RELATOS | CULTURA

Un dios necesario

Chapas para chupas, como la que tenía de Hendrix, con ese aspecto del dios que yo necesitaba entonces, un dios cuyo trueno salía de su guitarra y de sus canciones incendiarias.

Me mola la chapa esa que llevas, ¿quién es? ¿Jimi qué? No importa, ahora vas, te la quitas y me la das, ¿a que sí?

De esa manera tan simple me quedé sin la chapa grandota que tenía de Jimi Hendrix y que llevaba siempre en mi chaquetón de piel de camello, o de ante, bueno, de ante. Hendrix fue a parar a la chupa del macarra que no tenía ni idea de quién era y a quien seguramente confundió, por su perfil como achinado, con algún luchador de kung-fu o yo que sé. Macarra de ceñido pantalón que diría el cantante. Proyecto de zombi en los años en los que imperaban en los barrios del sur de Madrid las leyes de la frontera.

Todo ocurrió en los billares del señor Pedro. Un templo, visto ahora desde esa memoria que es la memoria histórica y su tendencia a desenfocar con mirada de miope lo que queremos que fuera nuestro pasado. Recuerdos del pelo largo.

Un templo que era sólo una pequeña sala con un váter al fondo que olía a pis de los años setenta y sesenta a la que se llegaba por el pasillo que dejaban uno de los lados de las cuatro mesas de billar de lo que años más tarde se llamarían juegos recreativos pero que entonces nadie llamaba así, eran los billares. Uno iba a los billares, a jugar a la máquina de petacos o a las prehistóricas máquinas de videojuegos, casi todas de marcianitos y alguna de tenis con sus dos palitos y su bolita cuadrada y esquiva para los torpes, los torpes como yo que preferíamos el billar, el futbolín o las mesas de ping-pong que no cabían en lo del señor Pedro pero sí en los billares América del paseo de las Delicias.

unnamedYo a Hendrix lo había descubierto hacía poco, escuchando la radio en la cama por la noche, en verano, en un programa de Radio Nacional dedicado a los clásicos, a los verdaderos clásicos de mi tiempo, a los clásicos de la música popular de la segunda mitad del siglo XX. Los Beatles, los Stones, los Kinks, Bowie, todos esos. Y Hendrix. Al día siguiente acompañé a mi madre a hacer una visita temprana y la convencí de que entrara conmigo a una tienda de discos y cassettes en el barrio de Argüelles, donde vi la banda sonora musical de la película Jimi Hendrix, en dos cintas con una portada sacada de la preciosa grabación que le hicieran al guitarrista mestizo mientras tocaba Hear my train a comin'. Y me las compró. Yo debía de tener unos catorce años. Hendrix estaba ya muerto, claro, llevaba en el cielo de Jim y Janis unos años.

Cuando el macarrilla legazpiano me robó la chapa en blanco y negro de Hendrix, yo seguí jugando mi partida de billar con mi amigo El Pelos y él se puso a echar una en la mesa de al lado con sus colegas de trapicheos. Así era todo en aquel mundo de chavales bordeando el límite que a tantos atrajo al lado oscuro donde merodeaban tipos como el ladrón de chapas. Chapas para ponerse en las solapas de los chaquetones y las chupas. Chapas para chupas. Como la de Hendrix, con ese aspecto del dios que yo necesitaba entonces, un dios cuyo trueno salía de su guitarra y de sus canciones incendiarias.