mayores, como el Raval. Para ello le asiste el recurso de la estrategia securitaria, la cual, con el apoyo de determinados medios de comunicación, presenta una supuesta narcogentrificación que, en el fondo, no es más que una herramienta de depreciación en manos de los verdaderos agentes gentrificadores. “¿Por qué cojones no entra la policía y los saca a todos?". “En esta pregunta se resume la desesperación de todo el vecindario” sentencian los medios ocultando las otras razones de la desesperación y los conflictos. Mientras, los pisos bajan y los beneficios, aumentan.


José Mansilla (antropólogo) y Elsa Soro (Doctora en Comunicación)