RELATOS | CULTURA

Ser llama

Corres y las piernas se te hacen de lana. Corres hacia la plaza donde juegan tus amigos al fútbol desde hace ya casi diez minutos, o más, y no ves la forma de llegar al partido. Corres porque el tiempo es un bien preciado y lo has malgastado en uno de esos recados de ir a donde Juanito a por harina, que se le ha olvidado a tu madre cuando ha ido a la compra al mercado, y sientes que los minutos son horas que son días que son un año de tu vida de niño aprendiz de todo. Corres y te tropiezas y te caes y te haces algo de daño que no sientes porque el dolor no existe cuando uno va a jugar al fútbol con los amigos tras salir del cole por la mañana, antes de ir a comer para volver por la tarde otra vez al cole, a eso de las tres. Corres y el exiguo tramo de la calle Guillermo de Osma se te hace una estepa rusa infinita. Corres y acabas de pasar la tienda de ropa de Gadea y llegas al portal de Bayo pero aún no a la tapicería que está junto al portal de Juli, donde la huevería de la Pepi. Corres y ya estás cerca de la esquina para encarar la calle Domingo Pérez del Val que se vuelve a hacer tan larga como una carretera hacia el final del mundo conocido, y la doblas y las piernas son más de lana que cuando aún estabas en la plaza de la Beata María Ana de Jesús, de ese portal 9 de donde has salido, tras bajar las escaleras de tu casa, hacia la calle que es el universo donde se juega a las bolas, a las chapas, a la dola, al burro, al fútbol…, donde se juega a la vida, antes de que la vida sea vivir y crecer y ver de cerca a la muerte y a la propia vida.

Corro y ya llego al rectángulo de setos que antecede a la plaza de San Víctor donde mis amigos llevan una eternidad jugando un partido de fútbol y mis piernas parecen las de un personaje de dibujos animados y son una rueda furiosa a punto de ser llama y no consigo que broten las palabras mágicas que dicen yahellegaoconquiénvoy? Un grito de guerra que es pregunta y que es pura retórica de niño ardiendo de fiebre por ser ya el delantero que marca el gol definitivo antes de subir a comer para contárselo, con la boca llena de sesos rebozados, a su madre y a sus hermanos pequeños que le miran como una especie de héroe hecho a la medida de su edad de niños pequeños.