De la fobia a los turistas a la fobia a la ciudad

Esta semana, la empresa Costa Cruceros ha difundido entre sus pasajeros a Barcelona un breve texto, en varios idiomas, bajo el título "Disturbios Civiles".

Por Elsa Soro | A lo largo de esta última semana, la empresa Costa Cruceros ha difundido entre sus pasajeros a Barcelona un breve texto, en varios idiomas, bajo el título "Disturbios Civiles". La circular avisaba a los pasajeros, entre otras cuestiones, que Barcelona es una ciudad donde "se pueden producir manifestaciones anunciadas con poca antelación o sin previo aviso". Por lo tanto, la recomendación de la compañía era que los pasajeros "evitaran mezclarse con grandes concentraciones políticas en los aledaños de edificios del gobierno, dependencias de las fuerzas de seguridad y lugares simbólicos”. Así mismo, la naviera alertaba a los cruceristas de no hacer fotos ni a los manifestantes ni a la policía para evitar reacciones "violentas".

Los efectos sobre el sector turístico de la crisis política en Cataluña han sido noticia en los medios de comunicación. Éstos han retrasmitido los mensajes alarmantes de un sector que anunciaba cancelaciones y caída de reservas; el mismo Ayuntamiento de Barcelona -en palabras del concejal del área, Agustí Colom- ha expresado una cierta preocupación por las consecuencias en el sector de la instabilidad política.

Aunque ahora parece algo lejano, no hace tanto que las portadas de los medios de comunicación generalistas estaban dominadas por el crecimiento de la denominada turismofobia en la ciudad, dando amplia visibilidad a los episodios y las manifestaciones de intolerancia por parte ciertos grupos sociales con respecto a los turistas. Esto acabó con el atentado del 17 de agosto en Las Ramblas. Sin embargo, y pese al amplio debate interno sobre la oportunidad del uso del concepto de turismofobia, su mediatización ha acabado teniendo resonancia, incluso, a nivel internacional. 

disturbios

En este escenario, las advertencias realizadas por parte del sector crucerista suponen una especie de corto-circuito discursivo; sobre todo estando como está esta actividad económica en el centro de la polémica debido sus efectos sobre la masificación turística de Barcelona, y cuya última manifestación de respuesta local ha sido una concentración contra de la Nueva Terminal de cruceros en el Puerto, convocada esta misma semana por más 45 entidades de la sociedad civil.

En el mensaje trasmitido por el comunicado de Costa Cruceros se halla la imagen de una Barcelona “violenta”, donde el peligro se manifiesta de forma improvisada y capilar -con poca antelación o sin previo aviso-anuncia el comunicado-; un lugar, además, en el cual el más mínimo turístico - hacer una foto - puede descargar la agresividad de un manifestante o de las fuerzas policiales.

Tanto el mensaje turismofóbico como la fobia del turista hacia la ciudad de Barcelona retroalimenta la contraposición entre dos actores supuestamente puros, el turista y el residente de Barcelona. Si el primero contribuye al malestar social de los ciudadanos de la ciudad, el segundo es potencialmente un riesgo con respecto a la vulnerabilidad física del turista. ¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Barcelona ha sido, por lo menos desde las Olimpiadas del 1992, una ciudad cuya imagen e identidad han sido objetos de una continua y casi obsesiva reflexión y meta-reflexión, plasmando una ciudad-marca que a cada campaña de marketing y acontecimientos se cargaba de nuevas atribuciones: Barcelona Smart City; Barcelona Inspira, Barcelona Ciutat d’Acollida, etc., Barcelona ciudad de los “disturbios civiles”, tal como es tachada por parte del comunicado, parece poner en cuestión su mismo espíritu cívico, tantas veces exaltados por las campañas de branding lanzadas tanto por el sector que por las instituciones.

Peso a todo esto, es necesario hacer notar que de los 268 viajeros que iban a bordo de Costa Cruceros este lunes, 268 desembarcaron en Barcelona. Es evidente que tales oposiciones discursivas resultan volátiles y poco eficaces. La invitación a los turistas, por parte del sector crucerista, a asumir comportamientos disciplinados y temerosos durante sus paseos por Barcelona no resulta, ciertamente, de buen auspicio para facilitar la coexistencias entre diferentes intereses en la ciudad. Se hace, por lo tanto, necesario superar el marco discursivo del miedo cruzado y el juego de polarización entre actores contrapuestos, los turistas y los ciudadanos, como si existieran figuras y posiciones cristalizadas y fijas.


Elsa Soro | Semióloga especializada en turismo e investigadora GRIT-Ostelea