LECTURAS SUMERGIDAS | REVISTA LITERARIA

Manuel Longares: “Madrid es la ciudad que aguanta todo, la percha de los golpes”

Por Emma Rodríguez | Manuel Longares no es de los escritores que se paran a observar en la puerta de entrada. Él se cuela en la sala de estar en la que se desarrolla la vida de sus personajes, toma un café con ellos y discretamente asiste al discurrir de sus anhelos, de sus confidencias...

  Fotografía: Nacho Goberna ©  2013
Fotografía: Nacho Goberna © 2013

lecturassumergidas.com | @lecturass | Por Emma Rodríguez | Manuel Longares no es de los escritores que se paran a observar en la puerta de entrada. Él se cuela en la sala de estar en la que se desarrolla la vida de sus personajes, toma un café con ellos y discretamente asiste al discurrir de sus anhelos, de sus confidencias. Novela a novela el autor ha ido reconstruyendo la memoria de lo vivido, pero también de lo observado e intuido. Si recordamos sus historias y las juntamos en una sola estancia, amplia y abierta, nos damos cuenta de hasta qué punto ha sido capaz de situarse en distintos planos e ir engarzando las piezas de la reciente historia de un país dormido, atemorizado, oscurecido durante 40 años y que aún no ha logrado resarcirse de las rémoras del pasado. En sus paseos, en su deambular por las calles de Madrid, la ciudad que se encuentra cada día al despertar, la que mejor conoce, a Longares le gusta rememorar lo acaecido, recuperar los colores y sonidos, recobrar el ayer, pero también seguir escuchando y tomando nota de las palabras, de las ilusiones renovadas de los vecinos de hoy. Ráfagas de conversación, suspiros, esperanzas y desesperanzas que se atisban en los huecos de las escaleras, en las esquinas de la existencia.

“Ni con lejía desaparecen de la idiosincrasia de la capital los antecedentes asainetados”, se dice en un momento dado en “Los ingenuos” (Galaxia Gutenberg), su última aventura, una novela donde el escritor nos lleva de la mano al Madrid de la posguerra, nos busca habitación y nos permite convivir con una familia de porteros de la calle Infantas. La ciudad de aluvión que se retrata, esos aledaños de la Gran Vía, donde junto al relumbrón de las luces y los cines, se podía contemplar el gran “desfile de los desposeídos”, de todos aquellos que desde provincias acudían a la capital a labrarse un porvenir, está lejos, pero a la vez la percibimos cercana en sus contrastes, en su cobijo de la miseria. Leer cualquiera de los libros de Manuel Longares es como tomar conciencia de la herencia, de la inutilidad de la indiferencia respecto a lo que nos ha antecedido y nos explica. Es como si pusiéramos un gran foco frente al olvido, un portentoso foco capaz de devolvernos ciertas verdades olvidadas a través de un sanísimo ejercicio de empatía. Todo permanece estancado, quieto, todo transcurre en esta novela en un espacio de tiempo donde no estaba permitido soñar, donde el futuro era un paisaje repetitivo, una llanura infranqueable. Memoria e imaginación se confabulan para llegar hasta allí. Mientras leemos, instalados alrededor de la mesa camilla de la familia protagonista, somos partícipes de la mirada compasiva del autor sobre las debilidades y fortalezas de sus personajes.

La misma mirada, mezcla de comprensión, asombro, modestia y timidez, con la que el escritor parece enfrentarse al mundo. La mirada de un hombre discreto, paciente, que ha ido levantando su obra poco a poco, sin aspavientos. No duda Manuel Longares (Madrid, 1943) en retratarse como un ingenuo y eso me lleva a pensar, una vez finalizada la charla que a continuación se despliega y que tuvo lugar de mañana en un céntrico café madrileño, con vistas a la Gran Vía, que tal vez mantener una cierta inocencia sea el secreto para cumplir años sin que se note. No hay apenas arrugas en el rostro de quien gusta de reír abiertamente, a veces con una carcajada ahogada, volcada hacia dentro. Y, sin embargo, es difícil pensar en él como un chaval capaz de las travesuras propias de la infancia. Manuel Longares tiene aspecto de haber sido un niño bueno, obediente, hábil para hacerse querer y huir de los conflictos. Un niño que aprendió muy pronto, como confirman sus palabras, el camino del silencio, de la introspección que le condujo a adentrarse en los intrincados, también salvadores, territorios de la ficción.

- ¿Qué tal si empezamos hablando por el principio, por el título de tu última novela, “Los ingenuos”? En ella la ingenuidad se entiende como una debilidad, pero en cierto modo también puede verse como una especie de protección. ¿Cuántas dosis de ingenuidad son necesarias para sobrevivir?
- Debo decir que ha sido la primera vez que el título me salió según iba escribiendo la novela, normalmente lo tengo claro antes de empezar y para mí suele ser muy importante, pero no sucedió así en este caso. Había otra alternativa, “El candor enamorado”, pero podía sonar un poco a Voltaire y opté por “Los ingenuos”. La ingenuidad en nuestra sociedad es vista como un defecto. A la persona ingenua no se la considera, ni para una conversación, ni para salir de paseo, ni para nada… El ingenuo parece un poco tonto y también está indefenso ante la mínima malicia que puedan tener los demás para complicarle la vida. Mis personajes no buscan ser buenos, inocentes, eso es algo que les sale de forma natural. Se trata de gente abierta, que no espera recibir navajazos y que, sin embargo, se los lleva todos…

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