¡Mujeres, el 1 de Mayo también es nuestro!

Por Begoña Marugán | Pensando sólo en la esfera productiva, las mujeres llevan siglos empleadas...

Foto: Prudencio Morales
Foto: Prudencio Morales

@Begoa46El origen del 8 de Marzo está en un huelga obrera protagonizada por las mujeres así que, ¿cómo no vamos a celebrar las mujeres el 1 de Mayo? Las trabajadoras nunca lo hemos tenido fácil. La dominación de género estructura la organización social y por eso además de luchar contra los patronos hemos tenido que enfrentarnos con nuestros compañeros en el seno del movimiento obrero. Pero nuestra historia es tan antigua, amplia y enérgica que, a pesar de los intentos de invisibilizarnos, no nos pueden silenciar.

A la persona que escribió por primera vez eso de “la reciente incorporación de las mujeres al trabajo” le tendrían que haber cortado la mano antes de hacerlo. ¿Incorporación a qué? y ¿reciente? ¡Pero si las mujeres hemos trabajado siempre! Bien es verdad que las feministas hemos tenido que deconstruir el significante “trabajo” para que incluyera toda actividad humana útil para un fin preestablecido y diferenciarlo de uno de sus tipos: “el empleo” (cuyas condiciones de actividad, de obligaciones y derechos están reguladas en el marco de la ley). Bajo esta definición es difícil encontrar mujeres que no trabajen. Cierto es que socialmente se ha impuesto una metonimia y se ha cambiado la parte (el empleo), por el todo (el trabajo). Pero incluso así, pensando sólo en la esfera productiva, las mujeres llevan siglos empleadas.

En los registros franceses de la Edad Media se citan quince oficios como exclusivamente femeninos (devanadoras, peinadoras, cardadoras, urdidoras de los telares, confeccionadoras de bolsa, sombrereras de seda, etc.). Y más tarde también fueron ellas mayoritariamente las que actualizaron la primera Revolución Industrial. Dos tercios de la mano de obra inglesa era de mujeres y niños. Posteriormente, cuando la Revolución se extendió por toda Europa, según el censo Banker había 467.261 mujeres en Inglaterra trabajando en el sector textil y entre 400.000 y 450.000 en Francia. En 1846, en Bélgica 63.636 mujeres trabajaban en el textil, 71.000 en la industria pesada y más de 7.000 en las minas. A medida que la industria textil se desarrolló se emplearon a más mujeres y niñas. Además del textil otros sectores contrataban mujeres. Las fábricas de porcelana, ladrillo, papelería, caucho, velas, polvorines o las minas de hulla, según Evelyne Sullerot, también estaban llenas de mujeres.

Sobreexplotación de las trabajadoras

Las mujeres trabajaban sí, y lo hacían en terribles condiciones. Describe Engels cómo las mujeres daban a luz en la fábrica detrás de una bala de lana. En el textil y el tabaco, sectores “feminizados” por excelencia, la situación era atroz. En los años 1890 en España, la jornada de las trabajadoras del tabaco se prolongaba hasta las 11 de la noche. En Alemania en el mismo sector se habla de jornadas de hasta 17 horas y hasta 1891 no se restringió la jornada a 11 horas.

La información que conocemos da cuenta de la lucha agotadora que tuvieron que desarrollar las trabajadoras para sobrevivir. Y sin embargo, a pesar de estas condiciones, las luchas desarrolladas por el movimiento obrero contra la explotación de las mujeres fueron muy lentas. Una feminista socialista como Jacqueline Heinen explica cómo el sindicalismo del siglo XIX tendía a defender a los trabajadores cualificados en detrimento de otras categorías y de las mujeres. Cierto es que se reconoce la explotación, pero la solución pasa por eliminar la contratación de mujeres y confinarlas en los hogares. La resolución mayoritaria votada en el I Congreso Internacional de Trabajadores afirmaba que “el empleo de las mujeres en los talleres de la industria moderna es uno de los abusos más escandalosos de nuestro tiempo. Escandalosos porque no mejora la condición material de la clase obrera, sino porque la empeora y porque destruye la familia. Esto añade razones para rechazar el número de mujeres activas” (Heinen;1978:22).

A las pésimas condiciones de trabajo se añadía el fenómeno de la sobreexplotación porque a las mujeres se les pagaba menos. De hecho este ha sido el tradicional argumento manejado desde el sindicalismo cuando se le reprocha que contribuyó a la expulsión de las mujeres de las fábricas. Los bajos salarios femeninos tiraban a la baja el precio de la fuerza de trabajo dicen los sindicalistas cuando se recuerda cómo “La exclusión de la mujer del trabajo fabril es el resultado del pacto entre varones, patrones y obreros, sellado a finales del XIX, en el momento en que la Segunda Internacional es aceptada como interlocutor político por los patrones y se concede a los trabajadores el sufragio universal masculino” (Miranda, 2006:49). Curiosamente, fue en 1889, cuando la Segunda Internacional tomó la decisión de celebrar el 1º de Mayo como una gran manifestación internacional del trabajo, cuando se impuso el salario familiar, el modelo de familia nuclear burguesa y el ideal de la mujer-madre.

