Sobre bloqueos y vetos o la democracia secuestrada

Por Jesús Parra Montero | El uso reiterado que tienen los populares de acudir a su mayoría absoluta para vetar o bloquear cuanto no están dispuestos a debatir no deja de ser una perversión democrática y una deleznable argucia parlamentaria. 

1976. Muerto Franco, pero no finalizada la dictadura, recuerdo un programa de TVE dirigido por Joaquín Soler Serrano titulado “A fondo”; entrevistaba a Jorge Luis Borges. Entre otras, le dirigió esta pregunta: “Y para usted, ¿qué es la democracia?” “La dictadura del número”- respondió. En aquellos momentos, en los que millones de españoles soñábamos y luchábamos por traer la democracia a España, que el célebre escritor relacionara en su respuesta democracia y dictadura me pareció un hiriente sarcasmo. Hoy, con el caprichoso abuso de su mayoría absoluta parlamentaria con la que gobierna el Partido Popular y el desprestigio al que está llevando a gran parte de las instituciones del Estado, las palabras del ciego poeta argentino han devenido clarividentes y proféticas: la democracia, tal como la entiende y la ejerce el Partido Popular en esta legislatura, se ha convertido en una democracia secuestrada, es decir, en “una dictadura del número”. Cuando el Gobierno está protegido por una mayoría absoluta, con bloqueos y vetos previos, -así está sucediendo reiteradas veces en el Parlamento, con la indebida colaboración de su Presidente, señor Posada-, el secuestro de la palabra no sólo es una estafa a los ciudadanos al imposibilitar poder debatir en el Parlamento sobre asuntos que incomodan al Gobierno, sino que crea, a su vez, una crisis institucional.

Con estas cosas hay que tener mucho cuidado. A veces, de la mano de la más estricta aplicación de la "legalidad" del reglamento, la legitimidad de la Cámara puede quedar destrozada. No vaya a ser que ahora se nos ocurra descubrir que la dictadura no tiene por qué ser unipersonal, ni siquiera unipartidista, después de haber descubierto antaño que también la democracia podía ser "orgánica".

Al indefinido número de vergonzantes incumplimientos de su programa electoral con el que el Partido Popular se presentó a las Elecciones Generales en noviembre de 2011, se añade ahora uno más: la evidente constatación de sus bloqueos y vetos parlamentarios. En la página 174 del mismo, dentro del apartado 5.1: Regeneración política e institucional, la medida 06 expresamente afirma: “Revitalizaremos el Parlamento agilizando los procedimientos de debate y la actividad de los diputados y senadores. Reconoceremos el derecho de la oposición a promover iniciativas sin la utilización arbitraria y el abuso del veto que se ha producido en los últimos años”.

Y ante lo que entonces afirmaban y lo que hoy hacen, ¿se puede confiar en un gobierno y en un partido con tan repetidos y flagrantes incumplimientos? Su falaz forma de cumplir su propio programa es un sarcasmo para los ciudadanos, a los que se nos pide contribuir “al fortalecimiento de nuestras instituciones”, mientras ellos no hacen más que desprestigiarlas.

Con gran dosis de cinismo escribía la vicepresidenta del Gobierno en la introducción al proyecto de la Ley de Transparencia, Acceso a la Información Pública y Buen Gobierno: “El Gobierno ha puesto en marcha un intenso programa de reformas para salir de la crisis y volver a crear empleo. La economía centra nuestro impulso reformista, pero somos conscientes de que la recuperación de la confianza pasa también por el fortalecimiento de nuestras instituciones. La Ley de Transparencia… es una pieza fundamental en este objetivo. Porque creemos que contribuirá de forma determinante a restaurar la confianza en las instituciones y a mejorar la calidad de nuestra democracia”.

Asimismo se pronuncia hace unos días, durante su intervención en la escuela de verano de las NNGG del Partido Popular en Gandía: “(La Ley de Transparencia) es la única manera, -señalaba-, para que el combate contra la corrupción sea creíble. Y para conseguirlo, el Gobierno del PP está impulsando medidas para mejorar la calidad de la democracia. Mejorar la democracia requiere un compromiso colectivo pero también una responsabilidad a nivel individual de los que se dedican a la política, pues estamos gestionando un capital muy valioso: la confianza de los españoles".

El uso reiterado que tienen los populares de acudir a su mayoría absoluta para vetar o bloquear cuanto no están dispuestos a debatir no deja de ser una perversión democrática y una deleznable argucia parlamentaria. Aristóteles afirmaba que “democracia es el gobierno de la mayoría con respeto de la minoría”. El principio de mayoría parlamentaria es un instrumento, un procedimiento; pero no es la democracia. El Partido Popular debería saber que en política el triunfo de la mayoría carece de espíritu democrático si antes no se demuestra respeto a las minorías; es decir, transparencia, comparecencias sin plasma, explicaciones y diálogo. Y en democracia respetar no significa guardar las formas de la cortesía o de la educación, sino saber argumentar y debatir y en el debate, a su vez, escuchar los argumentos del oponente para tratar de encontrar acuerdos comunes.

