EJEMPLO DE ESTE MODELO FISCAL PODRÍAN SER SUECIA O NORUEGA

Una fiscalidad justa para un modelo de sociedad justo

Una sociedad solidaria exigiría un modelo fiscal que podríamos llamar de “fondo común”, basado en criterios de responsabilidad colectiva que intenta garantizar la igualdad de resultados

No fue hasta la Segunda Guerra Mundial cuando los impuestos pasaron a considerarse necesarios para garantizar el pacto social establecido entre capital y trabajo

Por Hugo Castelli | El modelo de sociedad que queremos es el que debe indicarnos qué clase de fiscalidad proponemos.

Una sociedad solidaria exigiría un modelo fiscal que podríamos llamar de “fondo común”, basado en criterios de responsabilidad colectiva que intenta garantizar la igualdad de resultados, que permita a sus ciudadanos construir un proyecto vital: educación pública universal y gratuita, salud pública garantizada y unos servicios sociales mínimos que garanticen a todos los ciudadanos aquellas cuestiones básicas para la vida realmente humana. Un ejemplo de este modelo fiscal podrían ser algunos países europeos como Suecia o Noruega…

Una sociedad individualista es un modelo fiscalmente barato, de pura responsabilidad individual con escasa red de apoyo, que no garantiza la igualdad de resultados y que deja al margen del camino a muchos ciudadanos a causa de sus circunstancias individuales difíciles. Este modelo fiscal es el norteamericano y el de los países anglosajones en general.

Por ello si se desea un estado de bienestar amplio como el que hemos señalado en primer lugar, es evidente que necesitamos un sistema fiscal con amplia capacidad recaudatoria, bien gestionado, sin agujeros ni fraudes, por lo que es necesario hacer una pedagogía fiscal para que los ciudadanos perciban la necesidad de contribuir fiscalmente a fin de conseguir una sociedad solidaria que garantice un bienestar básico a todos los ciudadanos, independientemente de su clase social, su origen o su sexo.

Es necesario ahora señalar algunas de las características que debe tener un sistema fiscal para que sea útil en el modelo de sociedad que proponemos:

Que sean unos impuestos que graven unas bases suficientemente amplias para poder financiar lo que queremos. Que sea equitativo, es decir que a igualdad de rentas y patrimonio lo que se paga sea similar. Que sea progresivo a fin de que aquellos que perciben rentas más altas o tienen mayores patrimonios paguen más que los que tienen menos. Que sea sencillo para facilitar su pago. Por último, habría que señalar que debe ser eficiente a fin de que los ciudadanos puedan percibir que hay una correlación entre lo que pagan y lo que reciben a cambio.

Cristianos y fiscalidad

Dice el Deuteronomio que “la finalidad del diezmo es ayudar al levita, al forastero, a la viuda y al huérfano, que coman hasta saciarse”, es decir que ya el pueblo judío entendía los tributos como un medio de redistribución de la riqueza. En el Evangelio, cuando le preguntan los saduceos a Jesús para ponerle a prueba, si hay que satisfacer los pagos al Cesar, la respuesta de Jesús se ha hecha famosa: “Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”.

También Santo Tomás en el siglo XIII señala que para que un sistema fiscal deba considerarse justo, “el impuesto se tiene que dedicar al bien común y debe gravar a quien tenga capacidad de hacer frente al pago”.

No fue hasta la Segunda Guerra Mundial cuando los impuestos pasaron a considerarse necesarios para garantizar el pacto social establecido entre capital y trabajo; fue la época de los treinta años gloriosos que en la actualidad se cuestiona.

Esta tesis de los impuestos necesarios para garantizar una vida digna para todos se vio reforzada por el pensamiento social cristiano que sostiene como principio el destino universal de los bienes y por lo tanto subordinando la propiedad privada a la garantía del resto de derechos.