Sin embargo, la presión de los acontecimientos protagonizados por las mujeres y algunas voces discordantes de mujeres valientes dentro del movimiento obrero lograron cambiar el discurso e introdujeron el debate entre género y clase. Hubo mujeres influidas por el movimiento sansimoniano y fourierista que defendieron el trabajo asalariado de las mujeres porque les permitía tener una independencia económica y no tener que venderse. Testimonios de esta presencia fueron las publicaciones en “La Tribune des Femmes” en 1834, o “La Voix des Femmes” en la Francia de 1848. También en 1907 apareció “L’ Explootée” periódico de las mujeres suizas que trabajaban en las fábricas, en los talleres y en los hogares.

La rebelión de las obreras

Mujeres como Clara Zetkin y algún hombre como Bebel, defendieron los derechos laborales de las mujeres en el seno del movimiento obrero. Clara Zetkin se opuso a las tesis mayoritarias de expulsión de las mujeres del empleo e incluso rechazó la medida proteccionista de eliminar el trabajo nocturno para las mujeres porque en ello veía una iniciativa más para meter a las mujeres en casa. Y eso que la situación de las mujeres era grave. Además de la explotación, que incluía castigos físicos y sanciones con las que veían reducirse el menguado salario, eran frecuentes las agresiones sexistas por parte de sus patrones. Una violencia contra la que las obreras se rebelaron. En el año 1899, en Francia, cerca del 20% de las huelgas de las mujeres en los diferentes sectores se habían iniciado por las agresiones sexistas por parte de los patronos. En Rusia, en 1911, unas 5.000 obreras de la empresa Khludovsky, en Artsev, se declararon en huelga para protestar contra el mal trato que había sufrido una de ellas.

"Las mujeres estaban mal pagadas y eran maltratadas porque no están organizadas” -declaraba Mary MacArthur (1880-1921)-, y sin embargo, las trabajadoras no se rindieron. Por ejemplo, en el año 1853, en los distritos del algodón de Manchester, unas 21.000 personas de los talleres de Preston, de las cuales el 55.8% eran niñas menores de trece años, protagonizaron huelgas y todo tipo de disturbios. En 1857 una marcha pionera de obreras textiles recorrió los suburbios ricos de la ciudad de Nueva York para protestar por las miserables condiciones de trabajo.

En España también hubo huelgas exclusivamente femeninas. En el periodo 1905-1921 la provincia más conflictiva fue Barcelona con 185 huelgas. A la que siguieron las localidades de Valencia (con 64 huelgas), Zaragoza (con 55), Madrid (con 48) y Vizcaya y Alicante (con 33 huelgas cada una). La industria textil se situó a la cabeza con el 21,5% de las huelgas registradas. También hubo huelgas en la agrícola, en el sector de cueros y pieles y en la metalurgia. Las reivindicaciones más comunes eran la equiparación del salario con el de los varones, la jornada laboral de ocho horas, las readmisiones de despedidas y la lucha contra la violencia sexista.

Reivindicaciones similares a las que hacían las mujeres en otras partes. De hecho, una reivindicación obrera fue el origen de un acontecimiento que estremeció al mundo: El 5 de marzo de 1908 en Nueva York comenzó una huelga de las obreras textiles reclamando la igualdad salarial, la jornada a diez horas y un tiempo para la lactancia. Tres días después, cerca de 130 trabajadoras de la fábrica Cotton de Nueva York, ocupaban el lugar donde estaban empleadas. El dueño de la empresa ordenó cerrar las puertas, y provocar un incendio, con la intención de que las empleadas desistieran de su actitud. Sin embargo, las llamas se extendieron y no pudieron ser controladas. Las mujeres murieron abrasadas en el interior de la fábrica.

En plena época del funcionamiento de la II Internacional, se convocó en Copenhague una reunión de mujeres socialistas, en la que la revolucionaria alemana, Clara Zetkin, propuso celebrar el 8 de marzo en recuerdo de la muerte de estas trabajadoras y denominarlo Día Internacional de la Mujer Trabajadora. En 1909 se celebró por primera vez en los EEUU el día de la mujer trabajadora respondiendo a una declaración del Socialist Party of America y al año siguiente, en respuesta a este decreto, más de un millón de mujeres y hombres europeos participaron en manifestaciones por demandas de igualdad para la mujer.

Un siglo después, hemos logrado hacer el 8 de Marzo el día de todas las mujeres, pero por la memoria de aquellas obreras, por la de las mujeres que han defendido los derechos de las mujeres en el movimiento obrero y por todas las sindicalistas que nos han precedido en la lucha por mejorar las condiciones de trabajo y de vida y de aquellas que siguen luchando hoy y cada día de su vida por ello: ¡mujeres, el 1 de Mayo también es nuestro!