Y puesto que la legitimidad del Gobierno nace del poder y la confianza que le da el Parlamento, el Gobierno y su Presidente tienen la obligación de acudir a él siempre que sean requeridos, no sólo para dar las explicaciones pertinentes sino, principalmente, a someterse al control que en sede parlamentaria se determine; esta tarea de control al Gobierno es el principal cometido de la oposición. Negar, bloquear o vetar este derecho es pervertir la democracia. A la oposición corresponde replicar a los argumentos de la mayoría popular, presentar alternativas a la gestión del Gobierno y propugnar cuantas medidas de control estime oportunas con el fin de que el Gobierno no escape a los mandatos parlamentarios. De este modo, seremos capaces de sacudirnos el secuestro de voluntades que produce como secuela inevitable la política del sectarismo de partido y se hará razonadamente comprensible a los ciudadanos que ante problemas inevitables, sean del orden que sean, siempre caben múltiples posturas, diversas soluciones y diferentes maneras de gestión política.

Es por tanto una perversión democrática y una irresponsabilidad política lo que está haciendo en estos momentos el Partido Popular: poner fin al debate parlamentario silenciando el sagrado deber de la palabra, pues ante cualquier crítica a su gestión el PP utiliza el bloqueo o el veto mediante el rodillo de su mayoría absoluta. En vez de tratar de facilitar acuerdos, abriendo vías  para favorecer consensos entre las diversas fuerzas políticas y sociales, centra todas sus energías en buscar “un chivo expiatorio” al que endosarle la responsabilidad de lo que está sucediendo, echando siempre la culpa de todo ya al gobierno anterior, ya a la oposición, ya a los sindicatos, ya los manifestantes e indignados que no aceptan sus políticas… Son impermeables a la razón, la lógica y la verdad objetiva. Pero su verdadera angustia y, a la vez, su problema, es que son conscientes de que tienen un gobierno desfondado, que en unos pocos meses ha agotado todas sus ideas, sus recursos, y que no sabe qué hacer.

Y cuando una institución no cumple con la función que le es propia, no puede sino afirmarse que está corrompida. El Partido Popular no puede alegar que para sus vetos o bloqueos existen razones extraordinarias de interés nacional: no las hay; sus razones son siempre de partido.

Bertrand Russell, filósofo analista al que admiro, creía que la principal tarea del filósofo y del político era clarificar el lenguaje y así eliminar la confusión. Se esforzó en encontrar el uso exacto del lenguaje con el fin de ser claro y preciso en el razonamiento y eliminar así las confusiones de un discurso político absurdo e incoherente. Ejemplo claro de ese discurso político absurdo e incoherente es ya la paradigmática comparecencia de la secretaria general del PP, señora de Cospedal: “Una indemnización... en diferido, en forma efectivamente de simulación…”.

No son pocos los dirigentes populares que antes las críticas que se les hacen alegan que lo que se pretende es desestabilizar al Gobierno y al Partido.  No es cierto; lo que se busca es verdad y transparencia, es decir, que asuma sus responsabilidades sin absurdas excusas, pues la verdadera desestabilización del PP se está produciendo desde dentro de su propio seno; es hora ya de que reconozcan que los intereses numantinos y egoístas de unos pocos están predominando sobre el interés general del país para desgracia de sus militantes en particular y de los españoles en general.

En una serie de comentarios sobre el brillante libro La Democracia Secuestrada del escritor español Francisco Rubiales, el autor de los comentarios, Roger Guevara Mena, hace una síntesis crítica a los vicios de la democracia, señalando por democracia una sociedad libre, no oprimida por poderes políticos, ni dominada por oligarquías en la que los gobernantes responden ante los gobernados. “Una sociedad es democrática -afirma- cuando es abierta y cuando el Estado está al servicio de los ciudadanos y no al revés”.

Ambos, autor y comentarista, con gran clarividencia, manifiestan que al interior y núcleo del Estado “existe un componente depredador y rastrero en el concepto de poder que nunca ha abandonado el escenario a lo largo de los siglos. Unas clases dominantes suceden a otras y cada época establece sus sistemas de dominación y sus reglas, pero el poder, aunque disfrazado, sigue siendo el mismo: depredador, al servicio de las élites, implacable y utilizado sólo por los amos como instrumento para dominar y sojuzgar”.

