EL TURISTA NO ES ANÓNIMO NI EXTRAÑO

El turista nos refracta

¿Cómo miramos a ese turista que se ha mezclado en nuestros paisajes cotidianos de una forma casi indisoluble?

Es una evidencia que la suma de turistas que transitan nuestros lugares los altera de algún modo: el comercio se transforma, los precios suben, la especulación se abre mercado, los patrimonios, símbolos, sentidos y memorias de la población se comercializan o trivializan, así como un sinfín de cambios difíciles de predecir y gestionar

Saida Palou y Fabiola Mancinelli | Nos olvidamos de las cifras (casi 1.200 millones de turistas internacionales en 2016 según la Organización Mundial del Turismo). Nos olvidamos de las previsiones de futuro (el turismo como primer motor de la economía mundial en 2020 según la OMT). Nos olvidamos de las tendencias del mercado (el ocio como principal motivo de viaje turístico). Nos olvidamos de los retos (la gestión sostenible de los destinos). Nos olvidamos de los ránquines (Estados Unidos, China, España y Francia como principales destinos internacionales). Nos olvidamos de las inercias de la globalización (acelerado crecimiento demográfico de las grandes ciudades y sus áreas metropolitanas). Nos olvidamos de los orígenes sociales del viaje turístico (fruto de una conquista de las clases trabajadoras después de la II Guerra Mundial). Nos olvidamos de las magnitudes, previsiones y umbrales del turismo para mirar, un poco más despacio y de frente, a ese turista que ahora mismo está paseando por las calles de las ciudades, por los paseos marítimos de tantas poblaciones de sol y playa y por una gran infinidad de lugares recónditos en las montañas, por ejemplo.

Entonces la pregunta es: ¿cómo miramos a ese turista que se ha mezclado en nuestros paisajes cotidianos de una forma casi indisoluble?, ¿qué significado social tiene esta actividad?, ¿por qué la presencia del turista suscita conflictos, debates y tensiones sociales, culturales, políticas, económicas y territoriales tan importantes? Es una evidencia que la suma de turistas que transitan nuestros lugares los altera de algún modo: el comercio se transforma, los precios suben, la especulación se abre mercado, los patrimonios, símbolos, sentidos y memorias de la población se comercializan o trivializan, así como un sinfín de cambios difíciles de predecir y gestionar. Muchos de ellos se deben a la constante transformación (tanto cualitativa como cuantitativa) que el turismo experimenta desde hace varias décadas: a una primera generación de turistas, que se conformaban con coleccionar fotos y postales de los lugares más emblemáticos de los distintos países del globo, se ha añadido una generación de visitantes que reclama una forma de relación con los lugares basada en experiencias significativas (o supuestamente tales) del entorno y de la cultura del destino. Los nuevos deseos de esta clase viajera llevan a una progresiva intrusión de los turistas en la intimidad de la vida de los residentes locales: la economía de la experiencia difumina la frontera entre lo turístico y lo que no lo es, y su consecuencia más tangible es la turistificación de lo cotidiano. Ante esta situación de cambio, las reacciones sociales cobran cada vez más entidad, y no es de extrañar que muchas de ellas aboguen por el decrecimiento de la actividad turística, alertando de los límites de carga que cada lugar puede aguantar. Sea cual sea nuestra actitud y reacción ante el impacto generado por la suma de turistas en los barrios, ciudades y pueblos, nuestra mirada hacia el visitante es a menudo confusa: a veces lo miramos con desprecio, a veces con burla, a veces lo convertimos en culpable o incluso víctima, y otras veces asumimos que no estamos tan lejos de él, puesto que la mayoría de nosotros también participamos de la movilidad y consumo turístico en otras periferias. El turista no es anónimo ni extraño: es un refractor contra el cual nos observamos a nosotros mismos. Reflexionar sobre la figura del turista supone colocar un espejo ante nosotros y darnos cuenta de quién somos y qué cosas hacemos. El análisis antropológico del turismo (algo a lo que se dedican las autoras que firman este artículo) consiste en tratar de comprender las categorías contemporáneas que se crean sobre el viaje, el ocio, la experiencia, la memoria e imagen turística con el fin de entender un poco mejor la importancia de lo turístico en nuestras sociedades. Difícilmente podremos entender cómo son nuestras sociedades sin percatarnos de la importancia que tiene lo turístico en su constitución. La movilidad, el ocio y el consumo (el turismo) parecen haberse convertido en cuestiones consubstánciales de nuestros tiempos. Es momento de abrir nuevos debates y diálogos: no solo para comprender, sino también para poder manejar mejor nuestros lugares comunes.  


Saida Palou Rubio | Doctora en Antropología Social | Universitat de Girona
Fabiola Mancinelli | Doctora en Antropología Social Universitat de Barcelona | Profesora de la Escuela Universitaria de Turismo Ostelea

Las autoras han coordinado el monográfico “Diàlegs d'antropologia i turisme. Etnografies i debats contemporanis”, Revista Quaderns de l’Institut Catalá d’Antropologia.