Y continúan afirmando con pruebas que “los gobiernos, políticos de profesión y que se creen democráticos, se comportan en el poder público como lo hacían los antiguos señores ungidos. Se saben poderosos y blindados por las urnas, muchos de ellos amparados en la inviolabilidad y en la inmunidad, por ser cargos electos, y ejercen el poder sin complejos, sin tener en cuenta la eficiencia, con lujo y boato, con actitudes altivas y lejanas a esa humildad y austeridad que ennoblecen el liderazgo. Creen que el poder sin ostentación no es auténtico poder y justifican su lujo afirmando que el Estado y la representación del pueblo soberano deben brillar con la dignidad debida. Poseen un extenso y astuto elenco de argumentos para justificar cada gesto de poder, cada movimiento de gobierno. Estos figurones, con más vanidad que conocimiento, se mueven acompañados siempre de una corte de asesores, amigos, colaboradores, periodistas, empresarios y gente influyente a la que siempre intentan impresionar. Olvidan que mandar es servir y actúan como pequeños emperadores de la democracia, como ridículos reyezuelos inmersos en privilegios y lujos, que la historia hace tiempo que erradicó porque eran propios del «Antiguo Régimen», siempre rodeados de aduladores y de cortesanos. Son los nuevos amos, los que ostentan el poder político en las modernas sociedades democráticas, muchos de ellos sin ni siquiera creer en la democracia”.

"Nuestra democracia –subraya Francisco Rubiales- está secuestrada por los grandes partidos políticos. Resulta necesario y urgente revitalizarla para conseguir alejar el rancio olor que despide. ¿Cómo?"

Ambos, autor y comentarista, diseñan una inicial respuesta a esta pregunta que por analogía compendio en lo que hoy podemos llamar “democracia 2.0” y que se plantea como reivindicación de una nueva forma de expresión política ante la ruina de los elementos clásicos de la anterior –llamada también “democracia 1.0”-. “Democracia 2.0” no es sino una suerte de enmienda a la totalidad a las democracias formales que hemos padecido y padecemos. Democracia 2.0 es ese tsunami sonoro que agrupa a diversos movimientos nacidos en el “llamado 15 M”, y que concita a tantos ciudadanos que se dicen indignados y que han ido saliendo a la calle, en forma de múltiples mareas, utilizando democráticamente las movilizaciones con afán de resistencia, pero también de construcción política y social con el deseo de reflexionar sobre algunos aspectos que parecen fallar en la versión anterior. Con ellos, como señala Francisco Rubiales, “la rebelión ya ha comenzado. Los ciudadanos quieren regresar del exilio y revitalizar una democracia que está postrada y secuestrada. Este ciudadano será de nuevo el protagonista en una democracia auténtica y regenerada, pues está dispuesto a construir a cualquier precio la catedral del futuro. Hay una fuerza desconocida que le impulsa a hacerlo, a pesar de sus cobardías, dudas y fracasos Pero, hasta conseguirlo, tendrá que atravesar desiertos y desfiladeros poblados de peligros y de alimañas dispuestas a defender con sangre y fuego sus privilegios”.

Y sin el menor rubor e íntimamente convencido de ello, afirma Rubiales que  “el Estado, la gran institución creada por el hombre moderno para salvaguardar la paz y la armonía y preservar sus derechos y libertades, ha sido el mayor fracaso de la actual civilización”. “Por lo tanto, -continúa- si asumimos el análisis de que los actuales poderes han fracasado, es urgente, entonces, sustituir a esos poderes por otros más eficaces. Esta línea argumental nos hace chocar de frente con la urgencia de transformar nuestra sociedad. Necesitamos un giro ético prometedor y nuevo que nos lleve, directamente, a sustituir el protagonismo hipertrofiado de las administraciones e instituciones en descomposición por el protagonismo de los ciudadanos, a valorar más a la persona, a depositar nuestra confianza plena sólo en lo que podemos controlar muy de cerca. Nuestra vida y nuestro mundo son demasiado importantes para que deleguemos su dirección y custodia en ineficientes administradores lejanos”.

Somos conscientes de que el modelo de sociedad que nos proponen los partidos y dirigentes políticos está agotado. Sabemos claramente lo que no queremos aunque todavía se esté construyendo el nuevo tipo de sociedad que anhelamos. Muchos ciudadanos no dudamos en manifestar que en España se hace necesaria una nueva transición que dé paso a una “democracia real ya”. No nos sirven los escombros de la actual. Tenemos tiempo pero no demasiado. Pero este modelo de sociedad y democracia ni puede ni debe salir de la mente de unos cuantos; debe construirse con base en consensos amplios, éticos y trasparentes.

Y en este modelo de ciudadano, que ha roto el silencio de la sumisión y la pasividad, que no soporta la pérdida de tantos derechos adquiridos y que no quiere conformarse ya con cambios aparentes que dejen intactas las estructuras de dominación y el sistema económico que hasta hora las han sustentado, es en el que hay que poner no sólo la confianza sino también el poder. Comparto ese grito de Martin Lutero King "No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos". Y los buenos han comenzado a romper su silencio.

Hago mía de nuevo esta frase de Sófocles: “El futuro nadie lo conoce, pero el presente avergüenza a los dioses”. Remedando tan certera sentencia, yo también afirmo: desconozco cuál será el futuro de nuestra democracia, pero la presente, tal como está gestionada por el Partido Popular y el Gobierno, avergüenza a los ciudadanos.